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27 de octubre de 2021 a las 12:25

Al abrigo de estos rayos de sol, a los que de un día para el otro se les antojó calentar como en verano, te escribo este Pícnic!, mi invitación semanal a leer, parar, respirar y, tal vez, pensar sin clave de estrés. Hoy quiero hablarte de las cárceles personales que construimos con o sin razón, que nos constriñen y aprietan, que nos limitan y atemorizan y que frecuentemente no sabemos cómo destruir para convertirlas en palacios. Estoy leyendo Un caballero en Moscú, el libro de Amor Towles que relata la vida encerrada de un gran duque ruso, luego de la revolución, en un hotel de lujo que se convierte en su prisión privada. Mientras que leía la descripción de las maravillas del Metropol, que ya está en el camino del declive, y me adentraba en los recuerdos del pasado noble, elegante y grandioso del duque, se me dio por pensar que su cárcel –ese hotel en el que vivió obligado desde 1922 a 1954– sería para la mayoría de los mortales un paraíso.
 
A lo largo del libro, el duque aprende a vivir en una cárcel a la que logra abrirle ventanas a través de libros, de conversaciones tan improbables como las que mantiene con una niña a la que enseña a ser princesa, de añoranzas y recuerdos asociados a objetos que logran burlar a la KGB. Tal vez su cárcel podría ser mi paraíso, tal vez mi cárcel sea para él un paraíso. Todo depende de la perspectiva y del signo positivo o negativo que les imprimamos a nuestras vidas y experiencias, y todo depende del cristal a través del que miramos lo que podrían parecer oasis y son cárceles.
 
El año y medio largo de pandemia que pasó fue para muchos una cárcel y para unos cuantos un paraíso. O un poco de cada cosa, que así se construye la vida sin tantos blancos y negros. ¿Te sentiste agobiado, solo, temeroso y al otro día libre, esperanzado y alegre? Mientras escribía un mail en el que decía “esa foto es de antes de la pandemia”, pensé que en el futuro hablemos de Antes de la Pandemia (AP) y Después de la pandemia (DP). Si te tocó padecerla, tal vez sea momento de que rompas esa cárcel. Si te toco disfrutarla, no hay paraíso que dure mil años. Si estás en el medio, volvé a buscar tus oasis. Soy Carina Novarese y te leo (siempre) y te contesto (¡casi siempre!) si me escribís a este mail.

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