17 de abril 2021 - 5:02hs

Hace exactamente un año, mientras que en Europa y buena parte del mundo morían de a miles personas infectadas con covid-19, mientras que los ciudadanos de esos países salían a los balcones a aplaudir al personal de la salud que estaba dejando la vida (literalmente) para salvar a la mayor cantidad de pacientes posible, en Uruguay, donde no había más que una decena de casos por día, nos dio también por aplaudir

El miedo a lo desconocido nos había blindado como luego no logró hacerlo ni la ciencia ni política ni el propio virus. Estábamos en casa lo más que podíamos (los que podíamos), seguíamos diversas medidas de seguridad que se recomendaban, escuchábamos atentos lo que decían los expertos y esperábamos. Durante un buen tiempo aplaudimos al personal de la salud para agradecerles por lo que pensábamos que se venía: desborde del sistema de salud, muerte, caos. No era ya una película de ciencia ficción. Eso estaba pasando en los países más ricos del mundo. 

Hubo días incluso en los que los aplausos se mezclaron con caceroleos, todo al mismo tiempo, en una especie de psicosis colectiva en la que algunos homenajeaban a los médicos y otros le daban palo al gobierno por las medidas que tomaba o que evitaba tomar. 

Mientras que en el mundo morían pacientes, médicos y personal de la salud, al tiempo que veíamos sus caras agotadas marcadas con lastimaduras que les provocaba el uso constante de tapabocas, en Uruguay aplaudimos unos días, no creímos dioses por ocho o nueve meses e ingresamos en esa realidad que veíamos en la tele a fines de 2020. 

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Nuestra primera ola es ahora, ola y media tal vez. Ahora los médicos corren de un lado para el otro, el personal de salud está agotado, hay temor -explicitado por el propio Sindicato Médico y diversas sociedades médicas- de que los CTIs no den abasto. Hay casi 80 muertos y más de 4.0000 casos por día. Ya nadie aplaude a nadie. Caceroleos sí, a eso estamos acostumbrados

Esta columna no pretende ser un panegírico para médicos y personal de la salud que están trabajando a full. Ni un llamado populista a que nos pongamos a aplaudir a la caída del sol, aunque un mimo siempre es un mimo y en tiempos de crisis y de miedo, vale el doble. Solamente intentaré plantear la dicotomía insólita de cómo los uruguayos -o algunos, en esto no valen las generalizaciones- hemos decodificado la pandemia; con aplausos cuando no había muertos y solo poco casos pero cuando estaba de “moda”, y con caceroleos y protestas cuando las cosas no salen como deseábamos que salieran. 

El caceroleo, entendámonos bien, es una forma de protesta ciudadana válida y hasta ha llegado a ser altamente efectiva en momentos trágicos de este y otros países. En abril, mayo y junio del año pasado escuchamos varios caceroleos, aunque no siempre supimos bien qué se pedía. Dudo mucho que el presidente Luis Lacalle Pou cambie de parecer sobre intensificar medidas para reducir la movilidad por un caceroleo, pero en todo caso la protesta existe y es válida. 

En la misma semana en que en Uruguay se caceroleó para protestar porque el gobierno no ha tomado más medidas ni ha subsidiado a más sectores muy afectados por esta pandemia, en Argentina se caceroleó fuerte cuando el presidente Alberto Fernández anunció desde Olivos que se imponía el toque de queda desde las ocho de la noche. 

Los médicos y el personal de la salud, entre quienes incluyo a los vacunadores que ya inocularon a más de 1.200.000 uruguayos, están ahora sí “en el horno”. La mayoría agotados, muchos contagiados o en cuarentena, otros llorando a sus compañeros muertos por este virus. Ahora sí, más allá de aplausos, necesitan de un apoyo sólido y sin ambigüedades, de parte del gobierno, de la oposición y de todo los ciudadanos.

