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Dragones, batallas y zombis: la tecnología detrás de Game of Thrones

La serie de HBO marcó un antes y un después en la historia de la televisión; una semana después de su gran final, repasamos los recursos técnicos y de innovación que se usaron en el rodaje

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25 de mayo de 2019 a las 05:04

Nadie hubiese sido capaz de predecir todo lo que pasó. Fue en el frío invierno boreal de 2006 que un productor fanático de la fantasía terminó leyendo una novela larguísima sobre siete reinos, familias nobles y una joven con el pelo amarillo incandescente que necesitaba venganza.
Luego vino una llamada de larga distancia a un escritor ermitaño reconocido en el mundillo nerd pero outsider de la cultura mainstream, un par de vuelos, unas noches de hotel, reuniones con estudios, socios, inversores, más productores y por fin el famoso almuerzo de cinco horas en California. Dos ejecutivos de camisas planchadas, un literato de barba desprolija y gafas finas, y un “sí” que cambió para siempre la historia de la televisión.

Así empezó la aventura de llevar la (por ahora inconclusa) saga Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin a la pantalla chica. Una aventura que demandaría casi una década de trabajo ininterrumpido, miles de días de rodaje en 10 países diferentes, US$ 90 millones de presupuesto solo para la última temporada y –números más, números menos– 33 millones de espectadores sentados cada semana frente a la televisión, la tableta o el smartphone para sumergirse durante una hora y pico en el exótico mundo de Poniente.

Pero también se necesitó mucha, pero mucha tecnología. 

Cuando Game of Thrones se puso al aire por primera vez no existían Snapchat, Tinder, ni Twitch. Tampoco hablábamos con Siri, o hacíamos pedidos de comida a través de Uber Eats, ni usábamos lentes de realidad aumentada. Ocho años es toda una vida en términos de desarrollo e innovación tecnológica.

La serie demandó recursos visuales que hasta entonces no eran tan comunes en la televisión. Cada temporada se volvió un producto más popular y de consumo más masivo, lo que permitía un despliegue de técnica y producción cada vez más grande.

Un dragón, dos dragones, tres dragones, un dragón zombi, lobos huargos, ciudades, ciudades explotadas, ciudades quemadas por un dragón, por dos dragones, por un dragón zombi. También batallas. Batallas épicas con miles de extras, rodajes eternos y cada vez más y más producción y más y más tecnología hasta transformar cada episodio en un evento cinematográfico de lujo.

Ahora sí, con todas las cartas sobre la mesa, hablemos de la tecnología que dio vida a Game of Thrones

Dragones 

La primera vez que los dragones aparecieron en pantalla fue montados a los hombros de una joven Daenerys resurgiendo del fuego. Eran pequeños, inofensivos y bastante rústicos en materia de tecnología. Y la última vez que los vimos en pantalla fue para derretir el Trono de Hierro con su fuego. Se vieron feroces, enormes, reales y sumamente complejos en su realización.

Lo que pasó en el medio –además de miles y miles de dólares– fue un equipo de trabajo de entre 22 y 30 animadores de la compañía VFX Studio Pixomondo –el mismo que hizo los efectos de El regreso de Mary Poppins, Liga de la Justicia, La chica en la telaraña y decenas de títulos más– solo para dar vida a estos animales fantásticos. El ascenso de los dragones comienza en la cuarta temporada, cuando el presupuesto por fin pudo empezar a coquetear con el despilfarro y la trama ameritó la inversión.

El proceso de composición empezó con la compra de un pollo del que se capturaron todos los movimientos musculares. Eso se pasó a un diseño a escala donde se pensó la forma, textura y apariencia en general de las bestias y recién entonces se planificó su entrada en la pantalla con storyboards y previsualizaciones animadas. Todo podría haberse resuelto en un estudio tapizado en verde, pero los realizadores siempre quisieron que la incorporación de todos estos elementos fantásticos se viera lo más orgánica posible. Así fue que, luego de tener el diseño del animal, se planificaron con mucha precisión sus movimientos en cada plano y sus interacciones con los personajes. Luego eso se filmaba en el set o los exteriores correspondientes. Así, todo esos planos desde el punto de vista del dragón volando por los aires se hicieron con una cámara araña –que básicamente es un equipo sujetado a ocho cables que puede alcanzar altas velocidades sin perder estabilización de la imagen– y con otra cámara dentro de un helicóptero en miniatura con mucha más potencia que un dron.

El fuego se filmó siempre por separado y nunca se generó por computadora. Los realizadores lanzaban fuego o generaban explosiones dentro de los estudios y eso lo capturaban para “pegarlo” en la escena durante la posproducción. De esta forma las escenas con dragones implicaron que se superpusieran cinco o seis tomas distintas dependiendo de lo que pasara dentro del plano. También se creó un lomo de dragón robotizado con un sistema de movimientos hidráulicos –todo en verde– para rodar por separado a Daenerys montada al animal. Los supervisores de efectos especiales dijeron en más de una entrevista que estas siempre habían sido las tomas más difíciles de filmar por los movimientos digitales previos que debían tener coordinados.

