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De viaje por el Eje Cafetero colombiano

Montañas que rodean lagos, ríos y puentes colgantes. Plantaciones de café, señores con sombrero blanco en la esquina de algún bar, jeeps que parecen salidos de una juguetería, casitas coloreadas y balcones con flores. El Eje Cafetero, ese lugar donde emerge la magia y el café suave más rico del mundo 

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22 de septiembre de 2018 a las 05:00

Cae la lluvia y aunque lo hace con fuerza parece que estuviera pintando sobre la tierra ya húmeda. Es de día, las curvas de la carretera son tantas y tan pronunciadas que me da la sensación de que el auto gira sin parar. Me mareo, tengo náuseas y más de una vez contengo la respiración. Miro por la ventana y me quedo anestesiada frente al paisaje que se cuela ante esas montañas que por perfectas parecen inventadas. Hace más de seis meses que estoy viajando y hay algo dentro de mí que necesita parar, aunque sea por unas semanas, en un mismo sitio, a modo de orden y descanso.

El Eje Cafetero se encuentra en la región centro-occidental de los Andes colombianos y comprende los departamentos de Caldas, Risaralda, Quindío, Tolima, Valle del Cauca y Antioquia. Fue declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad en el año 2011 y puedo decir que mucho de lo que habita el lugar tiene una dosis de realismo mágico. Allí las casas están pintadas de colores, como si fuesen de muñecas, en las plazas viven flores e iglesias gigantes para el tamaño de los pueblos. También hay jeeps que transportan sacos de café, puestitos que venden arepas o pinchos, grandes panaderías repletas de panes y pasteles, señores que en la esquina de algún bar toman tinto (así se le llama al café en Colombia), sombreros blancos impolutos y recolectores de café que, cuando cae el sol, vuelven a sus hogares.

Ya es de día y la Hacienda Venecia —mi nuevo hogar temporal que encontré en una página de voluntariado llamada Workaway— despierta con la salida del sol. Estoy en medio de un cafetal repleto de frutos aún sin madurar, charlando con algunos de los trabajadores en la cima de una de esas montañas que hace un día veía a través de la ventana. “Antonio Aguilar, tenés que escucharlo”, me dicen dos de ellos, mientras un tercero tararea el tema del momento. Seguimos subiendo. Los trabajadores aseguran que ser recolector de café no es fácil, que es un trabajo muy sacrificado. Muchos cuentan que no se imaginan haciendo otra cosa aunque hay otros, los más jóvenes, que aún sueñan con ir a la ciudad y terminar sus estudios. Ese día los recolectores son poco más de 15. Van surcando la montaña de acuerdo al recorrido que les marca el patrón. El sol empieza a calentar por lo que decido ir montaña abajo, rumbo a la quebrada.

Moverse dentro del Eje Cafetero puede resultar un poco caótico. Las carreteras zigzagueantes (algunas en mal estado) y la imposibilidad de llegar a muchos pueblitos de forma directa, mezclado con mi necesidad de viajar lento, hicieron que le dedicara varios días a esta zona de Colombia. En esta nota les comparto una pequeña ruta de una novata mochilera por el Eje Cafetero colombiano.

1. Filandia

Me gustan los pueblos porque suelen ser amables, porque la gente no corre, solo camina (y lo hace a paso lento), porque hay tiempo para decir “de nada” o “con mucho gusto”, porque podés quedarte tres horas en la mesa de un bar aunque solo hayas pedido un café. Porque en un pueblo siempre hay una plaza en la que hay una iglesia y, como si se tratase de una postal, en este pueblo hay cafés y restaurantes repletos de flores y colores.

Mucho de lo que se respira en Filandia es una obra de arte: la arquitectura colonial, casas con sus tradicionales techos de barro, los canastos de bejuco (artesanía típica del pueblo) y las panaderías repletas de pandebono, buñuelos, pan de queso y almojábana ante los que sucumbí más de una vez en el día. Pienso en que este sitio, ubicado en el departamento de Quindío, es un buen punto para comenzar a visitar el Eje Cafetero aunque no lo diga ninguna guía turística.

Conocida como “La Hija de los Andes” o la “Colina Iluminada”, Filandia tiene encanto también desde las alturas. Como me tientan las panorámicas visito un mirador que está algo alejado del centro del pueblo. Se trata de una singular torre de madera que ofrece una vista de 360 grados desde la cual pueden verse la mayoría de los municipios del Quindío, la ciudad de Pereira, algunos pueblos del norte del Valle del Cauca y la cordillera de los Andes.

2. Salento

Ir de Filandia a Salento toma aproximadamente 45 minutos, así que me subo a uno de los tantos buses que hacen ese trayecto. Esta es sin dudas la zona del Eje Cafetero más conocida por los viajeros y suele ser la primera parada para muchos. Se trata de un pueblo muy similar a Filandia pero con una gran diferencia: está armado completamente para el turista, parece ser un lugar en el que no vive nadie. Aunque es bello (las casas multicolores fabricadas en bahareque y las callecitas coloniales se mantienen), le falta algo.

