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Recientemente los precios del gas batieron récords en Europa

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Crisis energética en Europa: o como el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones

Durante las últimas dos décadas el mundo, con Europa a la cabeza, se embarcó en una estrategia de promoción y desarrollo de las energías renovables

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01 de septiembre de 2022 a las 05:04

Según datos recientes, hace solo unos días el precio mayorista de la electricidad alcanzó en Alemania los € 980 por megavatio/hora (MWH) y en Francia superó los € 1.000, un valor 10 veces superior al de 2021. Por su parte, en el Reino Unido, Ofgem (el ente regulador del mercado eléctrico), anunció que, a partir del mes de octubre se modificarían los precios máximos que las compañías de energía pueden cobrar a los hogares, razón por la cual las facturas podrían subir hasta un 80%. Incluso surgió un movimiento denominado “Dont´ Pay UK”, que reúne a más de 100 mil ciudadanos británicos (se espera se sumen muchos más) que se comprometieron a no pagar sus facturas de gas y electricidad a menos que el gobierno tome medidas para resolver la problemática de los precios altos. Además, circularon en redes, videos de ciudadanos de Glasgow, Escocia, manifestándose y quemando sus facturas en señal de protesta.

En Europa en general, recientemente los precios del gas batieron récords, llegando hasta los $ 339 euros por MWH, multiplicándose por siete en términos interanuales. La situación es verdaderamente grave, al punto tal, que en declaraciones recientes el presidente francés Emanuel Macron, anunció “el fin de la abundancia, el fin de la despreocupación y el fin de las evidencias”. La declaración es impactante, pero sumamente realista, ya que la crisis energética está teniendo consecuencias devastadoras en el “estilo de desarrollo” europeo en las últimas décadas, basado en materias primas (especialmente energía) y dinero barato.

Naturalmente, basta con leer las noticias de los periódicos para convencerse de que la actual situación se explica en buena medida por las consecuencias de la guerra en Ucrania, que ha dislocado los mercados de materias primas, generando importantes subas en los precios, especialmente en los casos del petróleo y el gas. Además, está el uso geopolítico que el presidente ruso Vladimir Putin hace de la dependencia de Europa del gas ruso, disminuyendo los flujos del suministro de este al continente. A modo de ejemplo, el gasoducto Nord Stream está operando a 20% de su capacidad y ya con dos suspensiones por “mantenimiento”.  Menos conocido es el hecho de que el continente europeo, atraviesa la peor sequía de los últimos 500 años, lo cual ha impactado en la generación hidroeléctrica, dificultado la generación de energía nuclear (el agua es imprescindible para la refrigeración de los reactores nucleares) y también ha traído complicaciones el transporte del carbón por vía fluvial. Tampoco debemos olvidar el efecto de la pandemia, que por un lado destruyó oferta al producir quiebras en varias empresas del sector, junto con el cierre de varios pozos de extracción que se cerraron. Finalmente, con la reapertura de las economías generó un shock de demanda muy fuerte.

Sin embargo, estos factores son coyunturales, la verdadera raíz de la crisis energética tiene un origen bien distinto. Si bien hay quienes son más responsables que otros (y eventualmente rendirán cuentas), en caso de querer encontrar un culpable, los gobiernos y ciudadanos europeos solo necesitan mirarse al espejo.

Es que, durante las últimas dos décadas, el mundo, con Europa a la cabeza, se embarcó en una estrategia de promoción y desarrollo de las energías renovables tales como biocombustibles, energía eólica, solar. Esta además de ser en extremo costosa (más de US$ 5 billones en subsidios y aumentando) a la fecha, la energía solar y eólica, solo generan el 5% de la energía mundial, en comparación con el 84% que se produce gracias a los hidrocarburos o fuentes de energía no renovables.  Dado que los europeos fueron los pioneros en estas políticas, se explica como a diferencia de la década de 1970, esta crisis energética y de productos básicos sea eurocéntrica, y no estadounidense. Una de las consecuencias de esta estrategia fue una suerte de efecto desplazamiento o “crowding out” que trasladó inversiones del sector energético tradicional al de las energías renovables. En Alemania, que hoy es el epicentro de dicha situación, la energía nuclear pasó del 29% en 2002 al 12% del porcentaje del total de electricidad generada. Este país incluso llegó a cerrar centrales nucleares en medio de la crisis, y hoy solo le quedan tres operativas.

De ahí que la desinversión sea la característica principal de la industria petrolera en los últimos años, especialmente desde la aparición de energías alternativas y de regulaciones más restrictivas, como por ejemplo la adopción de políticas poco realistas para reducir las emisiones. Esto encareció el coste del financiamiento, y como resultado el gasto de capital de las empresas del sector disminuyó mucho, y hoy eso supone un importante cuello de botella a la hora de ampliar oferta, tal como se observa en el siguiente gráfico: 

CAPEX: gasto de capital de las grandes compañías petroleras (2004-2018). Fuente: Institute for Energy Economics and Financial Analysis (2019)

Por supuesto, sin inversión, la oferta se vuelve más rígida, ya que es más difícil aumentar la producción. Tal es así, que hace unas semanas, el príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohammad bin Salman, anunció que su país no podía aumentar mucho más la producción de petróleo en el mediano plazo, actualmente con 13 millones de barriles por día como límite. Más recientemente, el ministro de energía de ese país, el príncipe, Abdulaziz bin Salman, también afirmó que la OPEP+ puede verse obligada a reducir la producción frente a las enormes distorsiones que existen en el mercado.

