26 de octubre 2019 - 5:04hs

Primero fueron los romanos en la antigüedad, cuando el paterfamilias podía abandonar a un hijo no deseado y arrojarlo a la intemperie hasta que se muriera u otra persona lo recogiera.  Ex pósitu, en latín, y expósito en términos actuales. Los niños abandonados –niños expósitos– existen desde tiempos inmemorables y, en cada período, el abandono, la infancia y la muerte tuvieron distintas miradas.

Cuando en 2005 la historiadora María Laura Osta se encontró con una caja de objetos en el Archivo General de la Nación (AGN), confirmó que la historia nacional tenía un gran debe. En Uruguay, la presencia de niños expósitos fue muy fuerte sobre fines del siglo XVIII y principios del XIX, pero hasta ese momento no existía ninguna investigación exhaustiva al respecto. Imágenes resistentes. El lenguaje de las señales en las prácticas de abandono en Montevideo (1895- 1934) (BMR, $480) es el título de la primera parte de un trabajo que comenzó hace más de una década e intenta reconstruir la historia de un sector marginado y desconocido de la sociedad.

“Creo que todo lo que estudia un investigador tiene que ver con temas que lo mueven”, dice esta doctora en Historia Cultural que es hermana de Antonio Osta, el físico culturista fallecido en 2017 (su historia es relatada en el recientemente estrenado documental, El campeón del Mundo), y que en 2013 transitó el duelo por la muerte de su madre. Además, los temas del abandono y la adopción siempre estuvieron presentes en su familia. Por eso no es casualidad que Osta haya decidido estudiar las prácticas de abandono en el Montevideo de siglos pasados considerando a fondo temas como la muerte y la deconstrucción del concepto de abandono. 

Carlos Lopez

Deposite a su hijo aquí

“Mi padre y mi madre me arrojan de sí, la caridad divina me recoge aquí” era la frase de cabecera escrita sobre el Torno, una suerte de buzón cilíndrico giratorio donde la partera depositaba al bebé cuyos padres abandonaban.

“Era un dispositivo de legitimación de prácticas prohibidas, donde la infancia ilegítima (nacida fuera de matrimonios) era acogida por la Hermandad de Caridad”. Así define Osta al buzón de niños en su libro.  Esa organización católica de la que habla la investigadora, fue la que fundó el Hospital de la Caridad (hoy, el Hospital Maciel) en 1788 y el primer orfanato –La Inclusa– en 1818.

En 1895 un promedio de un niño por día era dejado en el Torno. Un adulto, por lo general la partera, colocaba al bebé en un buzón giratorio y del otro lado lo esperaba una monja que no cruzaba siquiera miradas con la otra persona. Esos bebés expósitos iban a La Inclusa –que llegó a tener 700 niños–, donde también vivían huérfanos que, a diferencia de los primeros, no tenían padre ni madre.

Con la mirada actual, resulta terrible imaginarse a un bebé siendo depositado en buzón. Pero Osta se encargó de profundizar en los por qué detrás de toda esta historia. Aquí es donde toma real valor cada imagen resistente, cada “señal” que se adelanta desde el título del libro.

Carlos Lopez La mitad de una baraja como señal junto a una carta

Lo que la historiadora encontró dentro de la caja que estaba en el AGN fueron objetos –un zapatito tejido, la mitad de una baraja española, cartas, ropita– que el adulto que dejaba a su hijo en el orfanato depositaba como señal para recuperarlo después. Es aquí donde Osta explica que su investigación se trata también de resignificar el concepto de abandono. Dado que el 90% de los niños expósitos contaban con estas señales afectivas, ella sostiene que, en realidad, los estaban dejando en ese lugar transitoriamente. Aunque después, entre un 30% y 40% de esos niños fueran efectivamente recuperados.

Osta aclara que la voz infantil es difícil de detectar, por eso, la investigación se construye en base a la voz de las madres que dejaban cartas, de informes médicos y pedagógicos del asilo y de los registros de comida, compras y ropa de los niños que hacían los hermanos de la caridad.

Para sorpresa de la historiadora, al ir estudiando cómo vivían estos niños, se encontró con que lejos de la idea que uno puede hacerse  a priori, los que habitaban el asilo contaban con importantes cuidados.

Existían requisitos sobre su adopción que los protegían, tenían una escuela dentro de La Inclusa (en momentos donde la mayoría de los niños no sabían ni leer ni escribir) y aprendían música. A su vez, a finales XIX se creó la Escuela Nacional de Artes y Oficios (hoy, UTU) y estos niños iban pupilos a aprender un oficio para salir del orfanato con una profesión.

