9 de noviembre de 2012 20:45 hs

Hacer de la improvisación teatro, es una consigna que no pasa de moda en la cartelera montevideana, que sigue incorporando propuestas en donde los actores prefieren desprenderse de un libreto e hilvanar las historias a partir de los intereses del público.
Esta semana a las dos puestas que ya llevan meses en la cartelera más comercial, Imprevisto 3 en el Undermovie e Impronight en el Small Club, se sumaron en los últimos días Seis grados, bajo la dirección de Enrico Greco y El último Harold, bajo la dirección de Juan Pablo Romero.

Esta última no es más que una nueva puesta del más famoso de los formatos de improvisación de larga duración, que consiste en una conjunción de escenas, juegos y monólogos que comienza cuando el público propone un tema. En 2008, ya se vio un formato similar cuando la Comedia Nacional estrenó Historias improbables bajo la dirección de Bernardo Trías.

Seis grados, por su parte, constituye el proyecto de egreso de la segunda generación de improvisadores de la Escuela de Improvisación del Uruguay y se basa en la teoría de los seis grados de separación. Esta última intenta probar que cualquiera en la Tierra puede estar conectado a cualquier otra persona del planeta a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios.

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En sintonía con esta hipótesis, cuatro actores con la ayuda del público componen in situ a cuatro personajes y varias escenas. Entre unas y otras, realizan un monólogo en el que a través de una cadena de intermediarios buscan relacionarlas.

Tanto la estructura como el estilo de actuación es diferente al de otros formatos de improvisación como los Match o el Harold que ya se vieron en Uruguay, según el director del espectáculo, Enrico Greco. “En este caso, se utilizan mucho los monólogos, un elemento que no es lo más común a la hora de improvisar”.

A través de los siglos
La improvisación es tan antigua como el teatro y desde siempre fue utilizada como una herramienta de entrenamiento para los actores. Sin embargo, el antecedente más antiguo de la improvisación como espectáculo es probablemente la comedia del arte, que se extendió en Europa a partir del siglo XVI y XVII.

En la comedia del arte, las ideas del público ya tenían su protagonismo aunque la improvisación se desarrollaba a partir de arquetipos de personajes que no variaban como el arlequín, la colombina o el viejo Pantaleone. A su vez, existía una estructura de sucesos predefinida.

En el siglo XVIII, la improvisación fue abandonada como hecho artístico en sí mismo y fue limitada a su uso como una herramienta en el proceso de entrenamiento de los actores.
Recién a mediados del siglo XX, la improvisación comenzó a ser revalorizada a partir de la investigación de Viola Spolin (Estados Unidos) y Keith Johnstone (Inglaterra) en la década de 1940 y de Robert Gravel e Yvon Leduc en la década de 1970.

Johnstone, por ejemplo, percibía que el teatro se había convertido en algo pretencioso y poco atractivo para el hombre común y decidió incorporarle elementos del deporte, creando lo que se denominó theatresports. En este formato, los equipos de improvisadores se desafían mutuamente a hacer improvisaciones con dificultades extremas: con los ojos tapados, sin pronunciar una letra o utilizando diferentes géneros.

Por su parte, en 1977 Gravel e Yvon Leduc crearon el Match de improvisación, un espectáculo teatral basado en la estética del hockey sobre hielo, el deporte más extendido en Canadá.
En Uruguay el primer espectáculo totalmente improvisado fue Sopa instantánea en 2006 bajo la dirección de Bernardo Trías, que combinaba partes actuadas y partes narradas con música en vivo. Desde entonces, siempre hay alguna propuesta de improvisación merodeando en la cartelera teatral, como para recordar que más que una moda pasajera, se trata de un subgénero destinado a quedarse.

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