Domingo de tarde, esquina de Magallanes y La Paz, en pleno “off Tristán Narvaja”. Una sábana blanca sucia tirada sobre el pavimento y algunos libros desperdigados, como niños en un orfanato dickeniano. Cerca hay de todo, como en botica: repuestos herrumbrados, zapatos que no llegan al par, tocadiscos rotos de una era prehistórica y una serie de objetos que difícilmente puedan tener un comprador pero que la porfía de los vendedores exhibe a la luz del otoño con cierta impudicia. Miro, vicho, olfateo. De pronto, uno de los libros capta mi atención.
El cronista menos pensado
El realismo literario ambientado en la capital uruguaya tiene un buen precedente de Benedetti; bastante antes, el olimareño Serafín J. García le había echado el ojo a la ciudad