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Brexit: una pesadilla que no termina

Tras haber votado hace dos años la salida de la UE, hoy a los británicos ningún acuerdo de separación les viene bien, y podrían hacer caer a un segundo gobierno

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02 de diciembre de 2018 a las 05:03

Theresa May se subió el jueves pasado al Royal Air Force Voyager que la llevaría a Buenos Aires para asistir a la cumbre del G20 sin saber qué le espera a su regreso a Londres, sobre todo en lo que hace a su futuro inmediato como inquilina del número 10 de Downing Street. Aunque circunspecta e inescrutable como de costumbre, su rostro no podía ocultar la difícil coyuntura que atraviesa su gobierno. La primera ministra británica se encuentra en un callejón sin salida desde que el domingo pasado firmó en Bruselas un acuerdo para el brexit que ha resultado el acto de gobierno más plural que se haya visto en los últimos años en el Reino Unido: prácticamente todos los sectores lo rechazan por igual.

El martes 11 se votará el texto del acuerdo en el Parlamento; y todos los vaticinios en la prensa británica apuntan a que la mandataria recibirá una sonora derrota en Westminster. Es cierto que en la política parlamentaria británica —con sus infinitos vericuetos tras bastidores, torceduras de brazo, idas y venidas, lealtades y traiciones—  nunca está dicha la última palabra. Pero de momento todos los legisladores del Partido Laborista, con Jeremy Corbyn a la cabeza, han anunciado que votarán en contra. Entre los diputados de su propio Partido Conservador, cerca de un centenar también han expresado que levantarán la mano solo para bajarle el pulgar al acuerdo. Por su parte, la líder del partido Unionista Democrático de Irlanda del Norte, Arlene Foster, aliada de los tories, ha asegurado sin cortapisas que todos sus parlamentarios también votarán por la negativa. Y suma y sigue. Todo parece encaminarse hacia un descarrilamiento colosal del acuerdo de May, y muy probablemente de su propio gobierno.

Al coro de rechazos que recibió el lunes pasado en el Parlamento, donde fue a vender las bondades del divorcio que había pactado un día antes en Bruselas, se le sumó el día siguiente el verbo siempre reñido con todas las formas diplomáticas de Donald Trump. Preguntado acerca del acuerdo de May, el mandatario estadunidense dijo que se trataba de una excelente negociación, pero para la Unión Europea, y que en esas condiciones el Reino Unido tendría problemas incluso para lograr un acuerdo de libre comercio con Washington. Y de remate, la primera ministra recibió al otro día el informe del Banco de Inglaterra como un mazazo: el brexit —adelantaba el documento— lanzará al Reino Unido en una espiral de recesión peor que la de la crisis de 2008.

En realidad es difícil pensar en un texto de salida mucho mejor que el que May firmó en Bruselas con los otros 27 líderes de la Unión Europea. Evitó los temas bilaterales más espinosos de la negociación, dejándolos para más adelante y a tratar uno a uno con los diferentes países, como el de Gibraltar con España y el de los derechos de pesca con Francia y Holanda. Evitó asimismo el levantamiento de una frontera dura entre las dos Irlandas; preservó los derechos de los británicos residentes en otros países europeos como ciudadanos comunitarios; y entre las concesiones que hizo ninguna pude ser caracterizada como leonina; mucho menos, arbitraria. 

El problema no son los pormenores del acuerdo de May; el problema es el brexit. Deshacer una alianza tan compleja e interdependiente como la UE para un país que la ha integrado en forma protagónica durante 45 años no es tarea sencilla; y estaba destinado a ser un trance arduo y doloroso para los británicos. Pero estos parecen haberse percatado de ello un poco tarde, más de dos años después de haber votado la salida del bloque en referéndum y ya en la cuenta regresiva para que venza el 30 de marzo el plazo de desacople definitivo fijado por el artículo 50 del Tratado de la Unión Europea. 

De hecho en el Reino Unido todo el mundo parece estar hoy de acuerdo en condenar el acuerdo de May; pero al mismo tiempo, todos tienen una idea distinta de cuál debe ser el plan alternativo. Los hay para todos los gustos: desde renegociar un “brexit blando” con Bruselas, que permita al Reino Unido integrar en forma permanente una unión aduanera con el resto de Europa; hasta un acuerdo “a la noruega”, que mantendría al Reino Unido dentro de la Asociación Económica Europea; pasando por un “brexit duro” sin acuerdo con Bruselas, como pretenden los euroescépticos de línea dura, y hasta la posibilidad de convocar a un segundo referéndum, como claman los más europeístas. 

