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Construir resiliencia

En tiempos donde la economía tambalea, Uruguay tiene escenarios posibles

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02 de septiembre de 2018 a las 05:04

La resiliencia es un concepto cada vez más valorado en campos tan distintos como la psicología o la economía. No importa solo cuánto crece una economía, sea un país o una empresa, sino que capacidad tiene de soportar adversidades. Del mismo modo, todos podemos pasar un buen rato en una playa o un parque de diversiones, pero ¿qué tal logramos sortear los momentos adversos? Y ese test nos ha llegado. Entre el Lava Jato, los cuadernos, y los enormes déficits fiscales y de confianza que tienen los vecinos, tenemos instalada una región una de esas mega crisis a las que ya sabemos en ciclos de más o menos 20 años debemos someternos.

Desde hace mucho tiempo, a raíz del envión de las materias primas, la trazabilidad y la habilidad de Uruguay para salir de la crisis de 2002 sin entrar en default percibo para Uruguay una oportunidad que se da cada varias décadas. Una oportunidad similar a la que tuvo en la década de los años 40 y 50 del siglo XX y que en aquella oportunidad no se pudo consolidar en un desarrollo sostenible.

Básicamente, veo tres escenarios para Uruguay, el que llamo holandés, es decir el exitoso que nos convierte en un país agropecuario, portuario, turístico de alto valor agregado, liberal, abierto y armónico. 

El “2022” en el que, como en el mito de Sísifo, nos levantamos siempre para volver a caer y repetimos cíclicamente las crisis 1982, 2002, 2022.

Y el intermedio, más de lo mismo, algunas cosas mejoran, especialmente en las zonas costeras, en el eje Colonia, Montevideo al sur de Avenida Italia, Punta del Este, pero en el conjunto seguimos siendo una sociedad más o menos, que precisa de rejas y alarmas y en la que el que nace pobre, no termina secundaria y no accede a empleos interesantes. 

En una reunión reciente me pidieron poner porcentajes de chance a los escenarios y opiné que 10% al escenario holandés, 30% al 2022 y 60% al más de lo mismo. Y así como la crisis de 2002 fue menos traumática que la de 1982, este período que será difícil, debe serlo menos que en 2002, sin caída de bancos, sin necesidad de pedir un cheque salvador. Pero sí debe lugar a un sinceramiento de costos que permita un cambio de expectativas. Porque con estas expectativas es casi imposible que el sector privado genere empleo y ya se han perdido más de 50.000 en los últimos cuatro años. 

La disparada del dólar en Argentina y Brasil nos pone en el desafío de tratar de escapar al escenario de quiebre, de evitar la crisis que nos hace retroceder un montón de casilleros. Los dos países vecinos están en problemas gravísimos. Los problemas domésticos no son chicos. La situación es extremadamente frágil. Venezuela está ante un colapso humanitario mucho mayor que el de Siria y los países limítrofes empiezan a limitar el ingreso de una marea humana que huye del hambre. Uruguay no debe descartar un escenario en el que la inmigración crezca aceleradamente, lo que supondrá desafíos para el empleo local. Trump se apresta a un segundo escalón de sanciones a China, ahora por US$ 200 mil millones tal vez ya la semana próxima.

Los años críticos de 2002 y 2003 fueron la consecuencia de la devaluación brasileña de 1999 y el colapso argentino de 2001. Ahora volvemos a tener un examen. Ir contra la corriente de lo que sucedía con el dólar en Brasil fue fatal en el período de 1999 a 2002. Del mismo modo que darle oxígeno a la exportación fue la clave para recuperar la economía de 2003 en adelante. 

En definitiva de lo que se trata es de encontrar una manera razonable y sustentable de salir del atraso cambiario que ahora se ve agudizado. Y encontrar una manera eficiente de captar los mercados de fuera de la región y acentuar la inserción en China e India los dos mega mercados de este siglo. Eso mientras se hace –porque algún día llegará- una reforma educativa en serio que democratice la llegada al mundo del siglo XXI incluyendo a los niños de las zonas más vulnerables.

Cabe reclamar contención en el gasto y contención en el nivel de enfrentamiento político y sindical. El sistema político debe ser capaz de manejar el debate y la discusión de modo que, ni la rendición de cuentas sea una herramienta para gastar más con fines electorales por el oficialismo ni los problemas que inevitablemente vendrán sean amplificados para obtener un rédito electoral por la oposición. Debe haber una lógica de responsabilidad colectiva, que abarque también a los sindicatos que deben evaluar si las acciones que toman llevan a más o a menos empleo.

Está viniendo un huracán desde Argentina y hay que reforzar las puertas y las ventanas para mantener el grado inversor y esperar a que el viento amaine y genere el menor daño posible. Y una vez pasado el espiral de desconfianza de los vecinos, apostar las fichas a que haya un cambio de expectativas locales que vuelva a generar interés en invertir y en emplear, algo que tendrá que ser con un dólar diferente y más alto al actual.

El escenario 2022 que se veía venir y que fue advertido en el acto histórico de Durazno está plenamente instalado en el vecindario. La contención en el gasto que se reclamaba, la apertura al mundo estable para exportar más allá de la región, la apuesta a dar aliento al sector productivo y el llamado a que actuemos como una sociedad unida, como cuando juega la celeste ante un rival difícil, tienen más vigencia que nunca. 

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