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Diego Velazco: vivir del arte

Desafía la idea casi imposible de vivir del arte y redobla la apuesta haciéndolo en Uruguay. El fotógrafo y artista visual Diego Velazco sabe trabajar para las grandes marcas, destacarse por su veta artística y plasmar en libros las riquezas de su país 

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07 de septiembre de 2018 a las 05:00

[Por Agustina Amorós]

 
La puerta roja del estudio de Velazco contrasta con los reciclajes de la cuadra. Atravesamos un pasillo de ventanales amplios con luz natural y nos sentamos a conversar en el estudio, que es grande y el sueño de cualquier fotógrafo. Las manos de Diego están manchadas y el estudio desordenado. Advierte que han estado trabajando. Nombra a un cliente, pero resulta que es otro y atraviesa inmune el error que podría entenderse —en el mundo de la publicidad— como un pecado infernal. A mí me alegra que no le importe demasiado. Pasamos enseguida a otros temas: habla de ética, arte, actualidad y futuro. Este es el puntapié de una entrevista en la que a veces habla el artista y otras el fotógrafo comercial. Diego Velazco (51) se desenvuelve con desparpajo en el mundo de la fotografía desde hace más de 25 años, pero habla con el entusiasmo de quien acaba de empezar.
 

Aquellos días

Recuerda los primeros años de su vida como un eterno verano. "Sol, niños, playa, luz, fútbol, naturaleza, familia, amigos" son las palabras que elige para resumir su propia infancia, inmersa en una casa familiar de Punta Carretas. Su mamá trabajaba como administrativa medio horario —para poder dedicarles tiempo a sus seis hijos— y su padre era médico dermatólogo. Diego nació en agosto de 1967 a la par de Carmen, su hermana melliza. "Éramos cuatro varones, dos hermanas mujeres y vivíamos también con mi abuela. Tuve una infancia libre, llena de recuerdos felices. Mi madre cocinaba mucho y a mi padre le gustaban las plantas", rememora.

Estudió en el colegio Alemán y más tarde en el colegio San Juan, pero lo invitaron a retirarse de ambas instituciones: "Chocaba mucho con el sistema educativo. El deporte, en cambio, me encantaba. Durante años fui boy scout y disfrutaba del aire libre y la naturaleza", cuenta. Ya en aquellos días, filmar y sacar fotos era algo cercano para él. Tanto su padre como su abuelo eran aficionados y ni bien heredó una cámara fotográfica, se apuntó en un curso en Foto Club. "Con mi padre éramos muy compinches. Heredé el gusto por la fotografía de él y cuando llegó el momento de elegir una carrera, opté por Medicina, en parte, para seguir sus pasos", cuenta.

En paralelo a sus estudios, trabajaba: "Veía que mis padres no podían darme dinero y me gustaba tener mi propia plata. Me la rebuscaba para tener mis ingresos: cortaba el pasto, hacía cobranzas, hasta que conseguí un trabajo administrativo en una compañía aérea venezolana, Viasa, una filial de KLM. Ese trabajo me permitía viajar gratis tres veces por año", recuerda maravillado por ese privilegio inmensurable.

Cuando estaba a punto de dar el último examen del primer año de Medicina, tuvo claro que quería dedicarse a la fotografía profesionalmente. "Se lo dije a mi viejo y me contestó: 'Si pensás que te vas a ganar la vida con la fotografía, hacé lo que te gusta'". Se sintió aliviado, abandonó la universidad y se dedicó de lleno a la fotografía. La decisión implicó optar por qué camino seguir. "Veía que los fotógrafos de prensa apenas sobrevivían y yo había visto a mis padres sufrir mucho por la plata. No quería que me pasara eso. Decidí hacer, dentro de la fotografía, lo que me permitiera sobrevivir bien: la publicidad. Por supuesto, sin dejar mi camino como autor", explica Diego.
 

Efecto Dominó

Pronto comenzaron a surgir trabajos de fotografía. "Me salió un proyecto en el que necesitaba un lente que no tenía y se lo pedí prestado a un chico que estaba saliendo con la mejor amiga de mi novia. Ese es mi socio hasta hoy: el Pollo [Santiago] Epstein. Estamos cumpliendo 25 años de sociedad. Empezamos a trabajar juntos y no paramos", se ríe. La sinergia fue inmediata y duradera. La fotografía analógica implicaba tener conocimientos de física, química y óptica, que la dupla fue estudiando de forma autodidacta, con libros y materiales que estaban a su alcance. En 1992 formalizaron su sociedad con la fundación de Dominó Fotografía. Necesitaban un equipo profesional, por lo que fueron recolectando dinero: Diego vendió su moto, Santiago le pidió plata a la abuela y —haciendo uso de los beneficios del trabajo en la compañía aérea— concretaron un viaje a Nueva York para comprar una cámara profesional. La familia Musitelli, vinculadas al mundo de la filmografía, los asesoró respecto a qué y dónde comprar. "Ellos estaban dejando la fotografía para dedicarse al alquiler de equipos, y nos ofrecieron darnos lentes y accesorios que se los fuimos pagando de a poco. Con lo que compramos, sumado a lo que nos cedieron, logramos armar tremendo equipo", narra el fotógrafo.

