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Contra los puentes levadizos

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27 de noviembre de 2019 a las 05:04

en fin
para que nadie se llame a confusiones
que entre mi prójimo ese insoportable
tan fuerte y frágil
ese necesario
ese con dudas sombra rostro sangre
y vida a término
ese bienvenido

El resultado del balotaje puede ser analizado desde múltiples ángulos. Podríamos detenernos a examinar, por ejemplo, por qué una carrera que Luis Lacalle Pou parecía tener ganada al trote terminó en virtual empate, o a discutir si Daniel Martínez debió o no reconocer esa misma noche su previsible derrota. Prefiero concentrarme en otro aspecto. Si algo dejó bien claro la elección nacional es que el sistema de partidos uruguayo sigue estando estructurado en torno a dos grandes bloques. Uno de ellos está vertebrado sobre el Frente Amplio. El otro, montado sobre los viejos partidos fundacionales. Pero estos dos bloques tienen características muy especiales. Representan identidades y sentimientos contrapuestos. Son, diré en seguida, dos “patrias subjetivas”.

El concepto de “patrias subjetivas” es mérito de Julio Martínez Lamas. En su ensayo Riqueza y pobreza del Uruguay, publicado en 1930, sostuvo que los partidos tradicionales no podían distinguirse por sus ideas económicas, políticas o filosóficas. Lo que los diferenciaba era de otra índole, más emocional que racional. Cada una de estas colectividades experimenta, según él, siempre los mismos sentimientos. Esos sentimientos constituyen formas subjetivas de vivir la historia, la circunstancia y el destino nacional que se trasmiten, además, de generación en generación. Esto explica su potencia y que “el sentimiento partidista avasalle por igual, a intelectuales y analfabetos, a ricos y desheredados, a los hombres de la ciudad y a los hombres del campo, y a las mujeres y a los niños”. La zanja es profunda: “las conversaciones de los individuos de un partido” con el “partido adversario” parecen “contrarias a la moral”, y las “luchas partidistas” revisten, “por su furor, aspectos de lucha contra el extranjero”.

Nuestros bloques políticos son como “patrias subjetivas”. El “sentimiento” que anima a cada uno de ellos es tan “avasallante” que, por momentos, restringe el margen de libertad de quienes nos empecinamos por no dejarnos atrapar por el torbellino binario. Una simple llamada telefónica la noche del balotaje puede ser percibida, incluso, como “contraria a la moral”. Cada bloque se considera a sí mismo la mejor versión de la historia nacional, y como el único camino hacia el progreso y la “pública felicidad”. Cada bloque, por momentos, parece un castillo medieval. Los muros son anchos. La zanja que los rodea es profunda y peligrosa. A veces parece que el aceite hirviendo está pronto para ser derramado sobre el enemigo que acecha.

La democracia uruguaya fue construida por pactos sucesivos entre blancos y colorados luego de décadas de guerras civiles. Y solamente prosperó cada vez que los puentes levadizos entre las respectivas fortalezas bajaron, permitiendo el encuentro de unos con otros. Del mismo modo, la democracia del futuro, la que tenemos obligación de preservar y perfeccionar, requiere el diálogo franco y la cooperación entre las nuevas “patrias subjetivas”. Nadie tiene por qué renunciar a sus sentimientos ni a su identidad. No es necesario borrar las fronteras y borronear convicciones. Lo único que se precisa, y con urgencia, es que unos y otros abandonen enfoques maniqueos, y dejen de percibirse como “extranjeros”, y como portadores de ideas e intereses espurios. Buenos y malos, lo reitero, solo en las películas malas.

Los frenteamplistas suelen pensar que tienen el monopolio de la sensibilidad social. Ese argumento no resiste ni un segundo. No es cierto que unos defienden a los “humildes” y otros a los “privilegiados”. Blancos y colorados no seguirían representando casi la mitad de nuestra sociedad si hubieran perdido la capacidad de sentir el dolor de los más humildes. Los frenteamplistas parecen pensar que a los líderes de los partidos fundacionales no les importa aliarse con fascistas o violadores de los Derechos Humanos con tal de desplazarlos del poder. Está bien estar alertas. Hace un daño profundo exagerar. Sus rivales, la nueva mayoría, esa que habrá de gobernar desde el año que viene, suele pensar que a los frenteamplistas los anima solamente la búsqueda del poder y que son capaces de asaltar el otro castillo y prenderlo fuego. Extremistas e irresponsables hay en todos lados. Pero sobra gente de buena voluntad en el castillo de la orilla izquierda. Es cuestión de salir a buscarlos.

La batalla por el poder fue dura pero ya se terminó. Ahora es tiempo de abandonar las trincheras y honrar las mejores tradiciones nacionales. Llegó la hora de bajar los puentes y salir a conversar con los otros. El gran mensaje del 27 de octubre es que hay una nueva mayoría. El gran mensaje del domingo 24 es que los dos bloques son tan poderosos que tienen la obligación de pactar entre sí. Ni guerra ni consenso. Alcanza con deponer prejuicios y admitirse recíprocamente como lo que han demostrado ser desde hace dos décadas: los representantes genuinos de medio Uruguay. Es tiempo de “dejar entrar” al otro, “ese necesario”, ese “prójimo insoportable, fuerte y frágil”. Llegó la hora de decir con el mejor Mario Benedetti: “A esta altura no ha de ser un secreto para nadie, yo estoy contra los puentes levadizos”.

Adolfo Garcé es doctor en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, UdelaR.

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