Llegué por la tarde-noche, caminé la calle Real, que nos ofrece a los turistas un sinfín de artesanías, y visité la plaza central en la que hay monumentos de algunos héroes colombianos que ayudaron a fundar el municipio. Y después busqué un lugar vegetariano para comer. Si hay algo que tienen en general las ciudades y pueblitos latinoamericanos es que hay por lo menos dos o tres puestos para comer por cuadra, y en la mayoría se vende carne. Salento no es la excepción, aunque encontré uno vegetariano bastante bueno que se llama El Punto Vegetal. Ahora, si son carnívoros, podrán probar varios platos típicos de la región como la bandeja paisa (carne molida, arroz, frijoles rojos, plátano maduro, algunos llevan chorizo y la mayoría se acompaña con arepas) o el sancocho (una sopa con pollo, carne de res, yuca y choclo). También es común que se venda trucha o sudado, que lleva papa, yuca, carne de res, pollo y que viene acompañado con ensalada.

3. El Valle de Cocora

 La plaza central de Salento está colmada de jeeps Willys (viejos autos típicos de la zona) que van hacia el Valle de Cocora. Ese valle que es atravesado por el río Quindío, que lleva el nombre de una princesa quimbaya (etnia indígena que habitaba el lugar), que está ubicado sobre la cordillera central de los Andes (tiene elevaciones que oscilan entre los 1.800 y los 2.400 metros) y que es la entrada al Parque Nacional Natural los Nevados.

Al llegar encuentro las famosas palmas de cera que miden en promedio 60 metros y que fueron declaradas el árbol nacional de Colombia, y con al menos diez tonos de verde que sacuden la retina. Todo me resulta bastante alucinógeno. Camino, atravieso puentes, escucho al río murmurar, subo pendientes que por momentos resultan imposibles. Me siento a contemplar cascadas y abrazo a esos árboles, me divierte pensar que así voy a llenarme de su sabiduría ancestral.

4. Manizales

Me resultaba poco tentador visitar una ciudad en medio de tanto pueblo mágico pero quise darle una chance a Manizales, capital del departamento de Caldas. Ubicada a 2.153 msnm, al llegar puede verse parte de la cadena montañosa de la cordillera de los Andes. Además de visitar bosques, montañas y valles cercanos, la “Perla del Ruiz” o la “Ciudad de las Puertas Abiertas”, como se la conoce, es el punto de partida para quienes quieren ir al volcán Nevado del Ruiz.

Yo, en cambio, voy en busca del asfalto, así que aprovecho todas las recomendaciones gastronómicas y culturales que me hicieron. Entro a un Juan Valdez (en realidad al Juan Valdez más grande que he visto) y me tomo un café; me subo en el metrocable (útil para trasladarse de la parte baja de la ciudad hasta la cima y una buena forma de verla desde el aire) y voy más de una vez al Cinespiral, un cine en el que pueden verse películas independientes, de autor, arte y ensayo. Para mi suerte —lo ignoraba completamente— llegué en medio del Festival Internacional de la Imagen, que ese año se hizo en Manizales, así que, además de respirar la tradicional atmósfera universitaria que exuda la ciudad. disfruté de varias exposiciones, conciertos y espectáculos artísticos, la mayoría gratuitos.

5. Jardín

Quería ir a Salamina, un pueblo que queda relativamente cerca de Manizales y que muchos de los locales me habían recomendado pero no fui. Es que también me habían hablado de Jardín, “el pueblo más hermoso del Eje”. La elección se debió básicamente a factores prácticos: la hora de salida del bus de la terminal de Manizales y la cercanía con la ciudad de Medellín, mi próximo destino.

Llegué tras cinco horas de viaje; dos buses y un mototaxi (muy parecido a los tuk-tuk de Tailandia). No sabía absolutamente nada sobre el lugar, así que a la mañana siguiente, mientras desayunaba, decidí hacer un trekking para conocer la zona aunque también es posible recorrerla a caballo.

Las flores de a montones en canteros y balcones; las calles empinadas dramáticamente hermosas, los senderos verdes que transportan hacia recovecos y lugares emblemáticos del pueblo. El parque del Libertador, la iglesia La Inmaculada Concepción, el teatro Municipal y Dulces del Jardín, un lugar que es la perdición de todo dulcero. Es un local que se dedica a producir y comercializar arequipes, mermeladas (por lo menos tenían 150 frascos en exhibición), dulces elaborados con 100% de frutas o verduras, chocolates y productos de panadería. Por supuesto que me tenté y mientras volvía al hostel, feliz con mi frasquito de mermelada de Pétalos de Rosa, advertí que este efectivamente era de esos pueblitos hermosos desconocidos por los turistas. Y fue inevitable la sonrisa.

For export

Colombia tiene plantaciones de café en todo su territorio (en esta zona las épocas de cosecha son de marzo a mayo, y de octubre a diciembre) lo que asegura que la producción sea durante todo el año. La arábica es la especie por excelencia en el país, aunque en los Llanos Orientales se ha comenzado a experimentar con robusta. Las diferencias que hay entre ambos cultivos son varias. Una de las principales, según los expertos, es que la arábica es más aromática, suave al paladar y contiene una proporción de cafeína dos veces menor que la robusta. Paradójicamente en Colombia no suele encontrarse buen café, esto es porque el país no exporta los granos que se consideran defectuosos y los dispone para consumo interno. “El de buena calidad es muy caro. El costo de una libra de café es semejante a lo que un colombiano gana en un día de trabajo. Con lo que se compran dos tazas de capuchino elaborado con granos de exportación, se compran 500 gramos de café con granos defectuosos”, explica Rubén Darío Acevedo, guía de café en la Hacienda Venecia, una hacienda que queda a 20 minutos de la ciudad de Manizales (capital del departamento de Caldas).

 

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