La llegada del primer cliente se dio rápida y espontáneamente. "El lunes, recién llegado del viaje a Nueva York, me encontré con un amigo de mi padre que me comentó que era el arquitecto responsable del stand de Conaprole para la Exposición Mundial de Sevilla de 1992 y que estaba complicado porque necesitaba un fotógrafo urgente", cuenta Velazco. Al día siguiente ya estaban rumbo a un tambo para hacer las primeras fotos. Fue tan sorpresivo el despliegue que Diego recuerda ir en el asiento de atrás, junto a su socio, tratando de descifrar cómo cargar su nueva cámara. "Las fotos quedaron muy buenas y nos pidieron que hiciéramos más. Terminamos haciendo las fotos de todo el stand, que fue premiado como el mejor del país entre las más de veinte empresas que concursaron. Siempre agradezco esa oportunidad: fue el puntapié inicial con un proyecto groso y eso nos dio respaldo", explica Velazco.

El ritmo de los clientes empezó a crecer exponencialmente y la dupla comenzó a recibir más y mejores oportunidades. En 1999 se aventuraron con la compra de una propiedad en el barrio Palermo, con el objetivo de montar su propio estudio. Accedieron a un préstamo en el banco, pusieron la propiedad a punto y cuando estaba todo listo, la crisis que golpeó al país en 2002 dejó a los fotógrafos con su estudio a estrenar y los teléfonos sin sonar. "Teníamos tremendo lugar de trabajo, sin clientes. La economía se desplomó", dice mientras abre los ojos, congela el cuerpo y trae en gestos el golpe que les significó la crisis. "Nos llegó un trabajo para Toyota y no teníamos el dinero para alquilar los equipos necesarios. Llamamos a Musitelli y nos dijeron 'llévense lo que quieran'. Nosotros también prestábamos el estudio. Fue una época de supervivencia". De ese trabajo lograron concretar tres fotos que fueron bien pagadas y decidieron invertir el dinero en ir al exterior en busca de potenciales clientes. Recorrieron México, Puerto Rico y Nueva York mostrando su trabajo en busca de nuevas oportunidades. "Leo Ricagni, un tipo que brilla en el mundo de la publicidad, me dijo: 'Si querés jirafas, andá donde hay jirafas. Acá no hay jirafas'. Y es así, si querés conquistar grandes mercados, tenés que ir por ellos. No van a venir por vos", dice el fotógrafo. Con ese viaje lograron cosechar buenas oportunidades y una campaña en México les abrió mejor el camino. A partir de ese trabajo, que explotó en Centroamérica, surgieron nuevas propuestas. "El tamaño de una foto puede ser enorme por momentos. Ese trabajo nos trajo nuevos clientes y empezamos a viajar y a laburar mucho para el exterior. Como decimos con mi socio, fueron años de surfear la mejor ola". Paralelamente a su crecimiento profesional, Diego se casó y se convirtió en padre de tres hijos.
 

Otro rollo

A fines de los años de 1990, junto con la agencia Viceversa, les surgió la oportunidad de fotografiar para Peugeot Francia. "Hicimos las fotos con una cámara muy buena, pero me detuve a comparar con lupa nuestro trabajo con las fotografías que venían de Francia y la diferencia de calidad era considerable. Si queríamos mantener el nivel y seguir trabajando para Europa, tendríamos que ponernos a la par de su tecnología", explica Velazco. Viajaron a Estados Unidos y volvieron con una cámara Hasselblad, lo mejor que ofrecía el mercado. Y años más tarde, como a todos los oficios del mundo, la era digital atropelló a la fotografía de forma violenta e irreversible. Lejos del lugar común de vivirlo entre la nostalgia y el lamento, Velazco entendió el cambio como una oportunidad para mejorar. Además, la inversión en revelado y rollos rondaba los 40.000 dólares anuales. No lo dudaron: esperaron un tiempo prudencial para que lo digital tomara vuelo, compraron los equipos y en 2007 pasaron a trabajar en digital. El cambio fue drástico: la facilidad y la calidad de la tecnología digital venían para quedarse.

