20 de octubre 2022 - 16:00hs

Por Gideon Rachman

Joe Biden es uno de los pocos líderes mundiales que recuerdan vívidamente la crisis de los misiles de Cuba. Era un estudiante de casi 20 años cuando EEUU y la Unión Soviética estuvieron al borde de la guerra nuclear. Ahora, como presidente de EEUU, Biden ha medio advertido que el mundo está actualmente más cerca del Armagedón nuclear que en cualquier otro momento desde la crisis que se produjo en octubre de 1962, hace exactamente 60 años.

Se han hecho algunos comentarios reprobatorios en cuanto a que Biden no debería decir esas cosas. El argumento es que, al hablar públicamente de la guerra nuclear, el presidente estadounidense está cayendo en la trampa de Vladimir Putin. El presidente de Rusia y su ejército se encuentran en una situación cada vez más desesperada. Los servicios de inteligencia occidentales creen que los rusos se están quedando sin municiones y que sólo recientemente Putin se ha dado cuenta de esto. Al amenazar con el uso de armas nucleares, Putin está utilizando una de las herramientas que le quedan: tratar de aterrorizar a Ucrania y a sus partidarios occidentales para que hagan concesiones.

Sin embargo, Biden no es el único que habla públicamente de la amenaza nuclear. Volodymyr Zelenskyy también ha dicho que Putin está preparando psicológicamente al pueblo ruso para el uso de armas nucleares. En palabras del líder ucraniano, esto es "muy peligroso".

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Ante el creciente peligro de una escalada — además del número de muertos — la ausencia de esfuerzos diplomáticos serios para ponerle fin al conflicto es tanto sorprendente como preocupante.

Para algunos de los partidarios más acérrimos de Ucrania, incluso hablar de diplomacia equivale a un apaciguamiento. Su argumento es que la única forma aceptable y realista de terminar la guerra es que Putin sea derrotado. Esto está bien como declaración de principios, pero no es muy útil en la práctica.

Por supuesto, lo mejor sería que Rusia fuera derrotada completamente y que un nuevo gobierno penitente llegara al poder en Moscú, uno comprometido a pagar indemnizaciones por la guerra y a llevar a Putin a juicio por crímenes de guerra. Pero ese resultado, aunque entra dentro de las posibilidades, sigue siendo muy poco probable. En el futuro inmediato es mucho más probable que, a medida que se reducen sus opciones, el líder ruso y su séquito sigan escalando.

Las opciones de Rusia incluyen la presión económica, el bombardeo indiscriminado de Ucrania y el sabotaje de infraestructura occidental. Pero también es probable que se produzcan amenazas nucleares cada vez más manifiestas. No se puede excluir el uso real de armas nucleares tácticas. La frecuencia con la que los líderes occidentales hacen referencia a esto y hablan de posibles respuestas — el último en hacerlo ha sido el francés Emmanuel Macron — es una muestra de las informaciones que están recibiendo en privado.

En 1962, las políticas nucleares riesgosas tuvieron como telón de fondo una diplomacia secreta que acabó por disipar la crisis de los misiles en Cuba. Ese tipo de actividad diplomática es el ingrediente que falta en la guerra de Ucrania.

El gran error es creer que la diplomacia es una alternativa al fuerte apoyo militar a Ucrania. Por el contrario, ambos enfoques deben ir de la mano y ser complementarios entre sí.

Darles a los ucranianos la ayuda militar que necesitan para avanzar en el campo de batalla los sitúa en la mejor posición posible para asegurar sus objetivos en un eventual acuerdo de paz. Pero la diplomacia no debe aplazarse simplemente hasta algún momento en el futuro. Tiene que producirse al mismo tiempo que los combates. Y los ucranianos tienen que participar y ser consultados en cada paso.

Algunos líderes militares occidentales están frustrados porque sus esfuerzos en Ucrania no están siendo apoyados por la diplomacia de forma simultánea. Como dice una fuente militar de alto rango: "La acción militar es ineficaz por sí sola. Sólo es verdaderamente eficaz cuando se combina con esfuerzos económicos y diplomáticos. Y no vemos la suficiente diplomacia".

Aunque algunos podrían suponer que hay más diplomacia secreta de lo que parece, los que deberían saber sugieren que hay pocos canales abiertos con el Kremlin. Se cree que altos cargos del equipo de Biden han hablado con sus homólogos en Moscú. Pero los resultados han sido poco inspiradores, y la parte rusa se ha apegado a los argumentos aprobados por el Kremlin.

La diplomacia de terceros podría ser un camino más fructífero. El modelo aquí podría ser el acuerdo que se alcanzó para permitir la exportación de cereales ucranianos de los puertos del Mar Negro, aliviando la crisis alimentaria mundial. Turquía desempeñó un papel crucial en la mediación de esas conversaciones. Recep Tayyip Erdoğan, el presidente turco, no es la idea que todos tienen de un intermediario estable. Sin embargo, tiene vínculos de larga data en Washington, Bruselas y Moscú.

Los indios también son potenciales interlocutores. Su falta de apoyo a las resoluciones que condenan a Rusia en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha suscitado numerosos comentarios desfavorables en Occidente. Pero puede convertirlos mensajeros creíbles en Moscú. Subrahmanyam Jaishankar, el ministro de relaciones exteriores indio, también es un operador respetado.

En Occidente, algunos de los que piensan en un eventual acuerdo de paz están considerando amplios parámetros. Rusia debe retirarse al menos hasta donde estaban sus fuerzas antes de la invasión del 24 de febrero. Ucrania debe tener asegurado su futuro como Estado viable, con acceso al mar, control de su propio espacio aéreo y garantías de seguridad fiables que no dependan de la buena fe rusa. El estatus de Crimea será la cuestión más difícil en cualquier negociación. Pero la diplomacia de alto nivel consiste en encontrar soluciones creativas a problemas insolubles. Necesitamos que haya más de esta diplomacia.

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