Mirá lo que te vengo a contarte a pleno Pícnic…En la Grecia clásica “idiota” no era un insulto, sino una descripción. Provenía del griego iditēs y se refería a quien solo se ocupaba de sus asuntos privados y no participaba de lo común, de la vida de la poli. Para los griegos, el ciudadano virtuoso era el que asumía responsabilidades públicas; el que se desentendía de ellas era, literalmente, un idiota.
¿Por qué hablo de idiotas en la antigua Grecia? En primer lugar porque me enteré de todo esto escuchando la Mesa de los Filósofos de En Perspectiva, dedicada en su última edición a analizar la desconfianza en la que vivimos. Pero también porque detecté en mí misma un patrón de desconfianza consistente, que no solía ser la constante en mí. En una serie que te recomendaré en esta edición, la española Los años nuevos, me descubrí con un nudo en la garganta mientras veía cómo la protagonista ayudaba a una adolescente borracha e intoxicada, en medio de la soledad de un metro en el día de Año Nuevo. Era una desconocida y aunque le retrasaba su día, la mujer se aseguró de que llegara sana y salva a su casa. Entonces me pregunté si yo hubiera hecho lo mismo. Y desconfié del sí que antes hubiera dado sin rodeos.
Es cierto que hay demasiadas razones por las cuales somos y hasta debemos ser desconfiados. Las mentiras constantes convertidas en noticias “falsas”, la violencia cotidiana, la seguridad pública son todas realidades que, sin embargo, no deberían convertirnos en desconfiados a rajatabla.
Muchos analistas hablan de una crisis de confianza que atraviesa las sociedades contemporáneas. La filósofa española Victoria Camps, cuyas reflexiones dispararon en buena medida las de los uruguayos de la Mesa de Filósofos, la describe como la “sociedad de la desconfianza”: un clima cultural en el que se deterioran los vínculos, crece la sospecha mutua y se vuelve cada vez más difícil sostener acuerdos que pocas décadas atrás eran básicos para la convivencia. La confianza en el vecino, la amabilidad cotidiana de pequeños detalles -comenzando por el “buenos días” al desconocido que se cruza- y la solidaridad posible están desapareciendo. Todo eso, en mí misma, me causa impotencia y pena.
Una de las causas, dicen los expertos, es la “concepción empobrecida de la libertad”. El pensamiento moderno distinguió entre libertad negativa -ausencia de obstáculos- y libertad positiva -la capacidad de gobernarse a uno mismo y orientar la vida hacia fines valiosos-, pero la cultura de estos días suele reducir la libertad a la primera: ser libre sería simplemente hacer lo que uno quiere. Esta concepción entreverada tiene consecuencias. Cuando la libertad se separa de la responsabilidad -ya lo decían los existencialistas Jean-Paul Sartre y Viktor Frankl- se debilita el tejido social. Los derechos se reclaman con fuerza, pero los deberes se diluyen. La vida pública se vuelve un terreno de sospechas y acusaciones cruzadas.
Frente a este escenario, la filosofía propone recuperar algunos fundamentos. Camps recuerda un antiguo mito narrado por Platón: para que los seres humanos pudieran convivir, Zeus envió dos dones indispensables para todos: el sentido de la justicia y el respeto. Sin ellos, ninguna sociedad puede sostenerse.
Tal vez otro de los grandes desafíos de nuestro tiempo sea justamente ese: reconstruir un mínimo ético compartido que nos permita volver a confiar. Porque, al final, la libertad nunca es un ejercicio solitario; siempre ocurre con otros y gracias a otros. Cuando olvidamos esta verdad elemental, la sociedad corre el riesgo de llenarse de “idiotas” (y ya tenemos más que suficientes). Te deseo una buena semana, con menos desconfianza y, ojalá, más esperanza.
Para ver
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Amor, amor. Me hizo pensar, me hizo lagrimear y reír, así que la española Los años nuevos, que se puede ver en MUBI, es una gran serie que te recomiendo con muchas ganas. Es una preciosa historia, un diario de vida tan entreverado como la vida misma, que se centra en la relación entre Ana y Óscar durante una década. Son diez episodios y cada uno se desarrolla entre la Nochevieja y el Año Nuevo, fechas en las que cada uno de ellos cumple años. La narrativa va y viene con muchas vueltas, pero también con mucho amor que sobrevive a pesar de los pesares y de aquello que parece irrecuperable. Lo que más se valora de esta serie es que no hay golpes bajos ni estereotipos gastados; hay buenos diálogos, actuaciones precisas de todo el elenco, y un espejo del amor adulto en el que nos vemos reflejados. Por más datos, acá te dejo la nota de Emanuel Bremermann.
