Un espectro acecha a Europa. El espectro de Donald Trump.
Muchos responsables políticos europeos admiten que la elección de Trump como presidente de EEUU en 2016 los tomó desprevenidos. Están decididos a no volver a cometer el mismo error.
Pero saber que Trump podría volver a ganar la presidencia en 2024, y saber qué hacer al respecto, son cosas distintas. Tanto más porque una segunda presidencia de Trump sería probablemente aún más radical e imprevisible que la primera.
En Europa, el ajuste más esperado y temido sería un cambio repentino de la política estadounidense hacia Ucrania. Trump se ha jactado de que podría ponerle fin a la guerra de Ucrania en un día. Como presidente, tuvo un historial de antagonismo hacia el gobierno de Zelenskyy, que no cooperó con sus esfuerzos por implicar a Hunter Biden en casos de corrupción.
Encabezados por EEUU, los países de la OTAN han dicho en repetidas ocasiones que harán "lo que sea necesario" para ayudar a Kiev a ganar. Pero si Trump somete a Ucrania a un recorte de la ayuda al estilo de Afganistán, los europeos no tendrían suficiente material militar para mantener a Ucrania. EEUU también está en condiciones de reducir drásticamente la ayuda presupuestaria de la que depende Kiev.
El gobierno polaco, que procede de la derecha populista, tiene buenos recuerdos de Trump. Como presidente, pronunció en Varsovia su discurso más significativo en Europa. El nacionalismo conservador nativista del partido gobernante Ley y Justicia (PiS) en Polonia se asemeja bastante a la ideología de asesores clave de Trump, como Stephen Miller.
Pero la afinidad ideológica del PiS con Trump puede estar cegándolos ante el peligro de una repentina retirada del apoyo estadounidense a Ucrania. Esto dejaría a los países más cercanos a Rusia, incluyendo a Polonia, abandonados y en primera línea. Si Trump combinara un recorte de la ayuda a Ucrania con un fortalecimiento de su escepticismo a menudo declarado sobre la OTAN, habría un susto de seguridad a gran escala en Europa. Esto, a su vez, le daría un nuevo impulso a una Rusia debilitada.
A largo plazo, una segunda presidencia de Trump podría empujar a los europeos a buscar la "autonomía estratégica" respecto a EEUU que el presidente de Francia, Emmanuel Macron, ha pedido durante tanto tiempo. Pero ese tipo de cambio requiere tiempo y dinero. Europa carece de ambas cosas.
Las posibilidades de que Europa se vea sumida en una crisis de seguridad por una presidencia de Trump se ven reforzadas por el hecho de que existe una poderosa corriente de pensamiento en los círculos republicanos que argumenta que EEUU debería concentrar todos sus recursos en el desafío de China y dejar que Europa se ocupe de la supuestamente menor amenaza que representa Rusia.
Tanto la administración de Trump como la de Biden han adoptado políticas más agresivas con China, aumentando las restricciones al comercio y reforzando la red de alianzas de EEUU en Asia. Al observar esta tendencia, un responsable político chino me dijo recientemente que Beijing puede permanecer altaneramente indiferente ante los resultados de las elecciones presidenciales estadounidenses. Quienquiera que gane, sostuvo, es probable que sea más de lo mismo.
Pero Trump es sumamente imprevisible. A otros en Beijing les preocupa que empodere a algunas de las voces más belicistas de Washington, como Mike Pompeo, exsecretario de Estado de Trump, que ha pedido que EEUU reconozca a Taiwán como país independiente. China siempre ha insistido en que la independencia de Taiwán significaría la guerra.
Sin embargo, los propios instintos de Trump son aislacionistas. Un libro muy bien acogido sobre su política hacia China, durante su primer mandato, afirma que Trump dejó claro, en privado, que no tenía intención de defender Taiwán. Si esa indiferencia hacia el destino de Taiwán se hiciera más explícita durante un segundo mandato de Trump, envalentonaría a Beijing y alarmaría a los aliados de EEUU en la región.
Si Trump debilitara seriamente la presencia de seguridad de EEUU en Asia, entonces Japón, Corea del Sur y Australia enfrentarían un agudo dilema de seguridad. Una posible respuesta sería desarrollar armas nucleares. Otra sería ir en dirección contraria y adoptar una postura de apaciguamiento de China.
Hay, por supuesto, algunos países y líderes que acogerían inequívocamente de buen grado el regreso de Trump a la Casa Blanca. El Israel de Benjamin Netanyahu, la Hungría de Viktor Orbán y la Arabia Saudita de Mohamed bin Salmán se destacarían entre ellos. Todos estos gobiernos han sido criticados, aunque levemente, por los líderes del Partido Demócrata por abusos de los derechos humanos o retrocesos democráticos. La indiferencia de Trump ante ese tipo de preocupaciones — y su debilidad por los líderes autócratas — lo convertirían en una opción popular en Riad, Jerusalén y Budapest.
La propia retórica de Trump, sin embargo, sugiere que está mucho más preocupado por vengarse de sus enemigos domésticos que por el mundo exterior. En una segunda presidencia de Trump el gobierno estadounidense podría sumirse en el caos, si la Casa Blanca intentara purgar el "Estado profundo", poniendo a leales acérrimos a Trump a cargo de instituciones clave como el FBI y el Departamento de Justicia.
Los aliados de EEUU no pueden dar por sentado que lo que ocurra en Washington se quedará en Washington. El creciente autoritarismo y la erosión de la independencia judicial en Hungría, Polonia y Turquía son verdaderas preocupaciones para los aliados de estos países en la OTAN y los socios de la Unión Europea (UE). Pero sería un problema mucho mayor que un presidente estadounidense aplicara políticas del estilo de Orbán. EEUU sigue siendo el pilar de la alianza occidental. Si ese pilar empieza a desmoronarse, los aliados de EEUU estarán en graves problemas.