9 de noviembre de 2013 8:46 hs

Muchas veces se ha empleado la expresión “primavera de la televisión” para tratar de describir el histórico momento que vive el tantas veces denostado formato doméstico de entretenimiento. Las series de televisión ocupan un lugar artístico, legitimado por completo, que hace avergonzarse a su hermano mayor el cine (que tampoco pasa por un momento tan terrible como muchos repiten, pero ese es otro cantar), generando continuamente hordas y hordas de fans capaces de saltarte al cuello ante el mero comentario de “nunca miré Breaking Bad”.

Como todo, hay dos lados de la moneda. Allí donde decenas de series confirman su buen hacer mediante nuevas temporadas o entran con todo en una temporada estreno, hay otras que no logran establecerse y son rápidamente canceladas.

Sin embargo, este informe busca centrarse en otro aspecto, en las series que con buenas ideas prometieron –o incluso cumplieron con una o dos temporadas de suceso– en ser el nuevo vicio de millones y terminaron siendo un producto olvidable, incluso sin haber sido canceladas.

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Evidentemente, todo depende del ojo del espectador y en este caso es tan sólo la opinión de quien firma.

Copper

La primera producción de la BBC en su subsidiaria America proponía desde su inicio una idea muy atractiva: un policial de procedimiento ambientado en la Nueva York de 1860, donde los casos policiales puntuales corrieran aparejados con el desarrollo de una intriga política e histórica, en el marco de la Guerra de Secesión.

Su primera temporada fue un rotundo éxito y llegó a colarse en la selección de “Series del año” de esta misma sección, y a pesar de un final de temporada algo flojo, todo prometía una segunda tanda de episodios al menos al nivel de los primeros.

Incluso, se adicionaba al elenco el prolífico Donal Logue (quien estuvo presente al mismo tiempo en tres series de TV: Vikings, Sons of anarchy y la que aquí nos ocupa) en la piel de un complejo comandante de policía, lo que la hacía aún más apetitosa.

Pero sorprendentemente los primeros episodios de su segunda temporada (que se puede ver actualmente por FX) mostraron una inesperada cara anodina.

El clímax dramático de la primera temporada quedó sepultado por completo e incluso, como en las peores series de los años de 1990, se volvió a un statu quo donde no pasaba nada en la serie.

Quizá conscientes de esto, los responsables de la serie reaccionaron y se fueron directamente al otro extremo, cargando complejos problemas (el protagónico se vuelve adicto a la heroína, por ejemplo) a todo el elenco, buscando generar nuevamente la tensión, algo que no se logró. Asimismo, y en el mismo desesperado manotazo de ahogado, se incrementó la violencia gráfica y las escenas de sexo, pero carentes de un contexto narrativo, tan sólo como espejitos de colores que buscan desesperadamente llamar la atención.

Más allá de esto, se olvidó por completo el balance original de la serie, ese que combinaba un novedoso policial de procedimiento con un contexto histórico.

En cambio, se llevó el argumento a un mix de telenovela barata con programación de trasnoche en Cinemax.

Hell on Wheels

La primera temporada de Hell on Wheels trajo de regreso el western a la televisión, uno de sus lugares históricos de referencia, como lo probaron las extensas temporadas de Rawhide o Wanted: Dead or Alive a mediados de la década de 1960 en Estados Unidos. Con el referente cercano de Deadwood, Hell on Wheels habla de la conquista de territorios inhóspitos y deshabitados por el hombre blanco, de la crónica de la construcción del primer ferrocarril transcontinental en 1865 a cargo de Thomas “Doc” Durant (Colm Meaney), un hombre hecho a sí mismo, al que nada detendrá en su intención de cruzar rieles de costa a costa.

El Hell on Wheels del título se refiere al pueblo que se va formando (y trasladando) a medida que avanzan las vías y la serie se ambienta en la vida y las condiciones sociales de esa gente que acompaña el “progreso” y los distintos conflictos que surgen entre ellos con los indios en un contexto que les resulta particularmente agresivo.

También era la historia de una venganza: la que ejecutaba Cullen Bohannon (Anson Mount) sobre aquellos que habían matado a su esposa e hijo.

Esta historia sobre el avance de la construcción del tren y la búsqueda de venganza de su protagonista se desarrollaron estupendamente por temporada y media. Pero al final de la segunda, se vino la debacle.

