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Álvaro Pallamares, “el traductor de niños”

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19 de junio de 2020 a las 05:02

Por Federica Cash

Es chileno pero reconocido a nivel mundial. Álvaro Pallamares es psicólogo clínico, especializado en psicología infantil, con un Diplomado en Apego. Se desempeña como Director del Centro de Intervención Temprana Internacional que se encuentra en diferentes países de Latinoamérica, entre ellos Uruguay, y trabaja a su vez en la Fundación América por la Infancia, intentando aportar su grano de arena para lograr vínculos más sanos y así familias más felices.

En su pasaje por Uruguay, donde vino a dar charlas para padres y principiantes, hablamos con este “traductor”, como se considera, sobre la importancia del vínculo en los primeros años de vida y del apego en general, que va de “la cuna a la tumba”.

Empecemos por lo primero, ¿qué es la teoría del apego?

El apego es un campo de investigación que produce un montón de contenidos que se articulan en algo que ha ido creciendo cada vez más. Fue John Bowlby quien tuvo la lucidez de detectar la importancia de las interacciones de los primeros años de vida, en la construcción y configuración de la salud mental y principalmente el impacto de la separación. Luego, sus seguidores fueron tejiendo desde lo científico, una compresión de la transgeneracionalidad de la cultura de los valores y de la salud mental. Ese giro hacia la investigación científica permitió que esta teoría pudiera llegar a nutrir a Gobiernos y Estados en políticas públicas orientadas a la infancia que tienen un impacto real. Las neurociencias y la teoría del apego están orientando a las Naciones, propiciando que sus pueblos tengan mejores relaciones humanas, porque estas intervenciones inciden en las estadísticas de todo. Es como un efecto dominó.

¿Cómo se aplica la teoría del apego?

Desde la observación de niños reales y sus vínculos se identificó conductas prototípicas o estilos relacionales que respondían a formas de acoplamiento que los niños lograban tener a raíz de la manera en que sus madres se comunicaban con ellos. La conducta infantil no es más que el reflejo de los vínculos, de las interacciones por retroalimentaciones mutuas, que van generando cambios que pueden aumentar una desviación hacia la psicopatología o pueden sostenerse en un equilibrio de salud mental. Un equilibrio que no es estático sino que está en constante movimiento, de feedback y de calibraciones, nunca es quieto.

¿Cómo es la realidad de nuestra región en torno al apego?

En el continente estamos en pañales en cuanto a estas investigaciones y esto es muy obvio de ver. Estamos en niveles distintos que el norte porque la teoría del apego es de tradición anglosajona, parte de la Clínica Tavistock en Inglaterra donde trabajó Bowlby, y luego se desparrama con la Psicóloga Mary Ainsworth por Estados Unidos. Hacia aquí traspasó poco, ha sido lento el proceso. Hay una gran diferencia entre lo que invierten los países desarrollados en infancia, educación y prevención y lo que hacen los países en vías de desarrollo. El economista estadounidense, James Heckman, quien recibió el Premio Nobel de Economía en el año 2000, concluye en el libro “Escuelas, capacidades y sinapsis”, que la inversión educativa en la primera infancia resulta ser preventiva y genera las más altas tasas de retorno frente a cualquier otra inversión social. A través de una investigación logró identificar cuál es la tasa de retorno que tiene la inversión que se hace en la primera infancia. Según su análisis cuando invertís un dólar en el primer año de vida de un niño existe un retorno de 16 dólares; después de los 4 años la cosa ya no es redonda, la inversión empieza a tener una tasa muy alta al principio y después la caída es muy brusca hasta pasar a ser sin retorno. Son inversiones que se llaman asistenciales o de cobertura vitalicia pero no es como la primera que es la que genera el retorno, la creación del “semillero”. En un país el capital intelectual se encuentra en este semillero; mientras más cuidemos el cerebro de una generación, cuando esos niños crezcan, más se logrará transformar un país sin grandes riquezas naturales en una potencia mundial.

Hoy se sabe que el cerebro es más plástico de lo que se suponía y no está todo dicho aun, cuando se tuvo un apego inseguro…

El tema es súper complejo en relación a cuál es el impacto que tiene el buen trato o mal trato en el ciclo de vida y en la trayectoria del desarrollo infantil. Y eso tiene que ver con factores de riesgo o factores de protección. Esos factores generan ecuaciones que nos indican el nivel de psicopatología o de salud mental que tendremos; entonces si tienes por ejemplo siete factores de riesgo y tres factores de protección, existe una probabilidad de psicopatología de un 56%. Quizás tengamos posibilidades de recuperación pero debemos observar este perfil.

Un niño que fue durante años víctima de abuso infantil tiene un escenario muy distinto a otro que tiene otro tipo de experiencias. Así que si bien hay neuroplasticidad, frente a una vivencia tan extrema como la de abuso, necesitamos muchos factores de protección. Si ese niño logró por ejemplo tener un mejor amigo a quien le contó lo que vivió y ese amigo se involucró con su historia y lo ayudó de alguna manera, entonces ese niño tiene muchas más posibilidades de salir adelante que otro que guardó lo que le pasó. Estos son factores resilientes que ayudan a superar las experiencias, pero el cerebro por sí solo no sale.

