El sector en el que los pasajeros embarcaron en el vuelo MH 202 de la compañía aérea Malaysia con destino a Ciudad del Cabo en Ezeiza (Buenos Aires) se parecía más a la parada de ómnibus un domingo de clásico que a la sala de abordaje de un aeropuerto.
La zona estaba delimitada por unas improvisadas cuerdas que limitaban el paso y brindaban la señal de que algo extraño iba a suceder en un recinto donde habitualmente reina paz y tranquilidad.
De pronto se comienzan a agitar las masas. Hay ambiente de tribuna, y parece lógico porque el vuelo transportará a hinchas de fútbol al Mundial y no a pasajeros habituales.
Unos 20 hinchas de Chile, todos vestidos con la camiseta roja 9 de Suazo, despliegan una bandera enorme para tomarse una foto de recuerdo, que impide la entrada a uno de los free shop. Pero es Ezeiza, y los argentinos, tocados en su orgullo hacen sentir su localía.
Muy tímidamente, por cantidad, obvio, y hasta por la forma de ser diferente al argentino, entre tanto celeste, blanco y rojo, surge un uruguayo con un buzo de Nacional. Y después otro. Llegan a una decena de hinchas celestes, que se pierden en la multitud.
“Permítame el pasaje y el pasaporte”, le dijo la funcionara a un grupo de cinco argentinos. “¿Qué sucede?”, preguntó uno de ellos, mientras el periodista escuchaba. “Hoy el vuelo va con las 390 plazas completas”. Otra mala señal.
Igualmente, con lentitud se fue ordenando la tribuna en la sala de espera, en tanto el último deseo de un pasajero a otro brindaba más síntomas desalentadores: “Que no te pierdan tus equipajes”. “Esperemos”, respondió. “Si no hace escala, como este vuelo que va directo a Ciudad del Cabo corrés menos riesgos”, le dijo un tercero que se integró a la conversación y recordó los problemas que sufrieron con sus valijas varios pasajeros que por estos días llegaron a la sede del Mundial.
Unos minutos después, ya a bordo de la nave de Malaysia, el avión se transformó en la versión aérea del 192, al punto de que el capitán llamó cuatro veces la atención a los revoltosos pasajeros, la mayoría argentinos, y la última advertencia, cuando los asientos y el techo servían de tambores para acompañar el grito de “Vamos vamos/Argentinaaa/vamos vamos/a ganar…”, fue que se iba a demorar la salida del vuelo.
A esta altura solo faltaba que los pasajeros sacaran la cabeza por la ventana, como en el recorrido desde Manga hasta el Estadio Centenario.
Ya en el aire, y cuando todavía se escuchaban los cánticos de tribuna, una de las azafatas fue al corazón de los hinchas y lanzó la advertencia a uno de los más revoltosos “Cuando lleguemos a tierra lo voy a denunciar con las autoridades”, le dijo con cara de pocos amigos y para poner coto al desorden. Como si se trataran de palabras mágicas, ese fue el disparador para que el vuelo recuperara la normalidad, aunque pocos pudieron descansar porque los gritos picaban de un sector a otro del avión.
Después de ocho horas en el aire la nave dejó al puñado de uruguayos en Ciudad del Cabo y el 192 de Malaysia siguió viaje con la barra de aliento argentina hasta Johannesburgo.