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Con gusto a poco

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15 de noviembre de 2019 a las 05:03

El primer debate obligatorio por televisión entre dos candidatos presidenciales en competencia con miras al balotaje, realizado el miércoles 13, dejó en evidencia la necesidad de introducir ajustes en un formato que puede fracasar –como fue el caso– en el objetivo de que los electores reciban información de calidad que contribuya a definir, reforzar o cambiar el voto.

Aunque desde ese punto de vista fue mucho mejor en comparación al que se organizó de cara a la primera vuelta –y con los mismos protagonistas, los postulantes Luis Lacalle Pou (Partido Nacional) y Daniel Martínez (Frente Amplio)–, sigue sin colmar las expectativas que tenemos acerca del papel que debería cumplir un genuino debate presidencial.

La primera responsabilidad es de los propios presidenciables que, lógicamente, intentan apegarse a su estrategia de campaña. 

Es por eso vital que el debate televisivo tenga un formato que obligue a los candidatos a salir de su zona de confort en el que se refugian para no dejar al descubierto debilidades que pueden tener un efecto desfavorable en las urnas. 

En general, tanto Lacalle Pou como Martínez se apegaron a un guión que no siguió el ritmo natural de un debate, reconociendo que hubo momentos de intensidad.

¿Qué se pudo haber hecho? Se pudo haber pensado en la intervención de periodistas o de expertos que garantizaran un trato equitativo e imparcial con los presidenciables como exige la ley.

No se puede dejar librado a los candidatos la responsabilidad de introducir las preguntas de interés para los televidentes, que, además, pueden o no plantearse con claridad, algo que fue evidente en el debate.

A modo de ejemplo, hubiese tenido mucho interés que el público supiera por lo menos algunas medidas concretas que aprobaría Lacalle Pou para cumplir con un necesario ajuste fiscal de baja del gasto público sin suba de impuestos.

En el caso de Martínez, haber profundizado en una idea que supone un giro en la izquierda como significa el anuncio de que el programa del Frente Amplio solo representa un cúmulo de sugerencias que no lo atan como eventual jefe de Estado. ¿Qué ideas centrales de un programa que se distribuye entre los electores tendría en cuenta un eventual gobierno de Martínez?

O preguntas a ambos candidatos sobre sus ideas del Mercosur. ¿Prefieren un modelo más abierto como impulsa el presidente brasileño Jair Bolsonaro o el proyecto más cerrado que pregona el mandatario electo argentino, Alberto Fernández?

Conocer sus opiniones sobre un dilema de hierro: apostar a políticas que contribuyan al crecimiento económico o las que protegen el medio ambiente. O quizás una combinación de ambas con un efecto mixto.

¿No hubiese sido muy interesante escuchar reflexiones de ambos contrincantes acerca de la crisis que sufre la región? Un intercambio de ideas sobre la crisis de Chile y la eventualidad de que el clima de protesta aterrice en Uruguay. ¿Evo Morales fue o no responsable del quiebre democrático en Bolivia?

No se puede dejar al libre albedrío de los candidatos las respuestas a asuntos de fondo para los electores. Ello requiere de un formato de debate que sea una garantía para una efectiva exposición e intercambio de ideas entre los presidenciables, también mandatos de la ley.

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