2 de enero 2023 - 5:00hs

El pasado 31 de diciembre a las 9:34 de Roma, falleció Joseph Ratzinger (Benedicto XVI), quien había sido elegido pontífice con 78 años. Consciente del breve tiempo con que contaba, desplegó un pontificado fuertemente marcado por la limpieza interna, la transparencia, la humildad, la búsqueda de lo esencial y la reforma de la Iglesia desde sus raíces: la autenticidad de la fe. Poco leído y frecuentemente calumniado, ha sido una de las mentes más brillantes de los últimos 100 años, un teólogo inclasificable en los estereotipos de conservador o progresista.

Sin lugar a duda, Joseph Ratzinger ocupa un lugar central en el panorama intelectual de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del siglo XXI. Su obra ofrece importantes claves para comprender la cultura contemporánea y sus problemas. Fue más valorado por intelectuales ateos y agnósticos, que por muchos católicos que poco lo han leído. Su diálogo e intercambio con filósofos contemporáneos como J. Habermas sobre filosofía política, o con F. D´Arcais sobre ateísmo, son una muestra de su trascendencia más allá del catolicismo y su apertura permanente al encuentro con el mundo laico. Fue de los pocos grandes teólogos del Concilio Vaticano II, cuya influencia lo convirtió en la principal figura doctrinal durante el pontificado de Juan Pablo II.

Una cuestión de justicia con Benedicto

En esta ocasión, por hacer justicia a su memoria quiero detenerme en una aparente paradoja: Fue permanentemente atacado por los abusos sexuales del clero y en una avalancha de información confusa, se convirtió para muchos en un cómplice de la corrupción. Pero en realidad fue una pieza clave en la limpieza y purificación interna de la Iglesia. ¿Qué sucedió realmente?

La crisis y las víctimas

La crisis tuvo muchos rostros y la comunicación de los casos abundó en ejemplos de información confusa. No siempre se tuvo en cuenta el sufrimiento de las víctimas, los silencios irresponsables de muchos obispos que no denunciaron ni comunicaron a Roma, o que incluso protegieron a los delincuentes bajo la vil excusa de no “perder” un sacerdote o por un supuesto miedo al escándalo. Muchos jerarcas de la iglesia inmersos en una cultura del silencio y el ocultamiento, resultaron ser el verdadero núcleo duro del problema.

El Papa, increíblemente, terminó enterándose por la prensa lo que los propios obispos infieles pretendían ocultar. Un caso emblemático fue el que sacó a la luz la investigación de los periodistas del Boston Globe en enero 2002. Este agudo trabajo obligó a la Iglesia a ver un flagelo que pasaba inadvertido para muchos. Si bien desde la década del 80, el entonces Cardenal Ratzinger había creado nuevas normas para evitar abusos, muchos obispos hacían oídos sordos a las indicaciones que llegaban desde Roma.

Si bien nunca la Iglesia mandó a guardar silencio en estos casos (en sus normas), otra cosa fueron los vicios institucionales que llevaron a tapar o minimizar los delitos para proteger a la institución, olvidando a las víctimas, cuando no acusándolas de querer hacerle daño a la Iglesia.

Nadie puede olvidar la denuncia que el propio Ratzinger realizó en Roma durante el via crucis de marzo del 2005: “¡Cuánta suciedad hay en la Iglesia, y precisamente también entre quienes en virtud del sacerdocio deberían pertenecerle (a Jesucristo) por completo!”.

Tolerancia cero con los abusadores

Los comunistas italianos lo llamaron “el barrendero de Dios” por la purificación que llevó a cabo en la Iglesia, con los sacerdotes abusadores y con las cuentas del Banco Vaticano (IOR), donde encargó una exhaustiva auditoría y puso en marcha su reestructuración, ordenando a su vez una investigación de todo el entorno.

Una limpieza a fondo, radical como no se había visto, sin embargo, fue invisibilizada; peor aún, le echaron la culpa al que limpia, de esconder la basura. Incluso la película “Los dos Papas”, insiste con el mito rancio del Papa encubridor, además de retratar a Ratzinger de un modo alejado y hasta opuesto a la realidad.

Cuando fue elegido Papa, arremetió contra un personaje siniestro, un ícono del flagelo, el fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, contra quien no había podido hacer mucho anteriormente.

Pero la falta de comprensión de la prensa, las dificultades de comunicación de la Santa Sede y los obstáculos internos que le pusieron, le hicieron mucho más difícil la tarea, que igualmente lideró en silencio y con pocos apoyos. Tuvo que expulsar a obispos y enviar inspecciones a varias iglesias locales, venciendo resistencias de su propia Curia.

Fue el primer Papa en reunirse con las víctimas de abusos, en varias ocasiones y además exhortó con fuerza a los obispos a denunciar a la justicia civil cuando se tratase de delitos. Su imperativo fue: “Tolerancia cero con los abusadores”.

Como papa, expulsó a cientos de sacerdotes y definió la base canónica para procesar a los obispos y cardenales que se nieguen a realizar o facilitar las investigaciones pertinentes. Las normas que se aplican actualmente fueron diseñadas durante su pontificado. Su renuncia al pontificado fue un gesto que conmovió al mundo, pero era coherente con su humildad y lo hizo una vez que puso la casa en orden.

Aunque nunca le importaron ni su imagen ni el prestigio, sino sencillamente el bien y la verdad, es justo que lo recordemos como el hombre que ayudó a poner en orden la casa y que no miró para el costado ante las injusticias cometidas por miembros de la Iglesia. Esa Iglesia que como Benedicto nos recordaba, debería siempre cuidar y proteger a los más débiles, antes que a sí misma.

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