Enzo. La miniserie Portobello, una producción original de HBO dirigida por el reconocido director italiano Marco Bellocchio, tiene seis episodios y promete ser muy buena. Todavía no la empecé pero está en primer lugar en mi lista de pendientes, sobre todo luego de leer críticas interesantes sobre esta historia que reconstruye uno de los mayores escándalos judiciales de la Italia contemporánea: el caso del popular presentador televisivo Enzo Tortora. El hombre convocaba a millones de italianos frente a la pantalla de TV, pero la fama no basta cuando se instala una acusación basada en testimonios dudosos que lo vinculan con la mafia, y que desencadena una devastadora caída pública y judicial. Al final, es mucho más que una historia basada en hechos reales; es una reflexión sobre el poder de los medios, la fragilidad de la justicia y la velocidad con que la opinión pública puede destruir una reputación.
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Otro Sherlock. Estrenó hace pocos días la nueva serie Young Sherlock (Amazon Video), una nueva historia basada en el célebre detective creado por Arthur Conan Doyle. Solo vi el primer capítulo y me entretuvo. Ambientada en el Oxford de la década de 1870, sigue a un Sherlock de 19 años que, por su edad, es todavía muy impulsivo, brillante e indisciplinado. De entrada queda envuelto en un asesinato, y para demostrar su inocencia comienza su primera investigación. Y así nace la leyenda. Dirigida por el talentoso (y no siempre parejo) Guy Ritchie, tiene un poco de misterio, mucho de aventura y la velocidad de la juventud. No creo que sea tan divertida como The Gentleman (Netflix), del mismo director y que tendrá segunda temporada, pero alcanza para entretener.
La noche de las películas
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Este domingo 15 es día de los Oscar y, a pesar de todas las críticas que recibe regularmente la Academia por sus transmisiones aburridas y por sus elecciones casi siempre polémicas, seremos millones los que nos prenderemos a ver la ceremonia que premia al cine en inglés (con excepciones). Este año me entusiasma porque hay muchas películas buenas y muy diferentes entre sí. En la misma categoría de Mejor película, por ejemplo, compite una historia de revolucionarios o terroristas (todo depende del prisma con el que se mire), una de vampiros y racismo, otra de ambición desmedida por la fama y el triunfo, una del monstruo universal por antonomasia (que al final, es sobre todo una víctima), una hablada en noruego impecablemente escrita y actuada, y hasta una brasileña.
Si miro la competencia de este año están, como siempre, los que “deberían ganar" y los que “probablemente ganarán”, dos categorías que en Hollywood rara vez coinciden. En Mejor película, la épica gótica y racial de Sinners la hacen una candidata fuerte; tiene el récord de todos los tiempos con 16 nominaciones y una ambición visual y política que seduce a una Academia confundida por los cambios de estos años. También puja por ganar One Battle After Another, de Paul Thomas Anderson, una buena película que no me deslumbró, aunque es de las mejores de Leonardo DiCaprio. Si yo fuera la dueña de la Academia ganaría Sentimental Value, la noruega dirigida por el ascendente Joachim Trier, o incluso Sueño de trenes, una poesía en imágenes que ya se puede ver en Netflix.
Como Mejor director seguramente se quedará Anderson con la estatuilla dorada, pero yo se la daría al noruego o incluso a Josh Safdie, que logró tremendo ritmo en Marty Supreme.
En Mejor actor la carrera está entre Timothée Chalamet por Marty Supreme y Michael B. Jordan por Sinners, aunque Ethan Hawke podría dar una sorpresa por lo que dicen que es una gran actuación en Blue Moon. Esta vez Di Caprio también se la merece, al igual que Chalamet, a quien reconozco que no le tenía confianza, pero me cerró la boca luego de ver el film que protagonizó y coescribió.
En Mejor actriz todo apunta a Jessie Buckley por Hamnet y en este caso se la merece por su actuación devastadora de una madre que pasa por todos los estadios de la felicidad y el dolor. Debo reconocer que me encantó Renate Reinsve, la protagonista de Sentimental Value, que habla con el rostro sin emitir sonido. Y no dejes de ver If I Had Legs I'd Kick You, en la que Rose Byrne la rompe.
En Película internacional seguramente gane El agente secreto, de Brasil, pero le daría el premio a Sentimental Value (que no va a ganar en Mejor Película)
Los Oscar tienen mucho de estrategia y algo del mejor cine. Al final, más que premiar películas, Hollywood premia la historia que decide contarse sobre sí mismo cada año. Y, cada año, yo le sigo el juego.
Chau chau, adiós
Me despido con tremenda banda sonora, perfecta para acompañar los mil y un sentimientos de la serie que hoy te recomiendo, Los Años Nuevos. Una joyita que incluye a la muy buena Asilo, de Jorge Drexler.