Opinión > Magdalena y el bibliotecario inglés

El consejo de Petunia y Pensar en otras cosas

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15 de diciembre de 2019 a las 05:00

Estimado Leslie:

El consejo de Petunia

Me dio mucho gusto hablar por teléfono con usted. No solo porque tengo una especial debilidad por la received pronunciation típica de los ingleses oxonienses (que omiten la pronunciación de la “r” en palabras como car o art, por ejemplo), sino también porque después de conocer su voz,  sus cartas tienen una sonoridad mucho más intimista.  La voz es un reflejo del carácter de una persona, y le otorga un tono singular a lo que se dice. Nada como el “Poema de los dones” recitado por el mismísimo Borges, o “Nirvana” en la voz rasgada de Bukowski –que no es el mismo poema cuando lo recita Tom Waits–.

El intimismo no es, sin embargo, una cualidad de la Filosofía, que aspira a una aprehensión de la realidad lo más objetiva posible.  Por eso,  salvo algunas pocas excepciones como San Agustín, Cioran, Kierkegaard o Nietzsche, es muy difícil escuchar la voz de los filósofos que, por regla general, permanece silenciada detrás de sus ideas desapasionadamente expresadas. Esto, desde luego, tiene su razón de ser; no solo porque la impresión personal es como “perejil en feria” (con “tocar de oído” basta para tenerla), sino, más aun, porque la subjetividad nos condena a permanecer cautivos de nuestros propios apegos y creencias.  La Filosofía persigue la superación de esa propensión egoica a valorarlo todo desde nuestro propio punto de vista, imponiéndonos el arduo ejercicio de levantar la mirada desde el ombligo hacia una óptica más amplia y justa de lo que nos rodea.

Por “deformación profesional”, estoy acostumbrada a oscilar entre el intimismo y la ecuanimidad.  Como filósofa busco arrancar las anteojeras que obstruyen la mirada y nos impiden pensar en libertad.  Como psicóloga clínica, en cambio, entiendo que la única forma de liberarnos de las anteojeras es a través de la observación y análisis de nuestra tendencias más subjetivas. Porque de nada sirve levantar la mirada si no podemos comprender lo que vemos. Y para comprenderlo, debemos observarnos y examinarnos a nosotros mismos primero.

A cada facultad le debo el aprendizaje del valor y la importancia de ambos enfoques, pero la inestimable riqueza de su combinación la aprendí de una colega suya, que en mis épocas de rebeldía adolescente me enseñó muchas de las cosas que no encontraba en las típicas clases del liceo.  Siempre que podía “ratearme” una clase poco estimulante,  corría a la biblioteca a refugiarme en el cuartito de Petunia (su nombre real es Susana, pero nunca escuché a nadie llamarla así), lleno de papeles y libros esparcidos sobre el escritorio, los anaqueles y el piso. ¡Cómo me gustaba ese cuartito! Mientras Petunia llenaba fichas bibliográficas o escribía reseñas de libros con su lápiz siempre perfectamente afilado, yo me sentaba en el piso para que no me viera el adscripto y aprovechar esos momentos para bichar los libros recién llegados o charlar con ella.

La búsqueda de la verdad es un llamado que me acompaña desde que tengo conciencia, y en ese entonces me inquietaba muchísimo la idea de que para ser una buscadora auténtica necesitaba no hacer caso a preocupaciones más banales o frívolas, como qué vestido ponerme para la próxima fiesta. Porque lo cierto es que mientras me preguntaba por la naturaleza del Bien, la Verdad, la Justicia o la Belleza, también disfrutaba buscando un lindo vestido o deliberando con mis amigas qué haríamos durante las próximas vacaciones de verano o primavera.

No recuerdo haberle manifestado explícitamente esta inquietud a Petunia, pero ahí en el cuartito, entre charlas de literatura, política y filosofía, ella supo descubrirla.  Y lo sé porque un día, de repente, como de la nada, me dijo: “Male, tu fortaleza está en ver la importancia de lo sustancial, y también de lo superfluo”.  Hay hechos que nos marcan de por vida, y aquellas palabras de Petunia han sido desde entonces, entre tanto prejuicio propio y ajeno, una guía decisiva para mí.  Porque, como dijo Max Scheler, necesitamos un poco de frivolidad metafísica, “esa jovialidad y desenfado filosófico ante la gravedad e importancia del pensamiento de la muerte” (y de la vida). Así,  ahora puedo –sin ningún tipo de prurito– deleitarme, no solo con la calidad de sus argumentos, sino también con su received pronunciation, que agrega un tan distinguido toque de elegancia a sus ideas. 

