Estilo de vida > Columna/Luis Roux

Dejá propina, tacaño

La costumbre de pagar más de lo que dice la cuenta es universal, pero cada cultura tiene sus porcentajes y sus motivos

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23 de diciembre de 2017 a las 05:00

En mi adolescencia salíamos con un amigo munidos de una monedita de diez centésimos. Era una pieza extraña, muy chica, dorada y de base dodecagonal. Tenía un caballo de un lado y el número 10 del otro, rodeado de la palabra "centésimos". Se mantuvo en circulación desde 1976 hasta 1981, pero nunca valió nada.

La usábamos para dejarla de propina cuando entendíamos que habíamos sido maltratados por el mozo. En realidad solo la usamos dos veces. La primera fue un éxito. La dejamos en la mesa y cuando estábamos saliendo vimos que el mozo la hacía rebotar contra la pared con el trapo rejilla.

La segunda vez fue un gran fracaso. Dejamos un libro en la mesa y ya estábamos afuera cuando el mozo nos llamó. Nos dimos vuelta pensando que la cosa se había puesto seria y vimos al hombre con el libro en la mano, paralelo al piso, como si fuera una bandeja. Y arriba la monedita. Agarré el libro con mucho cuidado de no dejar caer la moneda, agradecimos y no volvimos a hacernos los listos.

La nuestra pretendía ser una propina punitiva, pero lo cierto es que la costumbre local es tacaña, en cuanto a propina se refiere. El montevideano suele decir que deja el 10%, pero rara vez es verdad. Es el 10 como máximo y eso si la cuenta no fue muy alta.

Es muy común redondear y entonces se dejan $ 50 en una cuenta de $ 1.450. O de $ 2.450. Un redondeo más honesto sería, por ejemplo, que en una cuenta de $ 2.680 entre tres personas, pusieran mil pesos cada uno. Eso dejaría como propina la suma de $ 320, equivalente al 12%. Pero la palabra para definir esa conducta, por estos lares, es "despilfarro".

No sería inusual que cada uno de esos comensales dejara $ 900 en la mesa, con lo cual la propina se reduce a solo $ 20, el 0,74%. Habría que usar una frase de mal gusto para definir esta otra conducta.
También es cierto que en Uruguay no hay una gran tradición de servicio. Suele estar ausente la cortesía, la actitud amable, el deseo genuino de que el cliente tenga una experiencia placentera. En España, por ejemplo, es común escuchar "hola, buenas tardes", al entrar a un bar o a un restaurante.
La semana pasada fui al bar que queda a la vuelta de mi casa. Estaba vacío. Entré, caminé hasta la caja y me enfrenté al encargado, quien, sin dejar de mirar hacia abajo, me encajó: "¿sí?"

Yo supe estar del otro lado del mostrador y debo confesar que me comportaba de una manera muy uruguaya. Hace ya algunos años, un turista chileno, que se hospedaba en el hotel de Miami en el que yo trabajaba de conserje me preguntó si yo era el dueño del hotel. "No, ¿por qué?", le dije con un tonito entre aburrido y ligeramente molesto. "Porque no puedo creer que me estés tratando tan mal", me respondió. Fue recién entonces que me percaté de que mi actitud no era la ideal para el trabajo que desempeñaba.

De todas maneras, para mí está claro que el hábito de la propina no guarda relación con la calidad del servicio. Dejar propina es un acto de generosidad –o de vanidad– pero no de justicia.

En Miami había un restaurante inserto en la zona más turística, al cual nunca se me ocurrió entrar, pero leí una crítica en inglés de un semanario local que lo pintaba de cuerpo entero: "las mozas no hablan inglés ¡y tampoco español!". Eran rusas, lucían muy bien y estoy seguro de que recibían bastante más propina que el 15% que ya aparecía en la cuenta.

Lo que se entiende en Estados Unidos es que la experiencia de salir, de divertirse, de pasarla bien, termina dejando una buena propina. Yo creo que tienen razón. Que a la larga es un incentivo para que las rusas aprendan algún idioma y que los uruguayos le pongan un poquito más de onda al trabajo, que aprendan algo de hospitalidad.

Podría ser una resolución de año nuevo: "No preguntaré más '¿qué rompí?' cuando me traigan la cuenta".
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