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6 de noviembre 2020 - 21:18hs

Disculpe, vecina. Disculpe esos viernes y sábados de frío intenso en los que 10 o 12 adolescentes se juntaron en el jardín de mi casa, sin música pero con risas y gritos. Disculpe porque se volverán a reunir en pequeños grupos y aunque seguiré supervisándolos y pidiendo que “bajen el tono” una y otra vez, igual se reirán a las carcajadas, como nos reímos todos cuando teníamos 16 o 18 años y creíamos que éramos invencibles y que todo es posible y que tu madre y tu padre son seres molestos que solo vinieron a este planeta para romperte los cataplines.

Desde hace meses vengo pensando en los jóvenes de este presente pandémico, en parte porque tengo dos en casa que pasaron encerrados buena parte del año y que aún ahora tienen clases online, de las que emergen con las pupilas dilatadas y con caras de zombis. Estos jóvenes contra los que se levantan tantas voces críticas, en algunos casos con razón y en otros con exageración. Estos jóvenes que en su gran mayoría han sido responsables, que apenas vieron a sus amigos salvo por pantallas (no por estar acostumbrados a la virtualidad se hace más llevadero), que postergaron celebraciones que son ritos de tránsito hacia la adultez, que nos vieron a los grandes preocupados y malhumorados y con miedo, y que aunque se hicieron los distraídos o disimularon sufren las consecuencias del aislamiento y el temor.

El covid-19 hace estragos en muchos frentes y la salud mental es tal vez uno de los más graves, aunque no siempre el más visible. Diversos estudios científicos han demostrado que las personas ya están gravemente afectadas. Una investigación realizada en Gran Bretaña y publicada por The Lancet, evalúa esos efectos y puntualiza que no “todos se vieron afectados por igual. Los jóvenes, las mujeres y aquellos con niños pequeños vieron que su salud mental empeoraba significativamente más que otros grupos”.

Muchos jóvenes están en un estado preocupante de vulnerabilidad mental que se ve ahora agravado por el aislamiento social, y por una realidad que hace que quienes antes los monitoreaban con atención (padres, familiares, maestros y profesores, por ejemplo) bajen la guardia porque ya tienen, tenemos, mucho para lidiar. En este año nosotros los grandes perdimos certidumbres y oportunidades, mientras que los jóvenes también perdieron eso y más, en una edad en la que la creación de vínculos sociales es clave para la cimentación de la personalidad.

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Fue un año con pocas clases, a pesar de que Uruguay fue de los primeros países en los que se volvió a las aulas, con deportes limitados, sin cumpleaños de 15 ni bailes ni campamentos. Y esta tal vez es la cara más liviana del aislamiento; para miles de jóvenes uruguayos fue un tiempo con comidas salteadas, con pobreza agudizada, con padres estresados y un ambiente de tensión constante en los hogares, que demasiado frecuentemente se tradujo en violencia.

El invierno fue desafiante y el verano lo será también, pero al aire libre. Poner el grito en el cielo cada vez que un grupo de jóvenes se junta en un lugar público, sin que lleguen a conformar una multitud, es una forma de egoísmo que en estos tiempos los adultos debemos controlar. No significa esto hacer la vista gorda, ni ser irresponsables ni ser blandos a la hora de señalarles sus responsabilidades. Significa ser humanos y recordar, por un ratito, nuestras juventudes que, aunque nos empeñemos en idealizar, no fueron tan diferentes en su esencia a la que ahora enfrentan nuestros hijos.

Los científicos uruguayos, representados en los tres que son la cara visible del Grupo Asesor Científico Honorario (GACH), que asesora al gobierno en la evaluación y medidas a tomar frente a la pandemia, también están preocupados por los efectos sobre la salud mental. Por eso, en la tercera conferencia de prensa que realizaron desde el inicio de este desastre, dijeron de nuevo que el uso de los espacios públicos se aconseja siempre, si se evitan las aglomeraciones. Revisaron todas las infecciones en Alemania en la última semana y las que se producen en lugares abiertos son mínimas, dijo Rafael Radi.