Estas declaraciones son muy importantes puesto que provienen de un gran jugador del mercado del crudo, como es Arabia Saudita responsable del 12.1% de la producción global de petróleo, solo por detrás de Estados Unidos 14,5% y Rusia 13,1% (según datos a 2021) y país líder de la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo). Es claro que su prioridad es normalizar el mercado y mantener elevado el precio, probablemente con un objetivo de mínimo US$ 90 es el barril. A nivel de países desarrollados, la situación también es compleja, en Estados Unidos, pese a la insistencia de la actual administración en que las empresas aumenten su producción, la realidad es que, en cuatro de los últimos diez años, la industria petrolera perdió dinero. En los últimos dos años las grandes petroleras perdieron US$ 76 mil millones. Si a esto sumamos la incertidumbre y la volatilidad extrema del mercado, es comprensible su reticencia a invertir en ampliar la capacidad de producción, ya que hoy prefieren centrarse en distribuir dinero a los accionistas (con dividendos y recompra de acciones) y mejorar su estructura de capital, rediciendo sus niveles de endeudamiento.

En Europa sucede lo mismo, con el adicional de que algunos gobiernos, han implementado o piensan implementar impuestos a las ganancias “extraordinarias” de las compañías de energía, en una curiosa modalidad para impulsar a las mismas a expandirse. Al mismo tiempo, los gobiernos del continente llevan gastados más € 280 mil millones en subsidiar la demanda de consumidores y empresas (con lo cual la fomentan aún más), mientras se multiplican las iniciativas de racionamiento de cara a un invierno que será muy duro.

Ya en las últimas semanas hemos visto como la situación se deteriora aun más. Sabemos que el precio de la energía puede leerse como un “impuesto al crecimiento” y por ende tiene un impacto cada vez más pesado sobre la actividad económica. La primera etapa ya la vimos, con la desaparición del superávit comercial alemán. En paralelo se destrozó la cuenta corriente de la eurozona, que registró déficit en el segundo trimestre de 2022 (el primero en más de una década). Producto de esto el euro se depreció frente al dólar y llegó a romper la paridad, estabilizándose en torno al uno a uno frente a la divisa norteamericana. La información más reciente a nivel de actividad nos dice que los indicadores de PMI (Purchasing Managers' Index) están en zona de contracción en buena parte de los países de Europa, especialmente los referidos al sector manufacturero. Si a eso sumamos niveles altos de inflación (9,1% interanual a agosto) y niveles de confianza de inversores y consumidores muy bajos, es claro que el continente europeo va directo a una recesión en los próximos trimestres.

Ya se está viendo el daño al tejido empresarial, especialmente a las pequeñas y medianas empresas, que no pueden trasladar los mayores costos a precios y tampoco tienen economías de escala, y que se ven obligadas a recortar su producción o eventualmente a despedir gente. Según la Comisión Europea, las empresas con menos de 250 empleados representan alrededor del 99% de las empresas de la Unión Europea y más de la mitad del producto interno bruto al tiempo que emplean alrededor de 100 millones de personas. Más que indicativo de la dimensión del problema…

Mientras tanto, el tiempo corre, y cada vez más en contra, todo indica que la guerra en Ucrania está lejos de terminar, con lo cual el restablecimiento del flujo de abastecimiento ruso de petróleo y gas, es una posibilidad que no está en el horizonte más cercano. De hecho, Rusia ha estado sustituyendo las exportaciones a Europa redirigiéndolas a China e India, aunque con dificultad en el caso del gas, dado la poco desarrollada infraestructura de gasoductos de estos países en comparación con la de Europa. De modo que lleva las de ganar en esa pulseada. Al mismo tiempo es claro que alcanzar mayores niveles de producción no es tan sencillo. Eso desde el lado de los flujos, a nivel de stocks la situación en materia de inventarios continúa empeorando, a modo de ejemplo, los datos para la semana pasada muestran que la Reserva Estratégica de Petróleo (SPR) de los Estados Unidos, cayó a su nivel más bajo desde 1984. A nivel de los países de la OCDE (Organización para la Cooperación y el desarrollo Económico) los inventarios están por debajo del promedio 2015-2019.

Sin embargo, si la situación es así de critica ¿qué factores explican que el petróleo haya retrocedido desde valores superiores a los US$ 120 a aproximadamente US$ 90 en la actualidad? Básicamente, destrucción de demanda conforme se materializan las perspectivas de una recesión en Europa y enlentecimiento del crecimiento en el resto del mundo. Esto último sea de la mano de una China que sigue padeciendo los efectos de las políticas de zero-covid o en el caso Estados Unidos inmerso en un ciclo de normalización monetaria, con una Reserva Federal subiendo las tasas de interés y conduciendo a la economía a un sendero de crecimiento por debajo del potencial. En los últimos días las perspectivas de un acuerdo con Irán, añadieron presión bajista a los precios.

A pesar de todo esto, creemos que los elementos bajistas (destrucción de demanda), son de corto plazo, mientras que, por el contrario, los déficits del lado de la oferta tienen un componente más estructural y por ende se van a imponer, manteniendo altos los precios por un buen tiempo. Mientras tanto, las autoridades que dirigen la gobernanza global empiezan a reformular su política energética con mayores dosis de realismo.

¿Cómo encarar esto desde una perspectiva de inversión en lugar de limitarse a contemplar con angustia como sube el precio de la gasolina? De nuestra parte, vemos al sector energético, tanto convencional como renovable, atractivo. Las alternativas de inversión son variadas, incluyendo dentro de los instrumentos financieros, acciones o bonos (deuda) de empresas del sector, ETFs de energía, o inversión directa en commodities y derivados, entre otros.

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