Batallas

La Batalla de los Bastardos en la sexta temporada fue un momento bisagra en Game of Thrones. Su realización está inspirada en algunos de los mejores momentos de El Señor de los Anillos, como la batalla en el Abismo de Helm. Fue la primera vez que el equipo de producción de la serie demostró lo que era capaz de lograr. Antes estuvo la batalla de Blackwater en la temporada 2, la de Castle Black en la 4 y la de Hardhome en la 5. Después vinieron los enfrentamientos en Goldroad y la batalla final de Winterfell (fue la final porque el genocidio de King’s Landing seguro que no cuenta como batalla, fue más bien una masacre).

Lo interesante de la filmación de estas escenas y secuencias es que mezcla lo mejor de los dos mundos: el del montaje digital y el rodaje tradicional. Si bien todas las batallas tuvieron su propio grado de complejidad y despliegue técnico, la Batalla de los Bastardos y la de Winterfell fueron las más épicas y demandantes. Para la segunda, por ejemplo, se necesitaron 50 noches de rodaje ininterrumpido y seis meses de planificación, más otros tantos meses de edición.  En la primera se invirtieron 25 días, con 500 extras –que hicieron los papeles de ambos ejércitos–, 70 caballos, cuatro equipos de cámaras y 65 actores.

El diseño de los efectos estuvo a cargo del estudio australiano Iloura, el mismo que dio forma al mundo posapocalíptico de Mad Max: Fury Road. Se necesitaron 90 profesionales del CGI (imágenes creadas por computadora, en sus siglas en inglés) que trabajaron sobre 150 tomas distintas. “Tuvimos que introducir un nuevo software dentro de la industria cuando estábamos haciendo Game of Thrones y, en particular, una pieza de informática que permitía la duplicación de multitudes, nunca habíamos usado eso antes”, declaró Simon Rosenthal, jefe de efectos especiales en Iloura. 

Caminantes blancos y otros demonios

La séptima temporada tiene una escena bastante memorable en su episodio número seis. Jon y un séquito de salvajes cruzan el muro en busca de un caminante blanco y se encuentran con un oso polar convertido en zombi. El rodaje de esta escena se hizo en una gran caja de CGI en la que los actores no tenían casi referencias porque todo se hizo con efectos especiales en una computadora.

Quitando las imágenes generadas digitalmente, el oso no es más que un hombre vistiendo un traje verde sosteniendo una larga varilla con una pelota en la punta, hecha para replicar los movimientos de la cabeza del animal. Cómo convirtieron un muñeco de color en un animal salvaje hay que preguntárselo a Alan Taylor, director de ese episodio. En una entrevista con Entertainment Weekly explicó que fue un proceso “increíblemente desalentador” para los actores por las dificultades del rodaje y que gran parte del mérito lo tienen los responsables de la animación.

Siguiendo en la línea de los demonios blancos, están los White Walkers. Lo interesante de la creación de estos seres no vivientes es que unió al equipo de efectos especiales con el de caracterización. Gran parte de lo que se puede ver en pantalla con estos personajes es maquillaje y prótesis de silicona. Aunque también dejaron espacio para pequeñas “pantallas verdes” en los rostros de los actores que ayudaron a dramatizar más la apariencia de los caminantes.

Ciudades

Las ciudades tienen mucho peso en Game of Thrones. Son las que contienen a la trama y todos los personajes: las que ponen en contexto a la historia. La realización de las ciudades es, probablemente, lo que implicó un desafío tecnológico menor para el equipo de producción. En la primera temporada se nota el abuso de la luz artificial y los escenarios hechos a medida, pero cuando la serie avanzó las escenas se empezaron a filmar en locaciones reales de Croacia, España, Islandia e Irlanda para generar una atmósfera más realista, algo que –a pesar de ser una historia basada en un mundo ficticio– los creadores siempre buscaron.

Tomando de base ciudades como Dubrovnik, el equipo de diseño y efectos especiales compuso Poniente en posproducción agregando detalles –y no tanto– en los diferentes planos. Por ejemplo, Braavos en la ficción es Sibenik en Croacia. El equipo de CGI recibió más de 1.390 tomas para procesar y editar, lo que significó una escala similar a la que se utiliza en grandes producciones cinematográficas. Montar para la pantalla a esta ciudad sumergida en la opulencia fue uno de los desafíos favoritos de Steve Kullback, director de efectos especiales. La idea era generar un ambiente intimidante para la audiencia que hiciera sentir el poder del dinero. 

Otras locaciones, como el muro de hielo en el norte, implicaron un desarrollo tecnológico mayor porque los efectos especiales, además de darle forma a la ambientación, debían transmitir el frío y la hostilidad. Para lograrlo se modificó la textura y el color.      

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