Pensar en otras cosas

Estimada Magdalena:

Me conmueve esa memoria de Petunia que, además, tan bien nos deja a los bibliotecarios. En momentos de desconcierto y perplejidad, ella le dio a usted, el mejor consejo: que nunca, por ningún motivo, debía usted reducir la vida a sus aspectos más serios. Que a veces hay que dejar de lado al superhombre e ir a hacerse las manos: después de todo, Nietzsche y la manicura viven en un único y mismo Universo.

Los filósofos tienen el peligro de caer, y de hecho muchos de ellos caen, en una insoportable solemnidad. Un buen ejemplo de lo que le digo, quizás lo constituya aquel famoso párrafo del Discurso del Método, en el que Descartes confiesa: “No sé si debo hablaros de las primeras meditaciones que hice allí, pues son tan metafísicas y tan fuera de lo común…”. (Por Dios, Renato). No todos los filósofos son así, y no todo el tiempo, pero hay suficientemente de eso en la Filosofía como para que yo pueda sostener mi proposición. Recuerdo ahora, el impresionante testimonio de Edith Stein en su “Historia de una familia judía”, cuando cuenta cómo durante la preparación de alguno de sus grados académicos pensaba continuamente en arrojarse bajo las ruedas de un auto y terminar con sus días. ¡Tan duro puede llegar a ser el pensar!

En realidad, creo que esa cierta tristeza o solemnidad es, en el caso de la Filosofía, casi una convención de género. De la misma manera que en una novela policíaca el solitario detective lleva siempre varios días sin afeitarse y fuma un Camel sin filtro bajo el sombrero de fieltro, a algunos filósofos les encanta carecer en absoluto de alegría. Como si la solemnidad, la altanería y la ausencia de humor y de alegría fueran la terrible consecuencia, la adecuada y necesaria consecuencia, de haber comprendido, de haber visto la verdad… ¡Pero la verdad solo es triste por accidente!

Y es ahí que el consejo de Petunia alcanza toda su –si me permite– inmensa maravilloseidad. Lo que ella le dijo no es que dejara de pensar, sino que tuviera cuidado con que pensar no le robara la alegría. Es curioso que una bibliotecaria fuera tan consciente de los peligros que acechan en el camino de las jóvenes filósofas. Quizás entendía que, aunque nuestros pensamientos son para nosotros mismos de una importancia capital, el Universo puede muy bien pasarse sin ellos -n’en deplaise à Descartes. ¡Cuántas cosas suceden sin nuestra intervención! Incluso en nuestra propia vida, como muy bien apuntaba Lennon. No somos tan importantes. ¡No somos para tanto!

Esta luminosa verdad la sostiene Kierkegaard de un modo muy atractivo, al final de su “Tratado de la desesperación”: “Es, por decirlo de manera figurada, como si un autor cometiera un error al escribir y como si ese lapsus cobrara conciencia de sí mismo… como si se rebelara contra el autor, le impidiera corregirlo y dijera: No, no quiero ser borrado, quedaré como testimonio contra ti, testimonio de que eres un escritor bastante malo”.

¡No somos para tanto!

Quizás Homero sintió, en algún momento que, entre tanto héroe, su poema se había hecho demasiado solemne. Y siguiendo el consejo de Petunia, decidió insertar en La Ilíada un momento tierno y liviano, como de comedia, un lapsus homérico, digamos. Estamos en el Canto VI, y con toda la intensidad dramática que los demás quisiéramos para un día de fiesta, Homero está haciendo que Héctor (de broncíneo casco) se despida de Andrómaca (su mujer, de blancos brazos), ante las puertas Esceas, antes de entrar en combate. Las evocaciones son lúgubres: a los héroes no se les escapa que posiblemente todo terminará mal y que los espera un destino trágico. De eso hablan, eso se cuentan, durante 75 largos e inolvidables versos. Durante todo ese tiempo, como un elemento intensificador de la tragedia, una nodriza sostiene al hijo de ambos, Astianacte, que todavía no habla… Al terminar su discurso y antes de marcharse, Héctor estira los brazos para tomar al niño y besarlo, pero este, asustado ante el casco de bronce y los penachos de su padre, se refugia en su nodriza y grita… ¡Y Homero deja que Andrómaca y Héctor se rían a carcajadas!

¡No todo es morir y pensar! A veces es necesario hacerle caso a Petunia y dejar que anide en nuestros labios la alegre avecilla de la liviandad.  

 

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