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Cómo cuidarse en vacaciones de los bichos uruguayos (más o menos) peligrosos

A pesar del pánico generado por la araña del bananero de Piriápolis, en Uruguay hay pocos animales ponzoñosos de los que cuidarse en las vacaciones de verano 

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15 de diciembre de 2018 a las 05:03

Hagamos de cuenta, por un rato, que esto es un fogón. Hagamos de cuenta que estamos sentados en ronda, oyendo como las llamas parten los troncos quemados y viendo como las chispas suben a la noche. Hagamos de cuenta, entonces, y escuchemos la anécdota con la que ahora, esto, comienza.  

Hace catorce años, un niño se va de campamento. Ese niño tiene apenas 11 y esa semana de viaje es, con la salvedad de alguna visita esporádica a las termas, la primera vez que acampará sin la protectora presencia de sus padres. El paraje es cercano, pero inédito: balneario de Las Cañas, departamento de Río Negro. La compañía, conocida: todos sus compañeros de clase y las maestras. Debajo del cielo limpio del campo, sumergido en las aguas marrones del río que atraviesa el país de este a oeste, abriendo senderos en los montes del lugar, el niño y sus amigos se olvidan que el peligro late aún cuando la diversión tapa los sentidos. Se olvidan hasta que recuerdan. Y esto sucede, el peligro palpable y diminuto aparece, la noche en que se desata el único diluvio de esas vacaciones. Con la carpa inundada, la ropa mojada y la sorpresa incrustada en la boca, el niño de 11 se despierta de golpe y se toca la cara. Hinchada. Se mira los brazos. Brotados. Un malestar lo tira contra el costado de la carpa y el vientre le duele. Las maestras, también mojadas, corren con él en brazos. Nadie sabe qué tiene, nadie sabe qué fue lo que lo picó. Son las cinco de la mañana, llueve de manera implacable y el único auto del campamento sale raudo hacia Fray Bentos, con un niño hinchado, quejoso, dolorido y desconcertado. Se curará; no hay nada que un buen Benzetacil no mate. Pero el recuerdo quedará. Y el misterio también. ¿Fue una araña, una reacción alérgica a alguna hormiga? ¿Un escorpión? ¿Qué fue?  

El relato anterior puede ser tan verídico como ficticio, pero no por ello extraño o inverosímil. Es, más bien, un episodio extremadamente común que le puede suceder a cualquier persona que, en verano, salga de excursión, de campamento o, simplemente, alquile o tenga una casa en alguno de los balnearios costeros del país. Porque suele suceder: alguien se olvida que está invadiendo un ecosistema ajeno, se apropia del ambiente sin los cuidados necesarios y se lleva una sorpresa en forma de picadura. Es probable que el insecto, la araña o el animal que lo muerda sea bastante inofensivo, que el veneno sea casi imperceptible para el cuerpo humano, pero también puede pasar que no, que esa pequeña incisión en su organismo le traiga inesperados problemas en vacaciones.  

Hace pocas semanas, el pánico se desató en la zona de Piriápolis por el hallazgo de un ejemplar de la denominada araña del bananero, a la que se la catalogó en este –y varios medios más– como “la araña más venenosa del mundo”. Sin embargo, el miedo fue infundado y vano; en primer lugar, no es una especie autóctona: crece y se reproduce en lugares más tropicales. En segundo lugar, si bien su veneno es bastante dañino, hace mucho tiempo que no se registran casos de muertes por su picadura; su mordedura es casi siempre leve y es fatal casi exclusivamente en niños. 

En realidad, los uruguayos tienen poco de lo que preocuparse en cuanto a las arañas y sus respectivas ponzoñas. En este país apenas hay un puñado de especímenes a los que temerles de verdad y, según explica Fernando Pérez Miles –docente grado 5 de Entomología en la Facultad de Ciencias y experto en arañas–, la mayoría no se encuentran en el campo, si no en la ciudad.

“La mayor parte de las arañas tienen veneno, pero la enorme mayoría no son peligrosas. Y no solo no son peligrosas, sino que nos hacen un favor porque controlan las poblaciones de insectos perjudiciales, que se comen los cultivos y producen otros efectos dañinos. Son insecticidas naturales. En  Uruguay, peligrosas hay tres o cuatro especies. Y la que produce accidente con más frecuencia no está precisamente en el campo, sino que es domiciliaria. Es la Loxosceles laeta, llamada araña homicida o del rincón. Se oculta detrás de los cuadros y por eso es que los accidentes son más frecuentes. No quiere decir que en el campo no haya especies peligrosas; allí se puede encontrar la viuda negra, por ejemplo, que es peligrosa, tiene un veneno neurotóxico, pero es tan pequeñita que su picadura apenas atraviesa la piel. No hay que tener demasiado temor”.

No es necesario que Pérez Miles explique que el tema le apasiona de manera especial. Mientras manipula una tarántula que guardaba en una pecera de vidrio en su laboratorio –que está tapizado de fotos de arácnidos y leyendas del tipo Keep calm and love spiders– cuenta que se enamoró de ellas cuando a los 15 hizo su primer curso de recolección de especies en el Museo de Historia Natural. Hoy tiene 58 y mantiene intacto su amor. Y su entusiasmo por describirlas, analizarlas, estudiarlas y protegerlas.

“Para la gente que va a acampar o que se va a pasar unos días afuera, la precaución más grande respecto a las arañas o los escorpiones, porque también hay algún escorpión que puede ser venenoso, es sacudir la ropa y los zapatos antes de usarlos, más si estaban tirados en una carpa o en el suelo. Esa es la precaución más importante, porque los accidentes se producen cuando la araña es apretada. Y revisar las sábanas si son muy paranoicos”, ríe. 

