14 de febrero de 2014 18:19 hs

Carmine Schiavone venía de una familia pudiente de Casal di Principe, en Italia. A los 19 años entró en mundo delictivo cuando una pistola que acostumbraba llevar consigo se disparó y, de forma accidental, mató a un policía.

En la cárcel conoció a los capos de la organización criminal, y ya al salir se convirtió en administrador del clan Casalesi, uno de los grupos más poderosos de Camorra.

A modo de bautismo, los líderes colocaron la imagen de un santo sobre la mesa, y encima volcaron su sangre. "Luego quemaron la figura y dijimos algo así como 'arderé como este ícono si traiciono a la mafia'", relató Schiavone a la BBC.

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"El mundo de la mafia es un mundo que inicialmente piensas es una rosa perfumada, no ves los fallos, te ves atraído a ella", agregó.

Ya entrada la década de 1970, Calesi era una organización con mucha influencia política, tanto en Camorra como en el resto del país. Según Schiavone, la mafia decidía quién sería el alcalde de cualquier ciudad de la región. "Yo estaba en la cúpula, era el jefe administrativo de la organización", reconoció.

Desde entonces, además de vincularse al tráfico de drogas, y a robos, participó en más de 50 asesinatos, muchos de los cuales se debían a guerras con otras organizaciones delictivas. "Me sentía mal después del primer asesinato, pero disparabas o te disparaban, era una cuestión de vida y muerte", confesó el hombre, y luego agregó: "Hoy no haría las cosas que hice".

Sin embargo, su vida dio un vuelco cuando llegaron los años 90. Quiso salir de la mafia, no por la violencia que vivía de forma cotidiana, sino por motivos medioambientales.

Schiavone lideraba un consorcio que se dedicaba a producir cemento, y había recibido el pedido de construir una carretera. "Para hacer la autopista cavábamos unos huecos. Al principio los rellenábamos con basura urbana, pero luego unos abogados importantes se me acercaron y sugirieron tirar sustancias tóxicas”, contó.

"En aquel momento tenía un hijo de tres años. Pensé en todos los otros niños que morirían por los desechos que estaban siendo arrojados", confesó el ahora exmafioso.

A pesar de que estaba en contra de rellenar la carretera con sustancias tóxicas, no pudo evitar que sus compañeros lo hicieran. Intentó pararlos, pero enseguida fue arrestado.

Ante su conciencia de que mucha gente moriría de cáncer a raíz de los tóxicos, ya en los 90 trató de evitar las obras desde la cárcel, nuevamente sin éxito.

Y así llegó su tercer intento. En 1993 se convirtió en un “pentito”, como se llama a los exmafiosos que se arrepienten y revelan información a las autoridades.

De ese modo, fue uno de los testigos más importantes del juicio “Espartaco”, en contra del clan al que pertenecía. El juicio terminó con 115 personas procesadas, y 27 condenadas a cadena perpetua.

Schiavone aseguró a la BBC que intentaron matarlo “numerosas veces”, pero no lo detuvieron. Llegó al punto de tener que vender a su propio primo, Francesco “Sandokan” Schiavone, lo que para él fue una prueba de fuego. "Fue muy difícil, porque mi primo era menor que yo, le acompañaba a la escuela y le bauticé como mafioso", relató.

El senado italiano continúa investigando si las diez millones de toneladas de residuos industriales que se tiraron en la carretera durante 20 años están relacionadas con el aumento del 40% de tumores en las mujeres de esa ciudad, y de localidades cercanas a Nápoles. La zona es conocida como “El triángulo de la muerte”.

Hoy Shiavone tiene otro nombre. Vive con su mujer, y se mantiene con una pensión que recibe. A pesar de estar arrepentido, admitió: "Es difícil ser honesto en este país. Mi hijo tiene 25 años, tiene dos títulos y es desempleado. Espero un futuro mejor para él, pero es difícil".

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