Claro que el concepto de aglomeración es tan dúctil como el sentido común y la responsabilidad. Los científicos hablan de gestión de riesgo y de niveles de riesgo bajo, medio y alto. Por eso no pueden dar un número exacto cuando se les pregunta qué es una aglomeración, una situación en la que intervienen múltiples variables incluyendo la distancia entre personas, el tiempo de contacto, si están o no al aire libre, si están gritando o cantando o jugando a las cartas o compartiendo vasos o mate. Radi lo dijo claramente: la ciencia no puede dar números exactos.

Esto implica repensar el uso de esos espacios públicos para toda la población, incluyendo a los jóvenes que suelen ser los “molestos”, los revoltosos y ruidosos que se instalan en esquinas a tomar y reírse y gritar y cantar, en las plazas públicas, afuera de los bares incluso cerrados.

“Hemos propuesto la expansión de los espacios públicos, pero con responsabilidad y distanciamiento. Estamos muy preocupados con los efectos en la salud mental y física, sobre todo en los mayores. No hay necesidad de cerrar espacios públicos, todo lo contrario”, dijo Radi.

Los padres y adultos responsables tenemos la tarea de hablar constantemente con nuestros hijos para hacerlos entender que todos somos parte de este esfuerzo, tal como muchos lo hemos hecho durante todos estos meses. Pero no será suficiente. Y no lo será porque la omnipotente juventud siempre será más fuerte que el temor a infectarse y, lo más peligroso, de contagiar a otros cuyas vidas pueden correr peligro.

De vuelta entonces al sentido común, uno que apenas logramos cultivar los adultos, con lo cual difícilmente se lo podemos pedir a los más jóvenes. En ese escenario no hay mucho más remedio que establecer, las familias pero también las autoridades, ciertas reglas. Ejemplo: se podrán hacer bailes de hasta 50 personas en la playa, con entrada controlada. O en cualquier lugar al aire libre que esté definido como adecuado para este tipo de actividades que si no se regulan igualmente se harán, como ya quedó demostrado los últimos fines de semana con cientos de intervenciones policiales.

Podemos ver lo que hizo Europa y de hecho el GACH evaluó extensivamente lo que pasó en estos meses de verano boreal en más de 10 países. Hoy todos están en cuarentena estricta. Ya sabemos qué es lo que no tenemos que hacer, dijo Henry Cohen. Y tiene razón, lo sabemos, pero nuestra naturaleza humana, y por lo tanto social, nos juega en contra.

Si los adultos estamos fatigados, esa es la palabra que usan los científicos y los organismos internacionales para describir este estado de cansancio, hastío y algo de rebeldía ante las restricciones que nos impone un virus, los jóvenes también lo están y además se sienten desamparados.

“El aumento del riesgo no es gigante pasando de un metro y medio al metro de separación. El tema es que este aumento del riesgo lo tenemos que conocer todos y aceptar todos. Si estamos esperando que nos digan que el riesgo es cero nunca vamos a abrir una escuela, o una cancha de básquetbol. Eso no existe. Tiene que ser asumido y autogestionado por toda la sociedad”, dijo Radi, en una definición clara pero que nunca podrá ser absolutamente precisa. Su afirmación es realista y como tal intenta aventar miedos sin restar responsabilidad. Todo esto apenas lo entendemos los grandes.

Cultivemos la responsabilidad y la solidaridad e intentemos contagiarlas a nuestros jóvenes. Pero no seamos talibanes de la pandemia o fanáticos del dedo acusador, sobre todo en redes sociales. Acompañemos con cariño y paciencia, preguntemos cómo se sienten, qué podemos hacer para ayudarlos a sentirse mejor, a compartir con amigos sin tomar riesgos desmesurados. Cerremos las ventanas cuando escuchamos las carcajadas de los vecinos adolescentes, sepamos disculpar reuniones tardías en la vereda, ayudemos en lo que podamos para que estos meses de calor sean un poco más dulces para quienes también tuvieron un año duro. Evaluemos riesgos, como dicen los científicos, pero no seamos los señores dueños de la moral pandémica.

Así que, vecinos, disculpas de nuevo. Este verano dejaré que mis hijos y sus amigos se sigan reuniendo en casa de a grupos chicos, para intentar evitar que alguien los convenza de ir a una fiesta clandestina de 400 personas. Si usted me ayuda, nos ayudamos entre todos.

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