Según dice, las casas de balneario tienen la particularidad de que albergan a los dos tipos de arañas: las de campo y las domiciliarias. Sin embargo, las que más se aparecen son las llamada arañas lobo o corredora (Lycosa erythrognatha), que es una tarántula pequeña o mediana. Su mordedura puede llegar a molestar, pero no es demasiado peligrosa.  

El experto menciona una última especie inofensiva que se pueden encontrar en las casas de playa –“unas chatas, grandes, marrones y trepadoras; de esas ninguna es peligrosa”– y enseguida introduce a la estrella de los últimos días, a la famosa araña del bananero, que está guardada en un frasco en una de las oficinas del octavo piso de la Facultad.

La “bicha” que generó el pánico es ostensiblemente más pequeña de lo que parecía. Él destapa el frasco que la contiene y avisa que la puede agarrar, pero que puede llegar a ser agresiva. Los presentes reculan y se limitan a mirar. “Es peligrosa sí, pero se puede controlar su veneno. No es ‘la’ más peligrosa. Esa está en Australia y se llama Atrax Robustus. Con esa sí: en unas horas la quedás”.

Peligro rastrero

En el final del relato que abre esta nota, el motivo del padecimiento del niño es bastante incierto. Seguramente lo haya picado algo, pero no hay un qué o un cuándo. Esta duda, sin embargo, es un terreno exclusivo de las mordeduras de arañas, de las picaduras de escorpiones y de cualquier otro insecto que se defienda introduciendo veneno en el organismo del humano agresor. Porque cuando se trata de serpientes, no es nada difícil vincular el dolor posterior de la experiencia de ser mordido.

Eso lo sabe bien Melita Meneghel, directora del Serpentario –organización que depende de la Facultad de Ciencias y del Instituto de Higiene–. Ella sufrió tres mordeduras de Yarará a lo largo de su carrera y por una mala asistencia en el Centro de Información y Atención Toxicológica (Hospital de Clínicas), en el último de esos ataques perdió el pulgar izquierdo. Su advertencia, para aquellos excursionistas que se encuentren con un ejemplar de ofidios durante su licencia, es clara: “no las toquen”.  

En Uruguay hay más de 40 especies de serpientes y víboras y solo cuatro son peligrosas: la serpiente de cascabel, la coral, la crucera (o víbora de la cruz) y la yayará (o yara). Encontrarse con las dos primeras es casi imposible; la cascabel está protegida por estar casi desaparecida y la coral es subterránea y demasiado inofensiva, a pesar de ser venenosa. De las que sí hay que cuidarse es de las otras dos, que usualmente son confundidas  entre sí dependiendo en qué parte del país se las encuentre y que ocasionan casi la totalidad de los accidentes de ofidios en Uruguay.

“Uno siempre define que las cruceras están en los lugares bajos y húmedos, y las yaras en los lugares altos y serranías, pero hay algunos bañados donde también encontrás yararás. No está escrito en piedra el ambiente en las que se las puede encontrar”, explica Meneghel, que agrega que por los cultivos de transgénicos y sus posteriores fumigaciones, estos animales se han ido acercando paulatinamente a los centros poblados. Los casos de mordedura de crucera o yara rondan los 60 por años y pueden pasar los 80 si es un año seco.

Raúl Maneyro es uno de los expertos que trabaja muy cerca de Meneghel, tanto físicamente –sus oficinas están contiguas en el piso 9 de la Facultad de Ciencias–, como en los papeles de divulgación. Maneyro es especialista en anfibios, pero los años de trabajo de campo le enseñaron a tener precaución con los ataques de ofidios, de los que ha visto varios. Él, que usualmente se topa con serpientes y víboras en sus investigaciones, da algunos consejos para quienes de repente se enfrenten a una crucera o yarará en una de sus instancias vacacionales. 

“Siempre es mejor la prevención que tener que correr a atenderte en un centro de salud, por más cerca que esté. Por eso cuando salimos al campo tratamos de utilizar un calzado adecuado, no nos metemos en pastizales altos y no metemos la mano en cuevas o pajonales, que es algo muy común entre los cazadores de mulitas, por ejemplo. Tratar de evitar el accidente, esa es la consigna”. 

Cuidarse, entonces. Sacudir la ropa, la carpa, las sábanas, los zapatos. No acercarse a las serpientes, no tratar de manipularlas y no matarlas. Son pasos muy sencillos, pero a veces se olvidan y no implementarlos puede terminar arruinando vacaciones. No tenga miedo ni deje que la paranoia lo invada: no habrá arañas del bananero que atormenten sus sueños o boas asesinas que amenacen su vida. Nuestros bichos son mucho más inofensivos. En definitiva, también son uruguayos.

Los cuatro tipos de serpientes venenosas que hay en Uruguay

Serpiente de cascabel- De 30 a 160 cm. Tiene un cascabel en la cola. Vive en zonas pedregosas del norte y está en peligro de extinción. 

Serpiente coral- Entre 18 y 80 cm. Tiene anillos rojos, negros y amarillos. Es muy apacible. 

Crucera- Entre 25 y 150 cm. Vive en pajonales, bañados, montes linderos al Río Uruguay. No es muy agresiva. 

Yarará- Entre 22 y 92 cm. Es muy agresiva. Vive en las sierras, entre las piedras, en las cuchillas o entre las leñas. 

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