Las relaciones entre los personajes devinieron en un culebrón al estilo de la peor telenovela venezolana y los personajes mismos se desvirtuaron casi que por completo. Con el foco original corrido de lugar, es notable todos los manotazos argumentales que realiza la serie para tratar de generar tensión en cada capítulo, poniendo a sus protagonistas en situaciones insostenibles cada vez, y saliendo como si no hubiera pasado nada en cada caso.

De todos modos, y en su tercera temporada (que se ve también por FX), siguen los avatares de la construcción del tren y los enfrentamientos de telenovela entre sus protagonistas (donde el malo siempre escapa de milagro a que el bueno lo elimine, pronto para regresar después más malvado aún) evidentemente, para espectadores más pacientes que quien suscribe.

Under the Dome

La premisa no podía ser más tentadora: una misteriosa cúpula invulnerable por completo cae sobre un pequeño pueblo, aislando a sus habitantes. ¿De dónde viene esa cúpula? ¿Quién o qué le ha colocado allí? ¿Cómo cambiará la relación entre los atrapados habitantes del pueblo a medida que escasee la comida y el agua y se prolongue el encierro?

Y si además, uno lee que la premisa parte desde un libro de Stephen King y la desarrolla el guionista Brian K. Vaughn, uno de los responsables de la sobrevalorada Lost, pero también un reputado creador de historietas, que llevó adelante series imprescindibles como Y: The Last Man o la actual Saga, sólo se podía esperar lo mejor. ¿Verdad?

Pues no. Alcanzaron escasos seis o siete episodios para descubrir que la coherencia interna de la serie no se sostenía por ningún lado (el pueblo no tiene más de un par de miles de habitantes y aún así aparecen personajes nuevos a cada rato) que por generar situaciones tensas, se desarrollan cosas imposibles.

Se arma un círculo de peleas ilegales, lleno de motoqueros y tipos con tatuajes, que nunca se explica de dónde salen y el tiempo se dilata a placer: en apenas nueve días, cae la cúpula, los bombardea el ejército, hay como tres revueltas internas.

Exhibida en Uruguay por TNT, ya está en proceso su segunda temporada (con un primer episodio escrito por el propio King).

A este espectador no lo convencen de volver ni arrastrándolo.

Para series malas, me quedo toda la vida con Revolution, que es absolutamente consciente de su condición de entretenimiento barato y no pretende ni promete ninguna otra cosa.

Agents of SHIELD

Por lejos, esta es la mayor decepción de todas. Joss Whedon, el actual Rey Midas de las adaptaciones de superhéroes a la pantalla grande y responsable nada menos del mayor éxito de taquilla histórico del séptimo arte como es The Avengers, prometía agrandar el universo Marvel en una serie de televisión.

Para ello, se resucitaba al agente Coulson (el divertido Clark Gregg) que había perecido a manos del villano Loki justamente en esa película y se lo ponía al frente de un equipo especializado en contener la presencia metahumana.

Los fans de las historietas ya imaginaban un universo complejo con apariciones constantes de personajes conocidos y el mismo desarrollo contundente que ha tenido el Universo Marvel en la mayoría de sus recientes encarnaciones cinematográficas.

El resultado no pudo estar más lejos de ello. Con referencias mínimas a las películas o al Universo Marvel (un comentario del Capitán América por acá, una mención a Iron Man por allá) el centro de Agents of SHIELD es embanderarse en un tipo de serie extremadamente viejo y caduco, comparable tan sólo con series como Los magníficos, que enfrentan el tiempo mucho mejor de lo que se ve en Agents of SHIELD con una ridícula visión del mundo (Perú, por ejemplo, es un país convulsionado por revolucionarios) que hace dudar que sus realizadores sean capaces de hacer simples búsquedas en Google.

No contentos con esto, todos sus protagonistas son increíblemente unidimensionales y se limitan arquetipos como “el tipo duro”, “la experta en computadoras”. Y los diálogos que han hecho siempre famoso el trabajo de Whedon en sus series anteriores, aquí brillan por su ausencia.

En nuestras pantallas, televisada por Sony, Agents of SHIELD ha confirmado una primera temporada completa y está por verse si seguirá.

La respuesta de los fans de las historietas ha sido negativa, del espectador de televisión promedio también y sólo el núcleo duro de fans de Whedon la toleran (excusando cada bache argumental con piruetas dignas de trapecista).

Habrá que ver si basta tal cosa para que siga al aire.

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