Era algo que no se podía demorar demasiado. Haciendo honor a su legendaria fama washingtoniana de ‘loose cannon’ (un tipo que es un “penal”, se diría en el vernáculo), el presidente Joe Biden ha armado un gran revuelo en Moscú, tras asentir el miércoles en una entrevista con la cadena ABC que el presidente ruso, Vladimir Putin, es “un asesino”.
Inmediatamente el Kremlin llamaba a consultas a su embajador en Washington, Anatoli Antonov; la vocera rusa de Exteriores, Maria Zakharova, decía en un comunicado que esperaba que los norteamericanos entendieran “el riesgo” que representa un “deterioro irreversible de las relaciones”; y los políticos rusos -no solo del partido de Putin- hacían cola en la Duma y en los canales de televisión para repudiar los dichos de Biden y amenazar con represalias.
Y es que, con independencia de lo que pueda uno pensar de Putin, o de quien sea, en geopolítica, ese tipo de alardes y provocaciones gratuitas no se hacen. A menos que se esté a punto de irse a la guerra, no parece muy prudente para un presidente de Estados Unidos calificar al líder ruso como un vulgar matarife. Ni siquiera durante la Guerra Fría se había visto algo parecido. No recuerdo a Ronald Reagan diciendo algo así de Yuri Andropov, por ejemplo, mucho menos de Mijaíl Gorbachov; ni siquiera a Richard Nixon de Leonidas Brezhniev, o a John F. Kennedy de Nikita Kruschev en los momentos más críticos de aquella precaria paz congelada.
Además, más allá de la naturaleza del régimen que encabeza, téngase en cuenta que Putin es enormemente popular en Rusia, no solo por índice de aprobación en su gestión actual, sino también como líder histórico. Desde hace un tiempo que cada dos años, en las encuestas del Centro Levada de Moscú, Putin se disputa el primer puesto como el mejor líder en toda la historia de Rusia, a veces primero, a veces segundo. Claro que el otro que encabeza con él esos sondeos es nadie menos que el kamarada Stalin. Hablando de asesinos... Pero precisamente eso debería dar una idea de lo que es verdaderamente el alma rusa, ese acertijo envuelto en un enigma dentro de un misterio que describiera Churchill.
En la misma entrevista, que tuvo del otro lado del mostrador al veterano estratega demócrata George Stephanopoulos, hoy convertido en una suerte de periodista para la ABC, Biden volvió a repetir su historia de que cuando se encontró brevemente con Putin en 2011 en Moscú le dijo: “Yo miro en tus ojos y veo que no tienes alma”. Y que el ruso –inexplicablemente- le respondió: “Tú y yo nos entendemos”.
A cualquiera que conozca bien a Biden, o que haya seguido su carrera en Washington a través de los años, este cuento le sonará como aquel otro de cuando, según él, en 1977 fue arrestado en Sudáfrica por protestar contra el Apartheid e intentar visitar a Mandela en la cárcel. O cuando “marchaba en las protestas del movimiento por los derechos civiles” en los años sesenta. O aquel que lo ubicaba entre los mejores de su clase en la universidad, y se había recibido de tres carreras diferentes.
Biden siempre ha tenido una relación elástica con la verdad. La diferencia es que antes se le cuestionaban; la prensa se ocupaba de desenmascararlo. De hecho fue por eso que en 1987 tuvo que retirar su candidatura a las presidenciales del año siguiente, haciendo un ridículo atroz. Hoy no. Hoy nadie le pregunta nada. El presidente habla y habla, y todo el mundo boca abajo. No hay voces críticas de Biden en los grandes medios estadounidenses, ni una. Llama la atención; todos parecen haberse convertido en un gran coro de sicofantes. En este caso, Stephanopoulos debió haber repreguntado, al menos para disimular un poco. Es que no tiene sentido la anécdota. ¿Qué persona a la que uno le diga que no tiene alma va responder, “tú y yo nos entendemos”? Es absurdo el cuento. Solo le faltó decir que mientras le decía esto, el líder ruso le guiñaba un ojo.
Varias anécdotas de Biden, desde una que cuenta cuando de muchacho era salvavidas en la piscina de un club en Wilmington, Delaware, hasta cuando fue vicepresidente, tienen este tipo de latiguillo como hollywoodense, donde él aparece como el héroe de la película, metiéndole la pesada a un villano matón que se ha pasado de vivo, o de abusador. En todas aparece él pronunciando una frase corta y propia de tipo rudo, como las de Clint Eastwood en Harry el sucio, o en algún spaghetti western de Sergio Leone. Pareciera como si con ello Biden quisiera sacar patente de guapo. Por lo que sea, ninguna de ellas suena verdadera.
Todo esto se da además en medio de la divulgación de un informe de la inteligencia estadounidense que culpa a Rusia, sin absolutamente ninguna evidencia, de interferir en las elecciones de noviembre pasado en Estados Unidos. Informes de inteligencia que desde hace 20 años han perdido toda credibilidad y que ahora se publican en los medios norteamericanos tal como vienen, sin ningún matiz ni cuestionamiento por parte de los periodistas.
Putin ha respondido con la versión rusa del refrán “lo que Juan dice de Pedro dice más de Juan que de Pedro”, y no ha querido enfrascarse en una refriega de descalificaciones. Pero nos asalta la duda: ¿Biden, y sus manejadores en Washington, realmente entienden los riesgos que entraña este tipo de bravata y provocaciones hacia Moscú sostenidas en el tiempo?