En el período estudiado por Osta, el compromiso de la sociedad con los huérfanos era grande. “El panadero donaba pan, el carnicero la carne. Me encontré con que la mitad del sustento del asilo se debía a las donaciones”, cuenta la historiadora pero enseguida problematiza: “Por un lado está este mundo idílico donde todos colaboran. Pero por otro me pregunto, ¿por qué lo hacían? ¿Qué intereses había atrás? Muchas de esas personas tenían hijos ahí adentro y esa era una forma de alivianar las culpas”.

Carlos Lopez Blusa de bebé

Doble moral

“El torno representa una doble moral, porque les facilitaban el abandono anónimo”, afirma Osta y señala que actualmente, este tema está en discusión en Estados Unidos porque resurgió allí la idea del buzón de bebés. El Torno tuvo sus defensores y detractores. Por un lado, había quienes sostenían que al menos implicaba una esperanza de vida para niños que podían ser arrojados en un basurero y morir. Por otro, personas como el pediatra Luis Morquio (que argumentó a favor de su prohibición) sostenían que con ese mecanismo les estaban facilitando todo a los padres y estaban contribuyendo a que la práctica de abandono se naturalizara, que cada vez hubiera más huérfanos y que eso llegara a implicar un peso grande para el Estado.

Carlos Lopez La mitad de una foto como señal

“Es fácil juzgar con ojos del siglo XXI”

Los niños expósitos generalmente descendían de un padre casado y una madre soltera de bajos recursos que no podía mantenerlo. Estos hijos nacidos de relaciones extramatrimoniales, difícilmente eran reconocidos por sus progenitores masculinos, lo que implicaba que la madre se hiciera cargo sola. Pero el problema cabal en todo esto, era la subsistencia del bebé y el amamantamiento.

 Osta explicó que las mujeres que estaban en estas condiciones solían tener trabajos muy precarios donde apenas les daba para sustentarse –¿cómo harían con el bebé?–, además de que la licencia por maternidad no existía ni por asomo y hacerse cargo del bebé y alimentarlo implicaba que renunciaran –¿con qué se mantendrían?–. Dejarlos en el asilo suponía, entonces, que las nodrizas los pudieran amamantar y que recibieran los cuidados necesarios para su desarrollo. Esta investigación, no solo reconstruye la voz perdida de los niños expósitos, sino que visualiza el lugar de vulnerabilidad al que se veían sometidas sus madres, mujeres marginadas.

“Es fácil juzgar con ojos del siglo XXI. Pero la mayoría de esas mujeres ponían a los niños ahí porque no tenían posibilidades de que sobrevivieran si se los quedaban”, insiste Osta. Cabe recordar, además, que en esa época no existían métodos anticonceptivos y el aborto era muy precario y peligroso.  Las infidelidades eran moneda corriente y estaban totalmente naturalizadas, el concepto de amor no estaba ligado al de matrimonio y la búsqueda del placer sexual estaba puertas afuera de la pareja legítima.

Osta contó también, que las cartas conmovedoras que se encontró eran todas escritas por el puño angustiado de madres que explicaban por qué no les quedaba más opción que dejar a sus hijos en el asilo. Y eran, también las madres, las que volvían luego a recuperar a sus hijos si podían (antes debían pagar por el tiempo que el expósito se había quedado en el asilo).

Carlos Lopez

Tarda en llegar, pero llega

Laura Osta se molesta cuando expresa en voz alta que la historia uruguaya fue escrita por hombres. Así, los grandes héroes han sido siempre los hombres con poder. “¿Dónde están las mujeres, los niños, los obreros, los campesinos?”, cuestiona la historiadora.

Por eso para la investigadora, la justicia social que en su momento no se hizo, la tienen que hacer los historiadores. Y, bajo esa línea, se para y construye. Investiga y narra. De hecho, tras conocer que Osta estaba trabajando en esta temática, familiares de niños expósitos del siglo pasado la contactaron. Fue así que la docente encontró –gracias a fechas que tenían y otros datos– las señales y los nombres de los padres biológicos de los antepasados de dos familias y sigue buscando las de otros seis más que se contactaron con ella. La reconstrucción de la historia de estas familias será parte del segundo libro que involucra su investigación, que se publicará en marzo y –a diferencia del primero, que se basa en la importancia de la materialidad simbólica– tendrá todo el trabajo detallado en profundidad.

“Hay historias increíbles y me siento súper feliz de poder ser partícipe. Es una forma de darle una utilidad social a lo que hago”, reflexionó Osta y concluyó que “de nada vale ser un ratón de biblioteca y estar entre archivos si no podés traerle a la sociedad algún cambio”.

 

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