Cuenta la leyenda que Winston Churchill descubrió los habanos en un viaje a Cuba, cuando el joven señorito periodista inglés conoció de primera mano la guerra civil entre los patriotas cubanos acaudillados por Martí y Céspedes frente a los últimos restos de colonialismo español en las Américas. La de Cuba no fue la única guerra que Churchill cubrió como corresponsal: la de los Boers, en 1904 (mientras acá luchaban blancos y colorados) también tuvo su pluma en las páginas de un diario.
A lo largo del tiempo, los sucesivos conflictos bélicos han tenido sus cronistas, los hombres y las mujeres que a riesgo de su vida se desplazaron hasta el frente de batalla para contar con todos los sentidos desde dentro la guerra.
Los ejemplos son muchos. Ernest Hemingway puso su estilo varonil al servicio de la República durante la guerra civil española. Edward Murrow narró para radio soberbias crónicas desde el Londres bombardeado durante el llamado Blitz, en la segunda guerra mundial. El italiano Curzio Malaparte tambió describió sus experiencias en diversos frentes, en la misma guerra, pero desde el otro bando. Vasili Grossman narró el avance y la entrada a Berlín del ejército rojo, y elevó la horrenda barbarie a grado de arte literario. Las crónicas del estadounidense David Halberstam desde Vietnam ayudaron a derrocar al gobierno de Diem, antes de la escalada que llevaría a la guerra.
Más cerca en el continente americano, el uruguayo Carlos María Gutiérrez logró escabullirse en la maleza y entrevistar al guerrillero Fidel Castro en plena Sierra Maestra, durante la revolución cubana. El polaco Ryszard Kapuściński escribió sobre el breve pero sangriento conflicto entre Honduras y El Salvador. Germán Castro Caycedo hizo historia con sus escritos desde la selva colombiana, en la guerra de las FARC. Lo mismo con Arturo Pérez-Reverte en Bosnia o Jon Lee Anderson en Afganistán, Libia, Líbano o Siria, entre otros conflictos.
Una de las más complejas guerras del presente se está desarrollando entre Siria y el norte de
Irak, en la lucha de múltiples fuerzas diversas contra el autodenominado Estado Islámico. Dentro de tan difícil escenario, hace unos días se produjo un hecho fundamental en la campaña iraquí, cuando el ejército regular de ese país desplazó de la ciudad de Mosul, luego de nueve meses de sitio y combate casa a casa, a los militantes del Estado Islámico, que dominaban ese punto vital desde el punto religioso (en la mezquita principal de Mosul se declaró el califato en 2014) y económico (Mosul es un gran enclave petrolero) desde hace tres años.
Verini tiene una amplia experiencia en conflictos en África y en otros países de Medio Oriente
Además del terrible precio humano de la liberalización de la ciudad, el patrimonio cultural de la humanidad sufrió con la destrucción total o parcial de monumentos milenarios como los restos de Nínive, importantes mezquitas e iglesias cristianas que existían en la ciudad desde hace siglos.
En Mosul estuvo presente uno de los principales cronistas bélicos de la actualidad, que entronca sus artículos en la mejor tradición de los autores mencionados arriba. Se trata de James Verini, reportero para varios medios escritos tan destacados como The New Yorker, National Geographic, New Republic, Vanity Fair o Slate. En este caso, la crónica referida se publicó en el New York Times Magazine y se puede leer en internet.
Verini, con amplia experiencia en conflictos en África y en otros países de Medio Oriente, abre en la crónica una paleta de opciones sugestivas. La narración –titulada Los muertos y los vivos en claro homenaje a Norman Mailer– no comienza, como indicaría el sentido común, con una imagen impactante, con guerra explícita frente a las narices del lector. En cambio, Verini eligió el sonido. Las escaramuzas en las afueras de la ciudad llegan desde los ruidos de la guerra, intercalados con los trinos de los pájaros, mezclados con las granadas, explosiones de cohetes, ráfagas de ametralladoras y vuelos rasantes de aviones y drones.
Por supuesto, la riqueza de imágenes aflora en los párrafos siguientes. Un escenario digno de El Bosco se despliega en las palabras de Verini. Buena parte de la población de Mosul se mantuvo en la ciudad a pesar de la guerra. El cronista entra con los soldados iraquíes en los edificios derruidos donde se esconden los francotiradores del Estado Islámico, habla con los vecinos que están apenas una pared más allá, fuma narguila y comparte cenas con los protagonistas en los campos de refugiados, ensambla la historia con pulso firme y permite disfrutar la narración de un hecho monstruoso que sucede a miles de kilómetros mientras el lector vibra con cada palabra.