17 de agosto de 2012 19:40 hs

Julian Assange ha desafiado la ley de gravedad. En un pedazo de suelo ecuatoriano –que por esas cosas de la diplomacia moderna y del derecho internacional se ubica en el corazón de Londres–, un solo hombre resiste la embestida de grandes potencias por darle captura, en un drama internacional con múltiples aristas y que involucra a los países más poderosos del mundo y al inesperado convidado del propio Assange en el entuerto: el pequeño Ecuador. Cualquier metáfora bíblica de “David contra Goliat” en este asunto no encontraría por ningún lado la honda ni la piedra que pudiera salvar a este David de la tragedia que le aguarda.

El gobierno de Rafael Correa le ha dado asilo; pero el del Reino Unido ha dejado claro que lo atrapará ni bien ponga un pie fuera de la embajada ecuatoriana para extraditarlo a Suecia, donde enfrenta cargos por violación y abuso sexual. Scotland Yard vigila día y noche el perímetro de la sede de la representación ecuatoriana en el distrito londinense de Knightsbridge. E inopinadamente, el gobierno británico ha dejado flotar la idea de que podría atenerse a una extraña ley local para irrumpir en la Embajada de Ecuador –violando su inmunidad diplomática– y aprehender a Assange.

Su presunto delito en Suecia: haber abusado sexualmente de dos admiradoras con las que convivió unos días en Estocolmo, adonde llegó en agosto de 2010 para dar una conferencia invitado por un sector del Partido Socialdemócrata sueco.

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En aquel momento, Assange fue recibido en el país escandinavo como si fuera una estrella de rock, después de haber publicado en su página de WikiLeaks cientos de miles de cables diplomáticos secretos de Estados Unidos y de haber avergonzado a Washington exponiendo sus prácticas diplomáticas y militares más cuestionables. Esto lo convirtió en el enemigo público número uno para Estados Unidos; mientras que para otros, ha pasado a ser una celebridad.

Pero lo que Assange nunca imaginó fue que su caída le llegaría precisamente por el lado de estos últimos: sus fans y seguidores más devotos.

Una de las mujeres supuestamente víctimas del abuso sexual de Assange es Anna Ardin (31), la organizadora del evento de Assange en Estocolmo y, a la sazón, secretaria de prensa del Movimiento Hermandad, el sector de la socialdemocracia sueca anfitrión de Assange aquel verano boreal de 2010. Assange se quedó en el apartamento de ella durante su estadía en Estocolmo; y tuvieron relaciones sexuales varias noches, mientras se los veía juntos en diversas reuniones y fiestas y ella tuiteaba su admiración por el australiano y la fascinación que le producía departir con “la gente más cool e inteligente”.

La otra mujer que lo acusa es Sofía Wilén (26), una atractiva admiradora de Assange conocida de Ardin y que también participó en la organización de los eventos destinados al fundador de WikiLeaks en Estocolmo. En dos oportunidades Assange tuvo relaciones sexuales con ella.

De acuerdo con el parte policial, Ardin lo sabía; pero algunos mensajes de texto sugieren que le molestó la situación. Según un testigo del caso, en la tarde después de su último encuentro con Assange, Wilén le envió un mensaje de texto a Ardin preguntándole por el australiano. Una despechada e irónica Ardin contestó: “No está aquí. Se había propuesto acostarse con una chica de Cachemira diferente cada noche, pero no ha podido. Tal vez haya encontrado tiempo para ello ayer” (es decir, cuando había estado con Wilén).

Pero a renglón seguido, Ardin plantea sus dudas acerca de la higiene de Assange, además de sobre su conocida promiscuidad. Y en posteriores conversaciones, Wilén le comenta a Ardin que el hombre no había usado preservativo con ella. Assange tampoco había usado protección en algunos de los encuentros sexuales que había sostenido con Ardin. Y ambas se empiezan a preguntar si Assange no tendría alguna enfermedad sexual que les pudiera haber contagiado. Pero en ningún momento ninguna de las dos habla de violación ni de abuso sexual ni de nada que se le parezca.

Tres días después, ambas terminan presentándose en una estación de Policía en el centro de Estocolmo con el fin de averiguar si había alguna manera de obligar a Assange a que se practicara un análisis por enfermedades de transmisión sexual.
La trama adquiere un giro inesperado cuando el policía, después de tomarles declaración, les anuncia que Assange sería arrestado e investigado por violación y abuso. Wilén se angustió de tal manera ante el anuncio, que se negó a decir una sola palabra más y a firmar la declaración. Más tarde diría que fue presionada por los agentes.

A partir de allí, todo entra en una nebulosa de alegaciones y suposiciones que terminan con
la Justicia sueca acusando a Assange en ausencia, extrañas idas y venidas en la indagación, clausuras y reaperturas de la causa e inexplicables cambios de carátula en el expediente. Todo en cuestión de días.

Assange no fue informado por las autoridades de la orden de captura girada en su contra; nadie lo fue a buscar; en cambio, fue “arrestado en ausencia”, una extraña figura del derecho sueco. Al mismo tiempo se filtraba a la prensa tabloide que el australiano era buscado en Suecia por doble violación. En 24 horas y antes de que Assange prestara declaración, la fiscalía cambió la carátula del caso, eliminando el cargo de violación y dejando en pie solo el de abuso.

Al ver los diarios, Assange se presentó voluntariamente a la Policía, donde fue interrogado y dejado en libertad; pero se le pidió que permaneciera en Suecia hasta tanto terminara la investigación. Assange se quedó en Estocolmo cinco semanas más, hasta que la fiscal le informó que podía abandonar Suecia.

El australiano viajó entonces a Londres, desde donde se puso a disposición de la fiscalía sueca para regresar en un mes. Pero las autoridades de Suecia ya habían emitido una segunda orden de arresto en su ausencia. Los cargos de violación habían sido restituidos. Assange decidió entonces que la Justicia sueca no le brindaba las suficientes garantías y se quedó en Londres, donde peleó en las cortes su extradición a Suecia hasta que hace dos meses se refugió en la Embajada de Ecuador.

El fundador de WikiLeaks sostiene que todo el affaire sueco es un ardid para extraditarlo a Estados Unidos, donde un Gran Jurado con asiento en Alexandria, Virginia, lo investiga desde hace dos años por espionaje, y donde Bradley Manning –el soldado norteamericano que filtró a WikiLeaks los cables secretos de EEUU– ha estado recluido por más de dos años sin haber mediado juicio.

A la luz de los hechos, el temor de Assange es comprensible. Y se ve casi imposible que esta vez pueda librarse de los poderes que lo acechan. Rafael Correa difícilmente pueda proporcionarle la honda para derrotar al gigante que hoy enfrenta.

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