26 de septiembre 2023 - 5:01hs

Por Victoria Brusich (@vickybrusich1) Estudiante de la Licenciatura en Comunicación de la UM. 

Mira para afuera, controla las cámaras de seguridad, observa a la gente pasar, escucha la radio, suena un tango, cantan en el 5 de Oro, aprieta un botón verde, se abre un portón, camina hacia él una señora, “hola, señora, ¿cómo le va?”, le extiende a la señora las llaves de su apartamento, mira para afuera, controla las cámaras de seguridad, observa a la gente pasar, anuncian la hora en Radio Monte Carlo, “la señal indicará…”, aprieta un botón verde, se abre un portón, “¡¿cómo estás?, ¡querido!”, le entrega un recibo de Antel al querido, mira para afuera…

En Montevideo, la esquina en la que se cruzan las calles Cebollatí y Magallanes es custodiada por un mismo portero desde hace más de 18 años. Es un tipo de piel negra y gruesa, corpulento, de un metro ochenta y tres de alto, que lleva como accesorio un asiento completamente chato y con el polifón a la vista y se esconde atrás de un escritorio. Escolta al edificio con las técnicas infalibles que catalogan a los porteros como “los que saben todo del barrio”, como las peluqueras.

También en Cebollatí, pero en la localidad de Rocha, nació en 1953 el portero de Cebollatí y Magallanes. Creció “en campaña” y a los 13 años se fue a vivir a la capital. Diez años después, ya estaba custodiando su primera esquina, la azul. A veces también la roja. Más allá del color, siempre era una esquina en la que todo se trataba de mantenerse en pie, en movimiento. ¡Qué no va a saber él! 17 nocauts. Un viaje a Chile al “Torneo del Cono Sur”. Una vuelta por Bolivia para la primera edición de los Juegos Sudamericanos, en 1978. Cuatro peleas por mes. Cuatro horas de gimnasio por día. Ida y vuelta corriendo desde la Aduana hasta Parque Rodó. A las cinco de la mañana. Todos los días. Golpe va. Golpe viene. Un nombre digno de una leyenda: Ultimar Juvencio.

“Yo era rápido. Lo que más me gustaba era la adrenalina”, dice Ultimar, estirándose un poco el chaleco de lanilla beige y usando la panza como mostrador para apoyar sus brazos cruzados. Empezó a boxear cuando tenía 23 años y su hermano, Ovidio, a los 21. Fue él, el más chico de los Juvencio, quien introdujo al hoy portero al mundo del boxeo en el Club Atlético Olimpia, cuya sede estaba en el barrio Aduana. Ultimar jugaba al fútbol en el Mar de Fondo Fútbol Club pero, a pesar de tener el carné de futbolista, según asegura tres veces al contar su historial deportivo, no veía un futuro en ese club. En 1973, entonces, empezó a formarse en la Armada Nacional del Uruguay y, al mismo tiempo, entrenaba para convertirse en boxeador de la mano de Pedro Carrizo, su entrenador.

Ultimar vio la vida desde arriba de un ring durante siete años. La fuerza de su ídolo lo acompañaba. Era fanático del mítico Mohamed Alí​​, el multipremiado pugilista y activista social estadounidense, porque, según Juvencio, era “boxeador, técnico y fanfarrón”.

Antes de explicar que su mayor objetivo con el boxeo era lograr viajar, poder subirse a uno de esos aviones que desde el campo veía diminutos y conocer el mundo, se levanta a abrirle la puerta del edificio a un señor que apenas le dirige la mirada. Ni siquiera lo saluda. Ultimar reanuda el cuento y agrega que, allá cuando estaba en la cúspide de su carrera, mucha gente lo paraba por la calle y le dedicaban frases de aliento: "¡Dale pa’  delante! ¡Vamo’ arriba!”. Según sus recuerdos, él y su hermano eran taquilla, llenaban el Palacio Peñarol con más de 3.000 personas.

Resulta que Ultimar realmente le dio para adelante. En una publicación  de 1978 del diario El País, se lee: “Para quienes son aficionados al boxeo, una invitación: ver el surgimiento de un nuevo ‘crack’, para poder contar luego que allí estuvieron, cuando Ultimar Juvencio empezaba…”. Alguien que sin dudas puede contar que allí estuvo cuatro veces por mes en el Palacio Peñarol durante cinco años, es Cristina, la esposa de Ultimar, quien además fue la última en enterarse de la carrera deportiva de su entonces novio.

En 1977 Cristina trabajaba como mucama. Aquel día de la revelación, su patrón había comprado, como todos los días, el diario El País. Pero esta vez las noticias venían con sorpresas. En una de las primeras páginas del periódico se leía: “Ultimar Juvencio es la máxima atracción boxística para hoy”. Esa noche el portero de Cebollatí y Magallanes tenía programada una pelea en el Palacio Peñarol. Cristina tenía otro plan en mente: “[Cristina] Me llamó por teléfono y me dijo: ‘¿Qué vas a hacer esta noche? Vamos a salir a comer’. ‘No’, le digo, ‘no puedo. No puedo porque tengo otro compromiso’. ‘¿Qué compromiso tenés? ¿Y no me vas a llevar?’. ‘¿A dónde te voy a llevar?’, le digo. ‘Mirá que leí el diario. Si no querés pagarme la entrada, yo me la pago’, me dijo ella. ‘Bueno, vamos’, le terminé diciendo. Y la fui a buscar al trabajo”, recuerda Ultimar.

