La reacción positiva de los mercados de valores a la actitud más sosegada del presidente Donald Trump en relación a la guerra comercial entre Estados Unidos y China es un mensaje sugerente de que el mundo no quiere un enfrentamiento con bombas arancelarias.
El proteccionismo no favorece a nadie y solo lleva a la pérdida de riqueza en las naciones ricas y pobres.
Fue notorio el cambio de tono de Trump en la reciente cumbre del G7 en Francia, dejando a un lado la diatriba contra el gobierno de Xi Jinping al que había amenazado con más aranceles al comercio e incluso con la salida de empresas estadounidenses de Pekín, un cóctel explosivo para el funcionamiento del comercio. Estados Unidos y China representan alrededor del 40% de la economía mundial y sus intercambios comerciales son clave en la cadena de suministros globales.
Pero todavía es muy pronto para descifrar si se trata de un cambio en serio de la actitud de Trump.
Lo que es muy claro es que el presidente tiene dos opciones con efectos contrapuestos. Como bien explicó el periodista Peter S. Goodman en The New York Times, el lunes 26, puede seguir adelante con su batalla sin cuartel contra China o, en su lugar, impulsar el crecimiento económico de su país y del mundo.
No puede cumplir las dos cosas a la vez, pero sabe que de la marcha de la economía depende su permanencia en la Casa Blanca, lo que puede ser un importante incentivo que explicaría por qué ahora Trump dice que Xi es un gran líder y que cree que está dispuesto a llegar a un acuerdo.
La inestabilidad en el mercado de valores y la desaceleración de la economía mundial son una consecuencia de la guerra comercial entre los dos principales países del mundo.
El ejemplo de Alemania es muy ilustrativo de lo que está sucediendo en los negocios globales. La locomotora de Europa camina rumbo a la recesión debido en parte al golpe en sus exportaciones de las menores compras de China de productos fabricados en Alemania.
En Asia, la caída del comercio se ha sentido en Singapur, Corea del Sur y hasta Vietnam se ha resentido, pese a que ha captado inversiones de grandes empresas que están buscando mitigar el impacto de la guerra comercial.
Todos somos vulnerables a la guerra arancelaria. Hasta Uruguay. Esta semana El Observador informó de la estrepitosa caída de las ventas de troncos de pino a China, que producía bienes industriales que luego vendía a EEUU.
El mayor aliciente de Trump para apostar a la mesura es que está comprobado el daño proteccionista en las empresas y consumidores estadounidenses, según investigaciones de la Universidad de Princeton y la Universidad de Columbia, la Reserva Federal de Nueva York y el Fondo Monetario Internacional. La disputa comercial está dañando a productores estadounidenses de soja, cerdo y trigo, entre otros bienes agropecuarios, y ha habido una fuerte caída de las exportaciones agrícolas a Pekín.
El enfrentamiento con China se está convirtiendo en Estados Unidos en un asunto político y está a un chasquido de transformarse en un problema electoral para el presidente.
Si quiere continuar viviendo en la Casa Blanca, Trump necesitará cultivar la virtud de la templanza en relación a China. Si en parte lo hizo con el coreano Kim Jong-un, ¿por qué no con Xi?