En suma, un gran caos, una vorágine de propuestas contradictorias y de complejo maridaje con la realidad, que más parece una lluvia de ideas en un consorcio vecinal que mociones serias y meditadas para alcanzar algún consenso sobre una medida de gobierno que lleva dos años en agenda. Para colmo, todas ellas parecen tomar como hechos consumados dos eventuales desenlaces: el primero, que el acuerdo de May será derrotado estrepitosamente en el Parlamento, cosa que ahora mismo parece bastante probable. Y el segundo, que habrá varias instancias más de negociación con Bruselas; algo que tanto la canciller alemana Angela Merkel como los directivos y negociadores de la Unión Europea han dejado claro que no. A lo sumo y con suerte, tendrán una ronda más de negociaciones en Bruselas para pulir algunos artículos, o colar alguno que otro nuevo, si es que May logra forzar una segunda votación en Westminster. Pero más de eso, no parece muy factible, ni por los tiempos que apremian ni por la paciencia de los europeos, que parece ya agotada para cerrar de una buena vez el interminable capítulo del brexit.

Sin embargo, a juzgar por el desarrollo del debate en el Reino Unido, uno pensaría que tuvieran todo el tiempo del mundo. La opinión sigue mayormente dividida entre los euroescépticos a brazo partido y los europeístas; pero en el medio hay una amplia gama de matices. Aunque en rigor los que están a favor de la permanencia en la Unión Europea, e incluso impulsan la celebración de un segundo referéndum, ni siquiera puede decirse que sean europeístas, en el sentido que puede ser europeísta un francés o un alemán. Los británicos, más precisamente los ingleses, siempre han tenido una relación un tanto bipolar con la Europa continental. Existe un sentido de pertenencia pero, al mismo tiempo, una ojeriza histórica, que se remonta hasta la Guerra de los Cien Años en los siglos XIV y XV, y jalonada luego por numerosos conflictos y contenciosos a lo largo de los siglos. Sentimiento este que los llevó a fundar un imperio de ultramar. No en vano el mayor héroe británico del siglo XX, sir Winston Churchill, que dijo “cada vez que Gran Bretaña tenga que elegir entre Europa y el mar abierto, elegirá siempre el mar abierto”, fue también el primero en hablar de una Unión Europea, aunque el término exacto que utilizó fue “Estados Unidos de Europa”.

Ese sentimiento dual hacia el continente atraviesa todos los sectores de la sociedad inglesa. Por eso tal vez lo más adecuado allí no sea hablar de europeístas propiamente dichos versus euroescépticos, sino de menos euroescépticos versus más euroescépticos. Aunque hoy la diferencia aparezca como mucho más clara por la voluntad de los primeros de permanecer en la gran federación y por la absoluta aversión a Bruselas de los segundos.

Y de acuerdo a esos alineamientos en la opinión pública se van decantando las posturas de los parlamentarios; incluso, de algunos ministros en el propio gabinete de Theresa May que también se oponen al acuerdo y conspiran en contra de la primer ministra. De ese modo, si en la votación del martes 11 el documento recibe una derrota aplastante, es muy probable que una moción de censura la obligue a dimitir. A lo que seguiría un llamado a nuevas elecciones. A ese escenario apuntan hoy los laboristas, pero también varios legisladores tories. Y en secreto se preparan para ello las facciones del gabinete de May que no le son totalmente leales, como los más europeístas encabezados por el secretario del Tesoro, Philip Hammond, y los euroescépticos, como el canciller Jeremy Hunt. Todos tienen una carrera política que apuntalar, y en el peor de los casos, que salvar. Mientras tanto, Bruselas puede esperar.

A ese nido de grillos volverá este domingo Theresa May. En comparación, tener que lidiar estos días con Trump, con Mauricio Macri, con Vladímir Putin e incluso con el matarife del príncipe saudí Mohamed bin Salman le habrá parecido unas plácidas vacaciones en Buenos Aires. 

€ 50.000 millones se estima que le costaría  el brexit a Londres en pagos a Bruselas.
8% se estima que sería la contracción de la economía británica en casi un año, con un brexit sin acuerdo, según el Banco de Inglaterra.

 

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