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El arte de saber perder

Le llevó cinco días a Daniel Martínez aceptar su derrota, demostrando una paupérrima lectura de las circunstancias y de la importancia de lo ocurrido

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29 de noviembre de 2019 a las 15:02

Los buenos modales y la cordialidad trascienden las ideologías y las ideas políticas. Los buenos modales y la cordialidad definen a la gente civilizada y con suficiente inteligencia emocional como para nunca perder de vista la capacidad de respeto y de comunicación con el otro. En cualquier aspecto de la vida resultan fundamentales, sobre todo si atañen al comportamiento de figuras de la vida pública. Si alguien quiere imponer sus ideas políticas por encima de la cordialidad y los buenos modales, pierde al instante su credibilidad. Mancha su imagen de tal manera, que ni siquiera con un detergente quitamanchas ni con el paso del tiempo logran repararla.

Más allá de las discrepancias que puedan existir, tengo una buena opinión del presidente Tabaré Vázquez por dos cosas que resumen parte de su carácter. Siete años atrás, en abril de 2012, lo invité a la presentación de uno de mis libros publicado por editorial Planeta (mi querida amiga y editora Claudia Garín debe recordarlo) y al día siguiente de que le envié la invitación, su secretario me respondió diciendo que el doctor Vázquez agradecía la invitación, pero que no iba a poder estar presente debido a un compromiso que había contraído con anterioridad. Qué importa si tenía o no un compromiso, para mí era lo mismo; lo importante, lo verdaderamente importante, fue la cordialidad demostrada mediante el no tan simple hecho de responder y agradecer la invitación.

Fue también el doctor Tabaré Vázquez, quien, en una sutil muestra de hospitalidad y tolerancia, recibió al entonces presidente estadounidense George W. Bush, con quien seguramente no ha de estar de acuerdo en infinidad de cosas, pero con el cual debe de haber tenido más de una conversación interesante, una de ellas supongo, durante las horas que dedicaron a pescar. Vázquez dejó al Uruguay bien parado. Cuando a la memoria por escrito le toque hacer su veredicto, lo va a recordar, entre otras cosas, por eso.

Nadie debe sentirse obligado a comulgar con las mismas ideas políticas para tener un intercambio de ideas directo, productivo y profundo con un semejante. Hablo por experiencia. Dos de los mejores amigos que he tenido, Amir Hamed y Ariel Méndez, ambos difuntos, escritores de alta gama y nivel internacional (es el mejor elogio que se le puede hacer a un escritor uruguayo, sobre todo en tiempos en que se puso de moda mirarse al ombligo), profesaban ideas afines al comunismo y sin embargo, nunca caímos en la imperdonable necedad de pelearnos por cuestiones políticas de corta permanencia, que tanto daño han hecho en la historia de la humanidad.

Por una cosa de mente o de alma, vaya uno a saber, siempre supimos estar por encima de las circunstancias, a la hora de escribir, y de compartir la definición de eso tan indefinible llamado amistad. Aún recuerdo el último diálogo con el genial y generoso Ariel, en su apartamento frente al Hospital de Clínicas, diciéndome con whisky en la mano y con su demoledor humor que tanto extraño, “vos no sabés che lo difícil que es ser estanciero y comunista al mismo tiempo”. O la conversación final con Amir, en su lecho de muerte, cuando en un momento de entrañable hondura emocional, una epifanía casi de posdata, me dijo, como si se lo estuviera diciendo a sí mismo: “¡en cuánta pelotudez pierde tiempo la gente!”.

¿Cuánto tiempo valioso y productivo perdió el país durante el largo periodo que terminó el domingo pasado con la reciente visita a las urnas? Ha sido una inversión económica y emocional muy grande que sirve para justificar con argumentos –pongámoslo así– la existencia de un país políticamente activo. El candidato presidencial Daniel Martínez debería haberlo tenido en cuenta antes de cometer el desaire que cometió contra la democracia uruguaya, cortando la larga tradición, universal ya, de llamar al candidato opositor una vez terminada la jornada electoral.

En la vida, hay que saber perder. No es fácil, lo sé. Fui finalista en tres premios literarios con monto superior a los 60 mil dólares y en ninguno de los tres gané. Después de un largo proceso de selección, llegué a ser también finalista para una beca de 100 mil dólares, y tampoco gané. Pero en ningún momento me dio por salir a patalear por el resultado adverso y despotricar contra el jurado o contra el ganador. Si uno compite por algo, debe estar preparado para perder. Es parte del encanto de saber competir. Además, quiérase o no, uno debe acostumbrase a una inapelable lógica binaria: si se aceptan las reglas universales del acto de competir por algo, se aceptan también las dos opciones que hay como posible resultado: ganar o perder (los empates son solo para el fútbol).

Daniel Martínez parece que no lo sabía. Para peor, lo vino a aprender en el lugar con mayores exigencias, ante el cual siempre hay que actuar con mucho tacto: en público, frente a la historia y al periodismo internacional, que no entendió bien lo que estaba pasando. Un momento de esplendor de la democracia uruguaya fue seriamente empañado por la paupérrima lectura de las circunstancias y de la importancia de lo ocurrido que hicieron Martínez y sus asesores.

Con casi todas las cifras sobre la mesa, la noche del domingo presentaba un veredicto inapelable. Martínez y sus asesores lo sabían, pero igual especularon, jugaron a la pueril carta de generar nerviosismo porque sí. Uno se pregunta. Si no supieron cómo actuar de la forma correcta en un momento como ese, lo repito, con los ojos de todos los medios informativos internacionales prestando atención a la conclusión de una jornada electoral histórica, es mejor que no estén en el cargo más alto cuando haya que tomar decisiones sobre otros problemas. Haga lo que haga de aquí en más, Martínez deberá cargar con ese estigma. Quedará en la historia como un mal perdedor, que disfrutó con euforia la remontada, pero no pudo aceptar que la misma no le fue suficiente.

Ni en la vida ni en nada hay derrotas dulces. Tampoco hay victorias morales. Los eufemismos no sirven, mejor dicho, son de una inutilidad absoluta. Hay alguien que gana, y otro pierde. Hay un éxito y un fracaso. Los adjetivos no agregan nada, ni cambian el veredicto irrefutable del resultado. Hubo una época en que los clubes uruguayos de fútbol, también la selección, jugaba mal, perdía peor, y terminaba muchos partidos a los golpes, dando una pésima imagen respecto a educación y comportamiento. Nadie quiere volver a esos tiempos, me parece.

 

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