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Bob Esponja quedó huérfano

Genio de la animación, Stephen Hillenburg falleció a los 57 años de esclerosis lateral amiotrófica

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29 de noviembre de 2018 a las 05:03

Durante años creí convencido de que en la historia de la televisión no había habido una mejor serie animada que El Oso Yogui. Hasta que vi Bob Esponja. Genial. Y su genialidad proviene del hecho, nada trivial y original a más no poder, que a pesar de ser un dibujito dirigido a un público infantil, en sus libretos hay metafísica, lirismo y humor con vuelo de trascendencia. Para ejemplo basta un botón. En uno de los capítulos, la esponja está confundida, pues a su amigo Patrick Estrella, le sale humo de la cabeza (conviene informar, para quienes nunca la vieron, que la historia sucede bajo el agua). Le pregunta qué le ocurrió  y Patrick le dice que el humo es producto del esfuerzo enorme que acaba de hacer. “¿Pero qué hiciste?”, insiste la esponja. A lo que Patrick responde orgulloso: “escribí un poema”. Escenas así, con tanto lirismo, complejidad emocional y sutileza no se ven ni siquiera en el supuesto entretenimiento serio para adultos.

Claro está, ese tipo de situación como la recién mencionada jamás la vivió Yogui, cuyo mayor acto de inteligencia no pasaba de robar en compañía de Bubu un frasco de miel al guardabosque o a los turistas desprevenidos que andaban por Jellystone. En el mundo de Bob Esponja, de Patrick Estrella y de Arenita Mejillas, la ardilla texana, en cambio, y mucho más acorde a las complejidades de la realidad actual, mejor dicho, de los niños del presente, todo acto de la mente puede ser posible. La niñez no tiene que ver con la idiotez o la vulgaridad. Eso queda para los adultos. Además, resuena siempre de fondo la premisa de que algún niño va a entender el mensaje.

Y, tal como los ratings lo demuestran (es aun la serie de televisión para niños más vista en el mundo, estando traducida a 60 idiomas), muchos entraron en sintonía con los delirios fenomenales de ese mundo marino de fraternidad, buena onda, y comentarios a la altura de la lucidez, que destacan siempre valores no negociables, como la amistad y la lealtad, todo dentro de un clima de optimismo  y entusiasmo, ideal para celebrar la trascendencia de la vida. Ya con solo eso, con haber elevado el listón de la televisión para menores, de edad aunque no de coeficiente intelectual, Stephen Hillenburg aseguró su pole position entre los originales de la época moderna. Por eso su temprana muerte, a los 57 años de edad, de esclerosis lateral amiotrófica, resulta inaceptable y dolorosísima para quienes creemos convencidos de que la vida solo se justifica por los actos de la inteligencia y de las emociones.

Vi gran número de los 250 capítulos realizados hasta la fecha de Bob Esponja (algunos de ellos varias veces), me hice adicto a la sonrisa de dos dientes del espongiario amarillo, pues el cenit de popularidad de la serie coincidió con la infancia de mis hijos. Llegaban de la escuela y lo primero que hacían era prender el televisor para ver a la tribu marina unida por un impecable uso de la imaginación. No era necesario conocer la historia completa del arte y la literatura moderna para darse cuenta enseguida queHillenburg la conocía al dedillo. De ahí que cada capítulo es una antología de humor absurdo, surrealista, y patafísico, a la que se suma una cuota gigante y saludable de sarcasmo, ese tipo de humor que pocos manejan tan bien como los anglosajones. 

En cada capítulo hay una sorpresa venida libremente de cualquier parte de la imaginación, digna para disfrutar a fondo, que convierte a la serie en una caja de Pandora sin parangones. No necesitó mucho tiempo en el aire para convertirse en un clásico, porque ya lo es. Junto a otros genios innovadores del género, como Walt Disney, William Hanna y Joseph Barbera (creadores de Yogui, los Picapiedras y los Supersónicos), y Jim Henson (creador de los Muppets), Stephen Hillenburg descansa ahora en el panteón de los inmortales, donde desde el martes pasado está.

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