La próxima vez que Cristina volvió a trabajar, ya era oficialmente la hincha número uno de Ultimar Juvencio. La hinchada no tardó en multiplicarse, porque al poco tiempo Cristina empezó a llevar con ella a un acompañante especial: el primer heredero de los guantes de Ultimar. Hasta los ocho meses de embarazo, Cristina acudía religiosamente al Palacio Peñarol y el hincha en camino ya entendía todo lo que estaba pasando. “Era ver que Juvencio subía al ring y se empezaba a mover de tal forma. Le veías el taloncito en un costado de la panza, era como que él también lo vivía”, cuenta la esposa del exboxeador, mientras dibuja una sonrisa con su voz, siempre cuidándose de no mencionar el nombre de su hijo hoy ya fallecido, gesto que ambos comparten al referirse al hincha más joven que tuvo Ultimar.

Son las siete de la tarde y la esquina de Ultimar está en su punto de mayor acción. Entra y sale gente del edificio cada cinco minutos, él  repite “buenas tardes” como un mantraSe  abre la puerta del ascensor y por unos segundos lo único que se palpita es la intriga de qué personaje aparecerá por la espalda de Ultimar y lo tomará por sorpresa. En esta nueva entrega, el ascensor le devuelve a una adolescente que carga un palo de hockey y a una señora mayor, de pelo recogido en un moño voluminoso y unos lentes con un armazón delicado. “Me están esperando abajo porque Meli se confirma”, le comenta la mujer al portero sin ningún tipo de aviso, y agrega cerrándose el saquito como si fuera a hacerse una con la idea de calidez y unión con Dios: “¡Bah!, usted no debe ni saber lo que es eso”. Ultimar ríe y aprieta el botón verde, se abre un portón a lo lejos y la cristiana sale del edificio. “Aquella vez que me dieron los guantes de oro, nunca me imaginé que iban a decir mi nombre por los parlantes del Estadio Centenario… ¡no sabés cómo aplaudía la gente!”, recuerda el boxeador, haciendo referencia al galardón que le fue otorgado por “el diario El Día al pugilista más destacado del año”, según se describe en una nota del extinto periódico. El reconocimiento llegó en 1979, al mismo tiempo que el futbolista aurinegro, Fernando Morena, y el basquetbolista Omar Arrestia, recibían también sus medallas y balones de oro. Ultimar recuerda haber festejado con sus amigos: Sandra Barbato, Carlos “Sapito” Álvarez, Dogomar Martínez, entre otros, quienes tal vez también desconocieran el significado del sacramento de la confirmación, o tal vez no. Pero es probable que estuvieran más ocupados en consagrarse campeones y representar con honor a Uruguay a nivel internacional.

Omar Arrestia se retiró como jugador de básquet en 1982 pero siguió vinculado a este deporte durante el resto de su vida, dirigió a Peñarol en la década del 90 y falleció en 2009 tras luchar contra una enfermedad terminal. A Dogomar Martínez, que ya había trabajado como guardaespaldas del expresidente Jorge Pacheco Areco durante su período de gobierno, el destino lo llevó a participar como director técnico, a partir del 2006, en el programa de la Presidencia de la República “Knock out a las drogas”. En 2008 fue nombrado ciudadano ilustre de Montevideo y en 2011, presidente honorario de la Federación Uruguaya de Boxeo, cinco años después, en 2016, tras haber dedicado el resto de su vida a la formación de jóvenes a través del deporte, fallece en la capital del país. Fernando Morena, por su parte, continúa ligado al fútbol y al club que lo vio consagrarse máximo goleador: se convirtió en director técnico, dirigió a Peñarol, obtuvo el cargo de director de relaciones institucionales y deportivas del Club en 2011 y, actualmente, mientras sortea una batalla contra el Alzheimer también recibe una suerte pensión económica de por vida que el consejo directivo aurinegro decidió otorgarle de forma unánime.

—Y después, ¿qué pasó? Porque, por ejemplo, Fernando Morena y Dogomar Martínez continuaron su carrera y siguieron siendo reconocidos, ¿en tu caso qué pasó? ¿No te interesaba?

—No, no. Yo una vez que dejé el boxeo, ya está, chau, corté todo. Me cansó.

Después de contar su historia, Ultimar se despide pelando una mandarina y le cuenta a cinco personas que pasan por el hall del edificio que le estuvieron haciendo una entrevista sobre “su boxeo”. Todos responden con frases como: “Ah, mirá, qué bueno”, “Mirá vos”, o simplemente se ríen. A veces las leyendas, las personas que son leyendas vivas, perduran siempre y cuando haya alguien interesado en escucharlas. Siempre y cuando haya una memoria que no se atreva a olvidar. Mientras nadie escucha, al igual que hace alrededor de 45 años, los guantes de Ultimar siguen colgados y el oro se mantiene brillando siempre, aunque no haya nadie que lo mire y él vea el reflejo de todos.

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