Por Philip Stephens
Democracia enfrenta mayores amenazas que Vladimir Putin o Xi Jinping
Los gobiernos occidentales deben contrarrestar la agresión autócrata, pero la salvación de la democracia comienza en casa
Los gobiernos occidentales deben contrarrestar la agresión autócrata, pero la salvación de la democracia comienza en casa
Por Philip Stephens
Las palabras más sabias que he visto este año acerca de las democracias avanzadas del mundo provinieron de un espía. Sir Alex Younger, el jefe saliente del Servicio Secreto de Inteligencia del Reino Unido (comúnmente conocido como MI6) advirtió en contra de reaccionar exageradamente ante los esfuerzos de Rusia y otros países para subvertir las sociedades occidentales. Por supuesto, agencias como la suya deben contrarrestar tales operaciones. Pero los problemas no comienzan ni terminan en Moscú.
La retirada de la democracia es una de las narrativas preferidas de nuestros tiempos. Y se puede ver por qué. Dondequiera que uno mire, los líderes que se autoproclaman "hombres fuertes" están despreciando los valores liberales. El avance de la democracia de principios de la era posterior a la Guerra Fría se ha convertido en una retirada. A descarados autoritarios como Vladimir Putin, de Rusia y Xi Jinping, de China, se les han unido nacionalistas iliberales como Recep Tayyip Erdogan, de Turquía y Narendra Modi, de India.
La Unión Europea (UE) tiene su propio autócrata, aunque menos poderoso, en Viktor Orban de Hungría. El partido gobernante de Polonia –Ley y Justicia (PiS, por sus siglas en polaco)– ha sido investigado por las autoridades de la UE por socavar la independencia de los jueces. Los partidos populistas han sacudido a las élites de la clase dirigente en toda Europa. Lo peor de todo es que la democracia más poderosa del mundo tiene, en el presidente Donald Trump, a un autoritario frustrado que no disimula su desdén por el Estado de derecho.
Como era de esperarse, los esfuerzos del régimen de Putin por alimentar la división difundiendo información errónea, y respaldando a los extremistas de extrema derecha y de extrema izquierda, provocan una seria indignación. También lo hace la aparente determinación de Beijing de combinar la brutal represión política en su país con constantes ataques cibernéticos en contra de empresas e instituciones públicas occidentales. No siempre es obvio que el centro democrático se mantendrá.
Después de toda una vida luchando en contra de tales incursiones, Younger está consciente de los peligros. Pero, tal como lo dijo en una entrevista de despedida con el Financial Times, no debemos confundir los problemas internos con las amenazas externas. Tomemos el caso de Putin: “Yo creo que es realmente importante que evitemos dos errores aquí: el primero, es hacer el trabajo de Rusia exagerando el efecto de sus esfuerzos; yo no he visto en el Reino Unido ninguna ocasión en la que estas cosas hayan marcado una diferencia estratégica. En segundo lugar, y relacionado, yo creo que deberíamos mantener estas cosas en proporción. Los rusos no crearon lo que nos divide. Nosotros lo hicimos”.
“Nosotros lo hicimos” es un pensamiento al que aferrarse en cualquier discusión acerca de cómo las democracias pueden recuperar la confianza de sus ciudadanos. A menudo se dice que el mundo está atravesando un momento de Tucídides, con el poder trasladándose de EEUU a una China en ascenso, lo cual aumenta las tensiones como las que había entre Atenas y Esparta en el siglo V a. C.
Este inquietante cambio les ha brindado a autócratas como Putin la oportunidad de alterar y desafiar las suposiciones posteriores a la Guerra Fría en cuanto a la política liberal, y a los mercados abiertos. Todo esto es cierto. Pero, como lo ha sugerido Younger, quienes estén buscando la causa fundamental de los males de la democracia deberían comenzar la búsqueda más cerca de casa.
La crisis financiera de 2008 es donde se debe comenzar. En mi opinión, los historiadores registrarán el colapso del sistema bancario, y la posterior recesión, como el evento geopolítico más importante de las primeras décadas del siglo. En un nivel, despojó al Occidente de gran parte de su posición entre los Estados emergentes del mundo. Más importante fue el daño hecho internamente. Las desigualdades y los agravios desde entonces explotados por Trump y sus compañeros demagogos no aparecieron de la noche a la mañana. Pero la crisis cristalizó las acumuladas injusticias, provocadas por el capitalismo liberal, por los radicales cambios tecnológicos, y por la globalización.
La estabilidad política de la posguerra se basaba en un trato. En EEUU, se le llamaba el “sueño americano”; en Europa, el sistema de mercado social. La economía de mercado brindaría una amplia variedad de oportunidades y mejores estándares de vida. Pero el sistema se estaba deteriorando antes de la crisis. Las élites políticas y empresariales asestaron el golpe de gracia con programas de austeridad poscrisis, que hicieron que las víctimas pagaran la cuenta de los banqueros. A lo largo del proceso, las élites destruyeron el aura de inevitabilidad que alguna vez se le otorgó a la economía de libre mercado del Consenso de Washington.
Reconstruir la confianza requiere una política que valore el ámbito público y que reequilibre las políticas gubernamentales relacionadas con el gasto, con los impuestos, con la competencia, con la educación, y con los beneficios sociales para ampliar oportunidades. Esta será la medida con la que los ciudadanos desencantados evaluarán las respuestas económicas a medio plazo ante la pandemia. En la medida en que el covid-19 ha discriminado en contra de sus víctimas, más allá de la obvia división entre jóvenes y personas mayores, los costos han recaído sobre los menos prósperos y los más vulnerables económicamente.
Lo extraño es que, a pesar de toda su valentía, los autócratas y déspotas están extremadamente conscientes de la inherente fuerza de la democracia. Ellos también aprecian la fragilidad de los regímenes autoritarios. Si se condena al occidente calificándolo de decadente, los líderes autocráticos no ven a los occidentales agitando pancartas pidiendo menos libertades. Putin vive con miedo a las "revoluciones de colores". Xi ha insistido en que a todos los funcionarios en ascenso del partido se les enseña que, si ceden una pulgada a la democracia, provocarán un irresistible clamor por la libertad.
Es vital, por supuesto, que el occidente actúe para detener a Putin y, más importante aún, que muestre determinación para contrarrestar las estrategias de represión y de coacción de Xi. ¿Pero salvar la democracia? La forma de hacerlo es arreglando las políticas económicas y sociales que han despojado de legitimidad a las sociedades liberales ante los ojos de sus ciudadanos.