 

Arte nativo

Entre las exóticas combinaciones en las que hay que incursionar para vivir de lo que a uno le gusta, Diego Velazco decidió explorar todas las aristas posibles. Amante de la naturaleza y de nuestra tierra, venía fotografiando muchos paisajes locales que entendió que juntos, ordenados y clasificados, podrían transformarse en un stock de imágenes de Uruguay. Así fue que junto con Santiago Epstein fundaron Aguaclara Banco de Imágenes, que comercializaba fotografías de Uruguay de diversos autores. A partir de esto, incursionaron en la creación de calendarios temáticos de Uruguay, pero el negocio —zafral y vacilante— los desilusionó. En 2006, tras asociarse con Carlos Penadés, extendieron el proyecto al mundo editorial y se enfocaron en realizar libros objeto, vinculados a la cultura uruguaya. La primera publicación de Aguaclara como editorial fue el libro Uruguay, río de los pájaros pintados (2007) y, a partir de allí, empezaron a editar a paso firme libros de la más alta calidad. En 2012 lanzaron Nuestras recetas de siempre, un libro sobre la cocina tradicional uruguaya que reúne recetas del chef Hugo Soca con fotografías de Velazco. Nuestras recetas de siempre recibió el premio Best Photo Cookbook en el concurso Gourmand Paris y el premio Best Latin American Cuisine Book 2013 en el Gourmand Cookbook Award, resultó ser el libro más vendido de la editorial y, este año, será editado por sexta vez.

Los libros de Aguaclara usan todas las herramientas del arte y del diseño para trasladar la cultura uruguaya al papel. Cada detalle tiene impronta local y los textos —en español e inglés— logran llevar nuestro Uruguay al mundo. En cuanto al financiamiento, los primeros libros se lograron "a pulmón", reuniendo recursos y solicitando ayuda financiera a bancos. "Ahora tenemos la herramienta de los Fondos de Incentivo Cultural, que nos ayuda un montón", dice Velazco.
 

Autenticidad en tiempos de Instagram

En un momento en el que el trabajo dejaba menos lugar al artista, Diego recibió una llamada que generó un quiebre positivo en su carrera. "Me llamó una amiga de mi madre para decirme que tenía una cámara que había sido de su esposo y que no sabía qué hacer con ella. Me insistió para que fuera a verla. Cuando fui, abrió un bolso con un equipo que es el summum para un fotógrafo: una cámara alemana, con un lente que es el Rolls-Royce de la fotografía, lleno de filtros, casi sin uso", cuenta Velazco extasiado. Se lo regaló íntegro. Ese gesto fue importante en su carrera: lo ayudó a separar lo laboral de lo artístico. "Es una cámara analógica de formato medio y tiene solo dos variables: diafragma y velocidad. Esto permite concentrarse en otras cosas como, ¿por qué quiero registrar esto?, ¿qué me está diciendo?, ¿cómo lo puedo fotografiar para transmitir lo que siento?", dice.

Las fotografías artísticas (o de autor) son trabajadas por Diego en formato analógico, a pesar de que cada vez es más complicado revelar en Montevideo. "La tecnología digital te permite sacar fotos infinitamente y corregir todo. Es útil, especialmente en la fotografía comercial donde todo tiene que estar bien, pero, como artista, la perfección no es lo que me interesa. Tengo fotos que me han salido mal: con rayas, granos o manchas, pero si entiendo que lo que sentí al tomarla está presente, esa es la foto final. Trabajar en analógico implica no tener el control total: estás limitado en cantidad, no ves la foto hasta que está revelada y hay factores impredecibles. Es un viaje más profundo. No es lo mismo que decir '¡qué lindo!, clic, ¡qué feo!, clic'. Es un proceso personal: a través del arte uno vuelca lo que tiene adentro, muestra cómo ve la sociedad, busca respuestas a sus preguntas. Otros lo hacen a través de la religión, lo espiritual... pero el que hace arte busca las respuestas ahí", reflexiona Diego.

Hablamos de la difícil tarea de adaptarse a los cambios, de la sensibilidad y del temor a sentirse obsoleto "En el mundo en el que me muevo, el de la fotografía y el arte, el día que te deje de gustar la modernidad, te quedaste afuera. Intento actualizarme todo el tiempo. Gastón Izaguirre, que es un gran amigo, ha sido muy importante en ese proceso. Es bueno estar rodeado de gente que te empuja a hacer cosas nuevas", dice Diego, y aprovecho para preguntarle respecto a las nuevas generaciones de fotógrafos: "Me gusta acercarme, preguntar, aprender, decirles lo mucho que admiro su trabajo. Las nuevas generaciones de fotógrafos tienen un ojo divino y los nuevos lenguajes son bienvenidos. Son lo nuevo, como en un momento lo fui yo. Tengo 51 años y no lo puedo creer. Se me pasó volando y creo que es porque estoy disfrutando de la vida. Trato de no quedarme y de ser sincero con mi camino".
 

Continuidad

Aguaclara ha publicado más de trece libros, entre los que se destacan Costas y faros del Uruguay (2008), 111 discos uruguayos (2014), Rambla (2016), Hoy cocinamos nosotros (2016), Uruguay Highlights (2017). "Ahora estamos trabajando en cuatro libros que saldrán a finales de año: Saber cocinar, que es un libro técnico de gastronomía a cargo de Mario del Bó e Isabel Mazzucchelli; Hugo Soca cocina, que contiene recetas fáciles, simples y modernas; Fútbol uruguayo: Tierra de campeones, con la historia de la selección y de los 16 equipos de primera y, además, estaremos lanzando una sexta edición de Nuestras recetas de siempre", adelanta.
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