4 de marzo 2019 - 15:52hs

Entre las tantas cosas que suelen traer las campañas electorales, una de ellas es un destacado desprecio de la elite política hacia ciertos sectores de la población, a los que creen o suponen creer que pueden engañar con facilidad. No importa tanto si lo logran como el hecho de que, en ocasiones, resulte evidente este descrédito a su capacidad de raciocinio.

Y menciono a la elite política porque viene a cuento de la campaña electoral en curso, pero en Uruguay esa actitud es común en parte de la elite económica, cultural, sindical.

Las elites analizan la decadencia de la sociedad poniendo la mira en los sectores más empobrecidos económica y culturalmente, pero tienen una gran incapacidad para mirarse a sí mismas.

Cómo si la fractura social solo se produjera porque los sectores más bajos se hundiesen, y los más altos permanecieran incólumes.

El análisis de algunos representantes de estos sectores es de una ignorancia que asusta, por el poder que ostentan quienes así hablan: los pobres lo son porque los mayores no se preocupan de mandar a sus hijos a estudiar, porque han perdido o nunca tuvieron cultura de trabajo, y eso deriva a veces en un proceso de marginalización que los lleva al delito. Y listo.

¿Qué responsabilidad tienen las elites en que en un país donde sobran los recursos haya sectores de la sociedad que permanecen y no logran salir de ese estado? ¿Quiénes son los que tienen el monopolio de las decisiones acerca de dónde se invierten los dineros públicos? ¿Por qué si las investigaciones revelan el impacto social que tienen las condiciones de vida en la primera infancia el dinero destinado a los adultos triplica al que se dedica a los niños? ¿Por qué la elite política cuando habla de este asunto alude a estudios extranjeros? ¿Es que la elite educativa local nunca investigó un asunto tan importante para toda la sociedad? ¿Es que la elite política no tiene idea de qué investigaciones hace la elite universitaria vernácula? ¿O es que la elite universitaria carece de recursos o los invierte en otra cosa en vez de destinarlos a indagar con seriedad en los procesos sociales que ocurren lejos de sus aulas?

Volviendo a las campañas electorales, resulta que, antes, a los pobres le compraban la conciencia y el voto con vino y chorizos, y ahora se venden directamente con plata. Y se lanzan esos argumentos con un brutal desprecio intelectual por quien compra pero apenas un cierto cuestionamiento ético al que vende. La polémica está centrada en si es verdad que unos u otros intentan comprar conciencias. Se da por hecho que, en uno u otro caso, el vulgo se vende.

El fracaso de las elites acumulado por años jugó un papel importante en que ello derivara en una sociedad violenta, con tanta injusticia que los más afectados por esa violencia son los más pobres. En la periferia hay una guerra de pobres contra pobres, pero las manifestaciones contra la inseguridad tienen lugar en los barrios más ricos y seguros. El cinismo, otra característica de la elite local.

Y cuando esa violencia, de la que siempre es responsable el otro, golpea a la puerta de los sectores acomodados o incluso de aquellos que están lejos de ser pobres en un sentido completo y no estadístico del término, ¡ah!, entonces hay que tomar acciones para vivir sin miedo.

Si la vida me trajo hasta aquí y no doy testimonio de que el miedo no es una novedad para los pobres, sería un hipócrita.

Miedo al futuro de tus hijos (un futuro que se mide cada día que sale el sol), miedo a no poder parar la olla, miedo a que tu madre no regrese del trabajo cuando tu madre es lo único que tenés.

Quizás el mayor impulso a moverse en algún sentido no sea la evidencia del dolor ajeno sino que el miedo golpeara a la puerta de los que pueden, de los que mandan, de los que tienen, para ver si se ponen a hacer algo eficiente –juntos, porque las diferencias acerca del camino a recorrer no deberían ser tan grandes, y con aspiraciones de resultados definitivos, aunque suene ambicioso- en favor de quienes no pueden, no tienen y a veces no son otra cosa que conejillos de indias en base a los que las elites sacan conclusiones acerca de por qué ellas están viviendo con miedo.

Diego Battiste

Tanto desprecio, reitero, no es propio solo de las campañas electorales e incluso, y a pesar de la pobreza intelectual y comprensiva de amplios sectores de la elite uruguaya, esto no sea un asunto meramente local.

Esta reflexión me hizo acordar a un artículo que leí hace tiempo y que recordaba un concierto que dieron en Brasil varios integrantes de la llamada Música Popular Brasilera (MPB). Cada uno de ellos debía llevar a un músico invitado. Caetano Veloso invitó a Odair José, conocido como “el cantante de las empleadas domésticas”, porque su música estaba dirigida a las clases bajas. El público, afecto a la MPB y su presunto compromiso político y cultural, inició una silbatina que le impidió a Odair José cantar. Cuando el griterío se calló, Caetano Veloso se acercó al micrófono y les espetó: “No hay nada más zeta que un público clase a”.

Ya sabemos quiénes en Uruguay viven en estado de Z. ¿En qué lugar del alfabeto se ubicarían las elites locales?

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