En estos días de exaltación patriótica (en algunos casos sincera, en algunos casos barata) y de sensibilidad nacional a flor de piel en el comienzo de la Copa del Mundo de fútbol, ¿quién se acuerda que hace dos siglos redondos, en junio de 1814, se producía la rendición del último gobernador español de Montevideo, Gaspar de Vigodet, y comenzaban los ocho meses de dominación de la ciudad por parte del ejército de Buenos Aires? La fecha coincide también con la reciente decisión de Buenos Aires de reevaluar su relación con Montevideo luego que el gobierno uruguayo permitiera un aumento en la producción de celulosa a la pastera UPM.
A principios de 1814, Artigas se retira con sus tropas luego de que Buenos Aires rechazara a los diputados orientales en la Asamblea Constituyente, que además se pronunció por la independencia total de España.
La vida en la Montevideo sitiada era muy dura. El poeta Francisco Acuña de Figueroa, autor, años después, de la letra del Himno Nacional, pero entonces ferviente realista, escribió sobre la mala condición de los alimentos y del agua, fiebres y pestes que se trataban de enfrentar mojando un lienzo o una tela en el “espíritu” para aplicarlo al olfato, según consigna el historiador Fernando Aguerre en su libro Los últimos españoles (editorial Linardi y Risso, 2012).
Por estos motivos, hacia mediados de 1814, los realistas intentaron salir en barco del puerto y avanzar hasta el río Uruguay, el mismo donde está la planta de celulosa de la discordia.
Uno de los motivos era crear un lazareto en la isla Martín García, porque la lepra acosaba a los montevideanos sitiados. Pero Guillermo Brown los venció en Juncal y luego en el Buceo. A partir de entonces, la ciudad quedó sitiada por tierra y mar, y el 23 de junio, Vigodet capituló ante Carlos María de Alvear, coronel y sobrino de Gervasio Posadas, director supremo de las Provincias Unidas, y la bandera de franjas rojas y amarillas bajó del mástil y no volvió a flamear en Montevideo.
A las 4 de la tarde del 23 de junio las tropas porteñas, unos 5.200 soldados, entran por el portón de San Pedro, según dice Reyes Abadie, “en medio del frío y hostil silencio de la población”.
Alvear desconoció enseguida los términos de la capitulación, hizo prisioneros a los oficiales españoles, incorporó soldados montevideanos a sus batallones y negros al “batallón de pardos y morenos”, comandado por Miguel Estanislao Soler, futuro gobernador de Montevideo.
Los porteños se apoderaron de los barcos mercantes del puerto y mandaron banderas y escudos españoles a Buenos Aires. También se llevaron las armas y se apoderaron de los negros esclavos que se mantenían fieles a sus amos españoles y no estaban a favor de la revolución. Algunos integraron por obligación el batallón de Pardos y Mulatos del ejército porteño.
Alvear creó un decreto por el que los vecinos tenían que declarar todo lo que poseían, en metálico o en mercadería. El nuevo gobierno también creó un impuesto de $ 300 que debían pagar los jefes de familia una vez al año y otro de $ 10 mensuales. Los porteños encarcelaron a los montevideanos que no pudieron pagar este impuesto. Metieron el dedo en la llaga. Además, al que encontraban fuera de las murallas de la ciudad lo fusilaban.
José Batlle y Carreó (padre de Lorenzo Batlle, abuelo de José Batlle y Ordóñez y tatarabuelo de Jorge Batlle), un comerciante catalán que residía en Montevideo desde principios del siglo XIX escribió en sus Memorias que le incautaron “un cajón con sederías por valor de mil pesos”. “En aquel momento era forzoso obedecer y callar, por el terror que infunde una revolución contra los pacíficos españoles europeos”, escribió Batlle y Carreó.
Ana Ribeiro, en su libro Los muy fieles (Planeta, 2013), presenta un extenso capítulo sobre el período de dominación porteña en Montevideo. Describe las duras imposiciones, las reacciones y las formas de resistencia de los vecinos de la ciudad. Por ejemplo, cuando se reabrió la Casa de Comedias (el teatro) las damas de la alicaída aristocracia montevideana no se pararon ante la ejecución del himno de las Provincias Unidas. El orgullo ante todo.
Ribeiro cita una carta del montevideano Nicolás de Herrera, al servicio de los porteños, donde dice que sus coterráneos “están degradados, los domina el fanatismo, no ven otro objeto que a su adorado fernando, y nada les importa la servidumbre q.e miran como su estado natural” (sic).
Mientras los porteños dominaban en la ciudad, el resto de la campaña estaba en poder de las fuerzas artiguistas. Para imponer su voluntad, los porteños salieron de Montevideo para someter a las tropas orientales. El 4 de octubre, el porteño Manuel Dorrego derrotó al oriental Otorgués en la batalla de Marmarajá. De alguna forma, Argentina se ponía 1 a 0, y de visitante.
Pero el 10 de enero de 1815, Rufino Bauzá y Fructuoso Rivera vencen a Dorrego en la batalla de Guayabos, cerca de Arerunguá, en Salto.
Para los orientales, ese “empate” fue en realidad mucho más, porque Alvear decidió evacuar Montevideo, lo que sucede el 25 de febrero de 1815, luego de nueve meses de ocupación. Se retiran en 17 grandes barcos y más de 80 embarcaciones pequeñas.
Una tal Marcelina Díaz le escribe a su esposo José María Caravaca, oficial español que se había rendido: “Dieron la vela habiendo dejado bien destrozada la plaza”.
Dentro del botín que se llevaron los porteños había cientos de cañones, miles de fusiles, pólvora y municiones. Del cabildo se llevaron muebles, herrajes, ventanas y hasta sacos de café. También hurtaron pequeñas embarcaciones pesqueras y las remataron en Buenos Aires. Se llevaron todo el bronce que encontraron, así como el hierro “y finalmente cuanto podía serles de utilidad”. Antes de salir, hicieron explotar el polvorín que se encontraba en las Bóvedas (que todavía se pueden ver sobre la rambla portuaria), y bajo las ruinas de la explosión quedaron unas 100 personas.
La experiencia de la ocupación para los montevideanos fue tan traumática que algunos leales a España salieron incluso a recibir a los 160 hombres de Otorgués, pero pronto tuvieron motivos “para desconfiar de aquellos bandidos”, según dice la crónica de Batlle y Carreó.
El 16 de marzo de 1815, Julián de Gregorio Espinosa le escribe a su amigo Felipe Contucci: “La mala comportación, el desorden, la imprudencia con que han cometido crímenes escandalosos la oficialidad y tropas de Buenos Aires en esta banda, ha criado un odio irreconciliable en los orientales para con los porteños, que es menos todo cuanto has visto y oído decir a estos contra los españoles: vivo persuadido de que la Banda Oriental antes reconocerá al Persa que reconciliarse con Buenos Aires”.
Eso escribió el comerciante montevideano Felipe Contucci el 16 de marzo de 1815, y para muchos montevideanos de hoy, casi dos siglos después, cada palabra de Contucci mantiene su vigencia. Apenas tomó la ciudad el nuevo gobernador Fernando Otorgués, primo de Artigas, publicó un bando en el que como primera medida estableció que todo español que se mezclara en los asuntos políticos sería fusilado. Para el que no quería sopa, dos platos. Los artiguistas no fueron mucho mejores que los porteños, pero, bueno... el prócer es el prócer.
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