Opinión > COLUMNA/EDUARDO ESPINA

El camino es el único

Se cumplen 60 años de la publicacion de On the Road, de Jack Kerouac

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16 de julio de 2017 a las 05:00

Uno de los libros más influyentes del siglo XX es On the Road (En el camino), de Jack Kerouac, publicado por Viking Press el 5 de setiembre de 1957. Se cumplen por consiguiente 60 años de una obra que vino a imponer, incluso por sus derivados en la cultura popular, una escritura fuera del tiempo, un lenguaje sin edad.

En 2002, un millonario estadounidense, propietario de un equipo de fútbol americano compró en una subasta el manuscrito de On the Road (un rollo de hojas de télex de 40 metros de largo) por US$ 2,43 millones, suma récord para el original de una obra literaria. Convertido en talismán biográfico de Kerouac (autor de culto y reverencia: Johnny Depp pagó US$ 15 mil por la gabardina del escritor), el libro es un desformalizador panorámico de las formas de narrar, en tanto pone en marcha –y no solo por su título– una metonimia ritualista, un movimiento centrífugo que lleva hacia donde la anécdota no, esto es, más allá de las palabras.

La disparatada frecuencia de las meditaciones es capaz de renunciar a todo, menos a su continuidad. Si bien la geografía del entusiasmo y de la espontaneidad precede al afán narrativo, termina sirviendo a este en todos sus términos.

On the Road fue un fetiche de la cultura popular. Según William Burroughs, "On the Road vendió un billón de Levi's y un millón de máquinas de café espresso, y también mandó a infinidad de muchachos al camino".

On the Road es el viaje autobiográfico hacia una constelación que faltaba descubrir. "Lo escribí porque todos vamos a morir", dijo Kerouac sobre esa errancia recontada, revelando un mundo que en las palabras aprendió a quedarse despierto. En los 20 días que le llevó escribirla, Kerouac solo hizo eso: "Escribir es una forma de hablar sin ser interrumpido" (Jules Renard). Casi no dormía, y entre frases y adjetivos pensaba. Narraba lo que creía ser real.

La camuflada normalidad del relato destaca una asamblea de voces venidas de manera simultánea a la voz autoral, la cual, mediante un torrente de desperdicios –o eso parecen– construye un palacio cristalino. Situadas en unidades de lectura nada convencionales, las frases cortan como bisturí que separa al individuo de la empresa entristecedora de la realidad. La historia contada, con su propensión a inspirar respuestas y acelerar los sentidos es la promesa de un viaje que mientras se realiza informa sobre inicios y sentimientos. Es la trayectoria de una experiencia contra el mundo ocurrida en la avenida principal de este.

La prosa "espontánea" está basada en sketches de la novela escritos previamente, antes de mecanografiar la versión definitiva entre el 2 y el 22 de abril de 1951. Obsesionado por las responsabilidades de la palabra escrita, Kerouac la revisó mucho antes de publicarla seis años después, cambiándole incluso el título original, que era Visions of Neal. La escritura le llevó trabajo –desordenar el caos no resulta fácil– porque sabía que la suya era una práctica desacomodante de todas las reglas de la prosa. Corrigió una y otra vez para hacer más espontáneo el control autoral, para hacer de la suma de excepciones la nueva regla. Y el control autoral quiso mantenerlo incluso después de publicado el libro.

En enero de 1958, en carta al productor cinematográfico Jerry Wald, Kerouac pedía que la versión cinematográfica de On the Road "no fuera violenta, ni presentara a pendencieros y atorrantes, sino una película sobre muchachos de buen corazón haciendo cosas salvajes por desesperación". "Encuentro a la vida mucho menos violenta que lo que hacen el cine y la televisión de ella", dijo. En 1995, Francis Ford Coppola anunció que dirigiría una versión del libro, pero el proyecto terminó a cargo del brasileño Walter Salles (Diarios de motocicleta). Se estrenó en 2012 y puede decirse, considerando las críticas y la recaudación total (no superó los US$ 9 millones) que pasó sin pena ni gloria. Me gustó, pero no volvería a verla. Al libro, en cambio, lo he releído infinidad de veces, en diferentes etapas de la vida. Aún resiste las relecturas.

Para Kerouac, escribir fue la otra válvula de escape (además del alcohol) para hacer más leve la monotonía de estar vivo. Fue la configuración de una iniciativa iconoclasta que empezó en menos y terminó en todo. Vivió y murió pobre (en un pueblo de Florida, a los 47 años, con el hígado liquidado por la bebida). No completamente pobre, más bien con la pobreza de esos católicos venidos del frío para quienes un buen trago y una conversación sostenida hasta tarde ya son signo de riqueza.

Cada vez que viajaba –vivió en un viaje y como no dejaba de hacerlo sigue–, para cumplir aquello de que la vida se hace en el camino (mucho antes, en un verso, Antonio Machado dijo lo mismo), Kerouac cargaba una pequeña valija; casi vacía. Casi era una botella de whisky y un crucifijo que ponía junto a la cama y antes de dormir rezaba. Coincidencias escatológicas. Su libro preferido fue La historia de un alma, de Santa Teresa de Lisieux, y su gran amigo fue el cura de Lowell, el primero en visitarlo en su lápida.

En diciembre de 1987, solo, visité la tumba de Kerouac en Lowell, Massachusetts. Donde nació, está enterrado. Lowell me pareció un pueblo horrible, y ese día, de nieve, grisura y frío, lo era incluso más. En Some of the Dharma (libro anterior a On the Road), Kerouac escribió: "Soy infeliz porque mi vida es fría y extraña". En la lapida, escrita en lenguaje humano, leí lo siguiente: "Ti Jean / John. L. Kerouac / Mar 12, 1922 - Oct 21, 1969 / He Honored Life". Dijo George Steiner: "El santo, el iniciado, no solo se aleja de las tentaciones de la acción mundana; se aleja también del habla. Su retiro a la cueva de la montaña o a la celda monástica es el ademán externo de su silencio". Sobre Kerouac, agregaría: su retiro a la lápida fue el gran ademán, el que vino después del último. Ahí el habla no puede estar más distante de su repercusión, y sin embargo en silencio habla, todavía lo hace.

En esa visita comprendí que las fechas del principio y del final son las mismas en todos los idiomas. Vi lo que había, apenas eso.

Una ventana de mármol me impedía mirar por dentro el más allá, el punto de partida. No podía ver ni encontrar a Kerouac, callado al otro lado. Bajo tierra, un poco más lejos, quieto como las palabras de esos libros que nadie lee, quieto de tanto haberse quedado en el mismo sitio: en un camino inmóvil.
Dije lo que tenía que decirle, muy poco que ya no supiera, y me fui pensando en algo ocurrido la noche anterior. La última frase, la que dije antes de "Jack, creo que no nos volveremos a ver" (tanto lo había leído que podía tutearlo), me salió rara, temblorosa, como sintiendo que ni la transparencia del aire a medio moverse ni el papel tranquilo donde escribí estas palabras le darían cabida. La dije una sola vez y creo, por el raro comportamiento del viento, que sí, que a algún sitio llegó.

Cuando me di vuelta, las palabras ya no estaban. De regreso, en el ómnibus, repetí la frase sobre el muerto salida en silencio del mármol: "He Honored Life" (Honró la vida), sentencia maravillosa para despedirse todos los días del mundo, y yo había ido a decírsela.

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