¿Cómo se puede trabajar en el apego siendo ya adultos?

John Bowlby decía que el apego es de la cuna a la tumba. Tiene que ver con la construcción de relaciones íntimas que se producen a lo largo de toda la vida. Cada vez que lo hacemos, apelamos a una matriz relacional afectiva que se genera en las relaciones más tempranas. En esa generación de relaciones, la matriz puede tener modificaciones pero ya hay una estructura formada. Hoy se puede medir el patrón de apego que tenemos a través de una entrevista que se llama Adult Attachment. Hay estudios que demuestran que a lo largo de la vida hay variaciones de este patrón de apego que corresponden a experiencias interaccionales, relacionales y significativas, intensas. Si muere alguien significativo o tenemos una unión de pareja saludable, todo eso produce cambios en el apego que pueden ser positivos o negativos.

Todos tenemos apego; yo cuando entro en intensidad de emoción aparece mi niño interno, lo tengo que soportar y lo tengo que aprender a regular, a eso me ayuda mi relación significativa. Cuando aparecen esas emociones, hablamos de cómo me sentía yo cuando mi papá o mamá decían o hacían ciertas cosas. El vínculo primario es la matriz relacional que voy a tener durante toda la vida. Ser conscientes de eso puede llegar a ser muy doloroso. La gente que lo desconoce no es por su culpa, lo que pasa es que mientras más se acerca uno a esa verdad más quema, no es algo ilógico que dejes de acercarte. Hay que entender que quienes no pueden hacerlo, no siempre es por flojera o porque no estudiaron, sino porque realmente hay estructuras cerebrales que no se desarrollaron y no tienen la interacción afectiva que lo permita.

¿Qué contexto es el mejor para alcanzar nuestra mejor versión?

El Psicólogo Esteban Gómez nos habla de la importancia de generar oportunidades y espacios donde papás e hijos puedan sentirse bien, compartir, jugar y hacer cosas que nosotros por investigación científica, sabemos que son las que producen las relaciones cerebrales óptimas para lograr habilidades de mayor complejidad como creatividad, liderazgo, inteligencia emocional, innovación; virtudes que responden a niveles de integración emocional que se dan en estados donde el cerebro tiene concentraciones de cortisol óptimas, que se logran cuando hay buenos tratos. No me refiero a que nos traten con pétalos de rosa, simplemente necesitamos a alguien que esté involucrado de verdad; el aprendizaje y el buen desarrollo siempre se dan en espacios intersubjetivos bien tratantes. Esa es la matriz que permite el logro potencial máximo del ser humano; el cerebro en la medida que sea bien tratado va a lograr resolver lo que se proponga. Ese cerebro bien tratado generacionalmente todavía no domina la cultura que hemos logrado construir. Apunta a algo que tiene que ver con la paz, el buen trato, el contacto con las emociones, el ser amable; cuando lo logremos como sociedad va a pasar algo que todavía no conocemos, pero creo que hacia ahí vamos. Lo que sí sabemos es que cada vez somos más amables, lo somos más de lo que éramos hace 500 años, esto se ve en varias estadísticas. La forma de resolver los conflictos hoy es bastante más civilizada a pesar de lo que los noticieros dicen. Por estadística, al parecer, la cosa va mejorando, lentamente pero va mejorando.

¿Cuáles serían los ingredientes para que haya un apego seguro?

La respuesta sensible es primordial. Cada niño es distinto y lo principal es que el adulto ponga energía en interpretar qué es lo que quiere decir, qué está sintiendo, qué le está pasando. Los bebes en la medida que son poco comprendidos empiezan a hacer señales bruscas, una señal que después se vuelve más intensa, que luego se cristaliza y empieza a ser síntoma. Entonces para tener un vínculo de apego seguro es imprescindible aprender a leer las necesidades del hijo, cómo se comunica, tratar de satisfacer esas necesidades tempranamente y al mismo tiempo regalarle espacio de creatividad, juego e interacción.

¿Cómo podemos lograr ser buenos papás a pesar de nuestras historias?

Todos tenemos que sanar cosas, es un desafío que empieza mucho antes de ser papás. La crianza abre una puerta de nuestra historia y cosas que venían manejándose bien, dejan de estar tan bien porque ya no podemos controlarlo todo. Entonces mientras nosotros seamos más conscientes de eso, más cartas en el asunto podemos tomar; en algunos casos sirve leer, en otros casos tener conversaciones profundas con la pareja o amigos íntimos, también sirven los procesos psicoterapéuticos cuando la situación lo amerita. Es muy importante trabajarse uno para ser un buen referente.

Podés leer más sobre estos temas en el blog Mamás Reales.

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