La reciente reedición de los libros escritos por la pareja sueca Maj Sjöwall y Per Wahlöö por la editorial española RBA, ha vuelto a colocar su obra en la mira de los seguidores de la novela policial escandinava. Considerados por autores como Henning Mankell como los precursores clave del actual boom del genero en los países del norte, los libros de Sjöwall y Wahlöö, escritos durante los sesenta y setenta, fueron concebidos como una critica al modelo socialdemócrata sueco desde el punto de vista de la izquierda radical.
Dos de sus libros, Roseanna y Asesinato en el Davoy se pueden encontrar en nuestro país. También se pueden localizar a través de Amazon, tanto en español como en inglés.
El policial como forma de develar una realidad
Es el cadáver de una mujer joven. La draga lo acaba de arrastrar desde el fondo del canal. No lleva mucho tiempo en el agua, aun no ha sido devorado por los peces. Pese a su palidez mórbida, se notan en el las marcas de bronceado. Y aunque ninguna de las personas que se encuentra viendo esa escena lo sepa aún, la implacable rueda de molino de la investigación policial ya se ha puesto en marcha.
Suecia, 1965. Maj Sjöwall y Per Wahlöö, un matrimonio de periodistas y escritores suecos, acaba de comenzar con Roseanna la serie de novelas que cambiaría la novela policial escandinava. Y aunque los libros serán conocidos en Europa como “las novelas de Martin Beck”, el detective que las protagoniza, el subtitulo que los autores han elegido para la serie es “la historia de un crimen”.
¿Cuál es su objetivo en los diez libros que escribirán entre ese 1965 y 1975? “Utilizar la novela negra como un bisturí que corte el vientre ideológicamente pauperizado y moralmente discutible del llamado estado de bienestar burgués” declaró entonces Wahlöö. Claro, faltó decir que ambos eran marxistas y que el crimen al que alude el subtitulo de la serie, es lo que ellos consideraban “la traición de la socialdemocracia a la clase obrera”.
El modelo más evidente de la pareja sueca, que se conoció en 1962 y que escribió sus novelas de forma metódica y constante casi cada noche durante 10 años, parece ser la serie del 87th. Precinct, creada por Ed McBain. Como en sus libros, el crimen es el disparador de la acción pero el foco está puesto en la interacción del grupo de investigadores, sus procedimientos, sus dudas sobre el sistema, sus diferencias de carácter. También aquí, como en las novelas de la serie protagonizada por Stephen Carella, un humor áspero e intermitente salpica la acción de los policías en su labor tras los rastros del crimen.
Pese a todas estas similitudes, en una reciente entrevista Maj Sjöwall (quien ha traducido a McBain al sueco) aseguraba no conocer las novelas del estadounidense en el momento de escribir las suyas. Más allá de éstas influencias (reales o quizá imaginadas por la crítica a posteriori) la obra del matrimonio sueco muestra un buen número de aristas propias. Al decir de Henning Mankell, creador del inspector Kurt Wallander, Sjöwall y Wahlöö “vieron que había un considerable territorio inexplorado, en el cual las novelas negras podían constituir el marco de historias que contenían una crítica social”.
El propio Mankell, a través de las reflexiones de su Wallander, es uno de los mas reconocibles herederos de esta inquietud crítica sobre los límites y alcances del estado de bienestar, preguntándose sobre la difícil supervivencia de un modelo acotado a unos limites nacionales que resultan progresivamente menos claros en un mundo cada vez mas interdependiente.
Fuera de ambiente
Según Mankell, hasta la aparición de Roseanna, la novela de enigma en la tradición británica del whodunnit, —donde los pasos para la resolución del crimen son el centro del interés—, había sido dominante en la literatura escandinava.
Pero ya en su primera novela conjunta, Sjöwall y Wahlöö, que tenían por método escribir un capítulo cada uno en forma alternada, “se alejaron de las descripciones totalmente estereotipadas de los personajes”, mostrando “tipos que evolucionaban ante los ojos del lector”.
Esta característica es más evidente aún en El policía que ríe, de 1968. En la novela, adaptada por Hollywood en 1973, con la dirección de Stuart Rosenberg y el protagonismo de Walter Matthau, Martin Beck es quién encuentra la clave que resuelve un asesinato múltiple ocurrido en Estocolmo en vísperas de Navidad. Y es a la vez responsable de que la investigación se prolongue casi dos meses en forma innecesaria, al no comunicar a sus compañeros su descubrimiento.
Esta cualidad de no reconciliar al lector de forma total con su protagonista, es lo que el ensayista estadounidense Jonathan Franzen llama “el insobornable distanciamiento” de los escritores frente al personaje. Así, Sjöwall y Wahlöö “no caen en la tentación de convertirlo en rebelde romántico, héroe inadaptado, genio en la resolución de enigmas” y prefieren dotarlo de un realismo convincente, aunque esto pueda convertirlo en un personaje “poco literario”.
Quizá sea este realismo sin concesiones lo que hace de las novelas de la pareja un objeto sólido y complejo, cuatro décadas después de escritas. Los libros protagonizados por los detectives de la Brigada de Homicidios de Estocolmo están narrados en un tono que Sjöwall definía así hace poco: “queríamos un estilo que fuera bueno para los libros. Y queríamos que los libros fueran leídos por cualquiera, fuera educado o no”.
La escritora, que a sus 74 años sigue trabajando en un pequeño piso alquilado en las afueras de Estocolmo, señala: “nos dimos cuenta de que la gente leía novelas de crímenes y que a través de esas historias podíamos mostrarle al lector que debajo de la imagen oficial del estado de bienestar sueco, había otra capa de pobreza, crimen y brutalidad. Queríamos mostrar hacia dónde se dirigía Suecia: una sociedad capitalista fría e inhumana, donde los ricos serían más ricos y los pobres más pobres”.
En todo caso, lo mejor de los diez libros es que las intenciones ideológicas de la pareja en ningún momento atentan contra la dinámica de la narración ni vuelven maniqueos los procedimientos del grupo de policías: un detective antipático y poco imaginativo puede ser también un competente investigador; otro, un marxista antisistema que termina abandonando el cuerpo, puede ser uno de los mas rudos y carismáticos personajes de la serie.
Wahlöö enfermó de cáncer en 1971. En 1974, la pareja alquiló una casa en Málaga, España, y se trasladó allí con sus hijos para escribir Los terroristas, el último libro de la serie.
En su confección, los roles cambiaron ligeramente: si en las novelas previas ambos escribían capítulos alternos, en esta última Wahlöö escribió la mayor parte del texto y Sjöwall se dedicó sobre todo a editarlo. Para cuando la novela llegó a las librerías, a mitad de 1975, Wahlöö ya había fallecido tras ingerir, de forma aparentemente intencional, una dosis de calmantes que lo llevó a un coma del que ya no salió.
Sjöwall ha continuado vinculada al mundo literario sobre todo como traductora, aunque ha trabajado también como consultora de una popular serie televisiva sueca basada en sus personajes. Nadie ha logrado convencerla aún para que escriba un volumen mas de la serie que creo hace más de 40 años, cuando ella rondaba la treintena.
¿Se han cumplido sus temores y los de su marido sobre el fracaso del estado de bienestar sueco? “Si, el modelo ha fracasado” aseguraba Sjöwall a comienzos de 2011, “las personas ya no se ven a sí mismas como seres humanos sino como consumidores”.