Opinión > EDITORIAL

Ciudadanía rota

Muchos de los casos extremos demuestran la necesidad de límites 

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25 de septiembre de 2018 a las 05:03

Un niño de ocho años fue a comprar café, cigarrillos y cocoa al almacén del barrio en bicicleta y en el camino lo interceptaron, golpearon, presuntamente abusaron de él y lo mataron con saña. Eso pasó en Neptunia Norte, departamento de Canelones, República Oriental del Uruguay.

En la puerta del juzgado de Atlántida los padres del niño asesinado y los del adolescente acusado de ser el matador se vieron las caras. Se produjo allí un diálogo desgarrador que no aparece ni en las más osadas novelas del género negro. La realidad una vez más superó a la ficción. 

“¿Vos sos la madre de la rata que mató a mi hijo? Lo acabo de enterrar”, le espetó a los gritos la progenitora del niño a la del adolescente detenido en el recinto judicial. 

Por su lado, el padre del presunto asesino, un desempleado que vive en una precaria construcción de madera y que recicla materiales titubeaba con desesperación mientras explicaba que no lo había encubierto. “Es mi hijo y me duele, pero esas cosas no se le hacen a un ser humano”, dijo, según consigna El País. 

Inti Lois el niño que hoy está enterrado, fue el viernes al almacén del barrio con 100 pesos, un short blanco y una camiseta de su admirado Fútbol Club Barcelona. Allí se encontró con una compañerita de clase a quien le contó lo que había comprado. Luego desapareció. Era un viernes a la mañana y la llegada de la primavera estaba a la vuelta del almanaque.

El acusado y presunto responsable es un joven de 16 años que en estas horas se encuentra internado en el Instituto Nacional de Inclusión Social Adolescente (Inisa) por el próximo mes, hasta que se procese la acusación. La fiscal del caso Darviña Viera, entendió que existían evidencias muy firmes para incriminar al adolescente y así lo hizo. Cuando el único sospechoso del crimen salió del juzgado rumbo al Inisa los vecinos de la zona lo quisieron linchar. La policía tuvo que intervenir para impedirlo. 
Según la normativa vigente de confirmarse la autoría del asesinato, el adolescente de 16 años pasaría un máximo de cinco años en las dependencias del Estado. Luego, sin antecedentes, retornaría a vivir en la sociedad libre.

El acusado y presunto responsable es un joven de 16 años que en estas horas se encuentra internado en el Instituto Nacional de Inclusión Social Adolescente (Inisa) por el próximo mes, hasta que se procese la acusación.

Resulta penoso que tras una nueva tragedia como la de Inti Lois vuelva a ponerse arriba de la mesa el tema de la responsabilidad penal de los menores. Pero es lo que sucede cuando una sociedad que tanto cambió no logra adecuar su sistema de penas y sanciones a las exigencias y evidencias de la nueva realidad. No hay peor ciego que no quiere ver. 

Amparados en eslóganes terriblemente engañosos y con los que nadie en su sano juicio discrepa, como el que reza que “ser joven no es delito” se tergiversó el fondo de la cuestión que se plebiscitó en 2014 y los resultados están a la vista. Impunemente y muchas veces utilizados por delincuentes mayores los adolescentes son moneda de cambio para la impunidad más absoluta.
No es este el caso, pero se suma a la evidencia que interpela a los gritos a quien quiera escuchar. Pese a los colores y los eslóganes divertidos con que pretenden adornar la engañosa defensoría de los adolescentes, sus promotores lo que en realidad hacen es alimentar los demonios que anidan en cualquier sociedad a quien no se le ponen límites. 

 

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