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Confucio y las tarjetas corporativas

No es solo importante el manejo transparente del dinero sino, sobre todo, cómo

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12 de noviembre de 2017 a las 05:00

La ética está de moda en el país. O, al menos, hablar de ética, convocar tribunales de ética, someterse (o no) a sus dictámenes. Y sobre todo van a esos tribunales el uso de tarjetas de crédito y débito corporativas. Y allí se escrutan los gastos mayores o menores, los trajes de baño y los colchones Divino, los gastos efectuados dentro o fuera del viaje, en ejercicio o fuera del ejercicio de la función. De monto escaso o de monto mayor. Todo gasto personal está bajo la lupa. Y es bueno que así sea porque, como dice acertadamente el Tribunal de Conducta Política del Frente Amplio al analizar la conducta del exvicepresidente Raúl Sendic, "desde el punto de vista ético la cuantía de una malversación y el grado de enriquecimiento tienen importancia solo relativa. Un enriquecimiento indebido de monto poco importante es también una violación de principios que deben considerase fundamentales".

Y todo ello es cierto e importante. Pero parece que cuando nos ponemos a analizar el estado ético de la nación, de sus gobiernos, de sus instituciones sociales, de sus empresas, nos detenemos en cosas de poca monta. En cosas mensurables en nuestra escala (lo que se puede comprar con una tarjeta de crédito). Pero en las cosas que realmente marcan a una nación, muchas veces hacemos como el avestruz: esconder la cabeza en la tierra. Sería bueno, para centrar bien el problema, recurrir a Confucio.

En una ocasión le preguntaron al sabio chino por dónde empezaría a gobernar un país, y él respondió: "Mejoraría el lenguaje". Asombrados, sus discípulos le dijeron que esa respuesta nada tenía que ver con su pregunta: ¿qué significaba mejorar el lenguaje? Entonces, Confucio aclaró: "Si el lenguaje carece de precisión, lo que se dice no es lo que se piensa. Si lo que se dice no es lo que se piensa, entonces no hay obras verdaderas. Si no hay obras verdaderas, entonces no florecen el arte ni la moral.

Si no florecen el arte ni la moConfucio y las tarjetas corporativas ral, entonces no existe la justicia. Si no existe la justicia, entonces la nación no sabrá cuál es el rumbo: será una nave en llamas y a la deriva.

Por esto no permitáis la arbitrariedad con las palabras. Si se trata de gobernar una nación, lo más importante es la precisión del lenguaje". (Versión extraída de José María Pérez Gay, El imperio perdido, México, Cal y arena, 1991).

De alguna manera, Confucio viene a decir que si se corrompe el lenguaje, se termina corrompiendo la moral, la justicia, las instituciones y la nación toda. Y esto no lo dijo en el siglo XX del Cambalache de Discépolo ni en el XXI que no le va a ir en zaga. Lo dijo en el siglo V A.C. Mucha agua ha pasado bajo los puentes desde entonces pero no hay nada nuevo bajo el sol y la afirmación de Confucio sobre la importancia del lenguaje en la construcción de la sociedad sigue vigente y es algo que va más allá de las buenas costumbres, de la elegancia en el hablar o de la corrección para expresarse. Es ir a la verdad de las cosas, a no decir una cosa por otra, a no dejar pasar sin más la mentira, el engaño, el dorar la píldora, el prometer lo imposible, el comprometer la palabra allí donde nadie sabe si puede sostener siempre lo prometido.

El razonamiento de Confucio es impecable y demuestra a las claras cómo la corrupción del lenguaje lleva a la destrucción de la justicia y la corrupción de la nación, aunque "nadie se lleve ningún dinero al bolsillo", elemento que hoy por hoy parece ser la vara para establecer si hay o no corrupción.

Tanto daño hace "llevarse dinero al bolsillo" como dictar leyes que se saben inconstitucionales por un alumno de primero de Facultad de Derecho, o como decir que se carece de respeto por lo que diga la Suprema Corte de Justicia (en Bolivia es lo que está haciendo Evo Morales para asegurarse la reelección que el pueblo le negó y eso es corrupción con mayúscula aunque no vaya dinero al bolsillo de Evo), o como desafiar la lógica diciendo un día una cosa y al siguiente la contraria sin que a uno se le mueva un pelo.

Si para Confucio, la justicia es tan importante, más lo es para Agustín de Hipona (más conocido como san Agustín), que decía que un Estado que no se rigiera según la justicia se reduciría a una gran banda de ladrones. Ahí debemos poner mucha atención, porque podría ocurrir que todos manejen las tarjetas corporativas o los viáticos de acuerdo a la ley, pero igualmente podríamos estar gobernados por grandes corruptelas en el manejo de los asuntos públicos. No es solo importante el manejo transparente del dinero o la ausencia en general de coimas, lo que da seriedad a un país sino también y, sobre todo, cómo cumple las leyes y cómo legisla de modo tal que sea conforme a Justicia y a Constitución. Y en este último sentido, nuestro país ha ido barranca abajo toda vez que se han afectado los principios republicanos.

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