11 de abril de 2011 19:05 hs

Las elecciones al Parlamento Europeo de esta semana son un ejemplo del nuevo estado de ánimo de Europa. En Alemania y Francia los electores votaron a los partidos conservadores en el poder o a partidos de centro. En España y el Reino Unido, castigaron a los partidos de centroizquierda en el poder. En general, la izquierda fue derrotada.

“Los socialdemócratas fueron vapuleados por su creencia de que los electores concuerdan con utilizar dinero de los contribuyentes para ayudar a empresas en problemas”, me dijo Wilfried Prewo por correo electrónico. Prewo es responsable ejecutivo de la Cámara de Industria y Comercio de Hannover, que representa un área de Alemania en la que se encuentra la sede de Volkswagen.

Días antes de las elecciones, la canciller alemana Angela Merkel se quejó públicamente de que el Banco Central Europeo había cedido a la presión internacional para comprar activos, igual que Estados Unidos. Merkel no ve con buenos ojos la inyección de dinero de la Reserva Federal de Estados Unidos en la economía mundial.

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La dinámica subyacente en todo esto es un intercambio entre la política fiscal y la monetaria del que se ha hablado poco. En los tiempos recientes los impresionantes desembolsos fiscales de Europa le permitían seguir una política monetaria más estricta, mientras que Estados Unidos utilizaba la política monetaria como substituto de un gasto fiscal del tamaño del de Europa.

El dinero fácil permitió a Estados Unidos ocultar la medida en que estaba sobornando a sus ciudadanos. Es más fácil decirte a ti mismo que el valor de tu casa está subiendo porque vives en la “Tierra de los Libres” que admitir que está subiendo por una política gubernamental errónea.

Consideremos la percepción del público sobre Europa y Estados Unidos.

Europa, especialmente Alemania, funciona con una eficiencia notable. Sus ciudades dignifican a los jubilados. En Berlín, los octogenarios pueden tomar el tren hasta la cafetería en donde pagan sus cafés con leche con su pensión pública.

En resumidas cuentas, Europa es buena en eso de ser un Estado benefactor, lo suficientemente buena para ocasionar un problema. Como ha dicho el economista Edward Prescott, ganador de un premio Nobel, los europeos trabajan menos que los estadounidenses. Europa alienta el “no trabajo” hasta el punto de la parodia. Como ha dicho el especialista Stefan Theil, algunos textos de la educación media francesa advierten a los jóvenes que “el crecimiento económico impone una forma de vida agitada, que produce un exceso de trabajo, estrés, depresión nerviosa, enfermedades cardiovasculares y, según algunos, incluso el cáncer”.

Los desembolsos fiscales en Eurolandia prometen un futuro conflictivo para las próximas generaciones. Pero también distraen la atención de los electores de la política monetaria relativamente estricta del Banco Central Europeo. Esa política restrictiva surge de una memoria colectiva sobre la manera en que el dinero fácil puede destruir a los jubilados y a todo el mundo: el recuerdo de la hiperinflación alemana de los años ‘20 del siglo pasado.
Estados Unidos, en contraste, es normalmente bueno en crear y generar nuevos empleos. Por más excéntricos que sean los autores de libros de texto de Estados Unidos -y pueden ser bastante excéntricos-, no se atreven a criticar el crecimiento en la medida en que lo hacen sus homólogos europeos.

Con respecto al tema de los servicios sociales, Estados Unidos es inconsecuente. Ser un jubilado estadounidense es difícil, al menos en comparación con la vida que llevan los jubilados en Europa. En Estados Unidos la vida transcurre en el empleo, razón por la que algunos jubilados encuentran consuelo en trabajar jornadas parciales en la sección de herramientas de Wal-Mart.

Con respecto a nuestra Fed, ha sido más suelta, al menos últimamente. Unos bajos tipos de interés impulsaron un frenesí inmobiliario creado por una titulización de hipotecas poco cuidadosa, entidades patrocinadas por el Gobierno federal como Fannie Mae y Freddie Mac y dinero de China. Los alemanes obtuvieron trenes de alta velocidad; los estadounidenses, préstamos cuyo aval es la casa del prestatario.

La versión estadounidense del intercambio, política monetaria por fiscal, rara vez era mencionada explícitamente. Pero existía y consolaba a quienes al menos podían aprovechar las oportunidades económicas de Estados Unidos. Raghuram Rajan, de la Escuela de Negocios Booth de la Universidad de Chicago, es uno de los pocos que han resaltado la relación directa. En una conferencia de administración reciente, calificó la política monetaria de Estados Unidos de “paliativo” para compensar el malestar social.

Muchos hemos creído por largo tiempo que el crecimiento estadounidense puede absorber la creación de dinero, o las entradas de capital. Con un mayor crecimiento, el dinero extra es utilizado. Efectivamente, eso es lo que ocurrió en los años ‘80, durante la “Mañana en América” del mandato de Ronald Reagan, y en los años ‘90.
¿Pero qué ocurre ahora? Europa está empezando a reconocer que debe reducir el gasto fiscal, sea en pensiones, atención médica o rescates de empresas en problemas. Este comienzo probablemente no es suficiente para generar el crecimiento requerido para afrontar las pesadas obligaciones de los Gobiernos europeos. Aun así, la dirección de su política sugiere que Europa tiene un futuro más brillante que antes.
Con respecto a Estados Unidos, se está convirtiendo en un Estado más benefactor. Esto es problemático por varias razones.

La primera es que lo de ser un Estado benefactor no concuerda con Estados Unidos. Nuestra geografía y temperamento dificultan que proporcionemos servicios sociales de manera eficiente. Los jubilados no toman trenes, conducen su propio automóvil. Gastan más -mucho más cuando el precio de la gasolina sube- para llegar a su terapia física o a tomar café. Los seguros médicos federales Medicare y Medicaid son ridículamente ineficientes.

Y lo que es peor, la situación actual de un gasto fiscal elevado y una política monetaria relajada, coloca a Estados Unidos en camino hacia un crecimiento más lento. Los pronósticos sugieren que Estados Unidos quizá siga creciendo más rápido que Europa. Pero no lo bastante rápido para compensar el costo del programa Medicare Part D y otros pagos gubernamentales, no lo bastante rápido para compensar el gasto aprobado e impuesto por la Fed, el Congreso y el actual presidente, así como por administraciones presidenciales anteriores.

Un Estados Unidos que niega esto es un Estados Unidos que se miente a sí mismo.

Una segunda recesión, o la continuación de la actual, es inevitable conforme la Fed trata de corregir su pasado, especialmente si Estados Unidos sigue abusando del dólar, dentro del país o en el extranjero, para propósitos políticos.
Lo que Merkel intentaba expresar es que la política monetaria debe ser para el dinero, no para mejorar el producto bruto interno. Ese es un punto con el que se debe contar antes de la próxima “mañana en América”.

(Comentario de Amity Shlaes, de Bloomberg)

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