Hace dos o tres semanas se armó un revuelo grande porque el SMU y algunas sociedades médicas decidieron alertar directamente que íbamos derecho al desborde. El hecho de que -por ahora- no se hayan confirmado estas predicciones no es un triunfo político para nadie, sino más bien una bendición que de cualquier forma pende de una cuerda floja. El 22 de marzo la Sociedad Uruguaya de Medicina Intensiva (SUMI) advirtió que en dos semanas se podían saturar los CTI. Cinco días después una treintena de sociedades médicas y científicas se reunieron virtualmente y los intensivistas estimaron el riesgo de colapso del sistema para el 30 o 31 de marzo

Entonces, el presidente de ASSE, Leonardo Cipriani, dijo que no había saturación en la salud pública. "Hoy no tenemos saturación del sistema de salud en ASSE. Solicitamos trabajar juntos por el Uruguay a los gremios y sociedades científicas para afrontar esta pandemia con esta nueva cepa P.1 de covid-19. Estamos aumentando las camas”, escribió en su Twitter.

El desborde de CTIs no se dio (aún y ojalá se mantenga así) a nivel país, pero hay localidades con unidades llenas y lugares en los que los intensivistas no son suficientes y debieron recurrir a personal médico no especializado -pero sí entrenado- para apoyar en las complejas tareas que se desarrollan en una unidad de cuidados intensivos. Desde febrero hubo un aumento de un 300% de ingresados a estas salas. Es justo aclarar que desde entonces el gobierno se ocupó de que hubiera más camas disponibles. Al 15 de abril, según datos de la SUMI, había 523 pacientes con convid-19 en CTI, que representaban un 53,6% de la ocupación total, que estaba en 73,1%. Hay 975 camas operativas.

Esta y otras alertas similares, dirigidas no solo al gobierno sino sobre todo a los uruguayos que se hacen los distraídos, fueron interpretadas desde varias tiendas como ataques políticos, como “bolches con túnica blanca” (SIC lo que me escribió alguien en Twitter), como alarmistas que buscaban rédito político. Seguramente debe haber muchos médicos y personal de la salud que militan en política para uno y otro lado, pero la gran mayoría está ahora muy preocupada por la evolución de esta pandemia. Por la vida y la muerte. Y nada más.

En este momento lo mejor que podría pasar es que los médicos se hayan equivocado y que sus proyecciones no se cumplan. Lo cual no invalida el hecho de que debieron alertar ante una población que no termina de tomar conciencia.

Los que trabajan en la salud son personas comunes y corrientes con una profesión ahora desafiada. Cometen los mismos errores que el resto de los uruguayos y por eso se han detectado casos de contagios que ellos, más que nadie, podrían haber evitado si tan solo no hubieran tomado del mismo mate. No es necesario endiosar a médicos y científicos para reconocer su labor, ahora más que nunca. 

No es necesario que aplaudamos a los médicos todos los días, pero sí es vital que los escuchemos y sobre todo, que les hagamos caso. De mil maneras, con campañas pagadas incluso de sus propios bolsillos -como la que difundió el Sindicato de Anestésico Quirúrgicos- nos han dicho y nos dicen todos los días que esto no es una película de ciencia ficción y que hoy o mañana se puede morir uno de tus amigos de toda la vida o vos mismo podés terminar en un CTI, con un 50% de chances de no salir vivo de allí. 

El alarmismo infundado nunca es una buena movida, porque solo genera más caos. La alerta cuando la alarma es una realidad constante y sonante, es una responsabilidad que asumieron médicos y científicos y que todavía resta que asumamos la gran mayoría de los uruguayos.

Hoy caerá el sol a eso de las 18.40 y ya tengo planeado que me pararé en el patio de mi casa a aplaudir a todos los que, de una o otra manera, se han puesto la pandemia al hombro. No me importa a quién votan ni qué ideologías tienen; solo elijo confiar en los miles de uruguayos que trabajan en la salud para atendernos siempre, más que nunca ahora, en la más oscura de nuestras horas.

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