En los días previos al 6 de enero, cuando era un chico que ya sabía escribir pero que todavía no conocía el secreto del Día de los Niños, o si tenía indicios prefería quedarme con la ilusión de la magia, mi padre trataba de ejercer una simpática y amable influencia en la redacción de la carta de pedidos.
No puedo decir con precisión si me convencía o al final de cuentas llegábamos a un contrato implícito sobre el contenido de la demanda de juguetes, pero lo cierto es que la fórmula era perfecta: el pedido era sobre algo acorde a la economía de mi hogar, y aparte quedaba espacio para la sorpresa.
En síntesis, yo terminaba pidiendo lo que mis padres me iban a comprar, pero mi carta incluía una especie de posdata que decía así: "... y cualquier otra cosita que ustedes me quieran regalar".
La "cosita" parecía algo poco pretensioso, y luego, aunque no fuera de alto valor, ese regalo adicional terminaba generando una alegría grandiosa. Eso era simplemente porque por un lado se había satisfecho la expectativa de lo pedido, y por el otro, se había superado ampliamente lo esperado con eso de "algo más".
Si no hubiese tenido control en las aspiraciones, o si hubiera sentido que esa cosa mágica me prometía regalos de dimensiones imposibles para mi realidad, el despertar del 6 de enero podría haber sido una frustración.
Por el contrario, conducido con realismo y sin perder la ilusión, terminaba superado en mis expectativas y con alegría más fuerte.
Aquella imagen de la infancia me ha vuelto estos días, cuando veo que la crítica de la
oposición a todo lo que hace el gobierno, puede significar que una parte del electorado libere ilusiones exageradas. Algo así como para pensar que un cambio de color político en 2019-2020 pueda modificar sustancialmente su vida. De ser así, eso puede dar un empujón hoy a los opositores, pero complicarlos mucho en el futuro si terminan ganando el gobierno.
El 1º de enero comenzaron a regir nuevas tarifas de electricidad, agua potable, telefonía y combustibles. Está claro que los costoso para empresas son altísimos, que eso daña las finanzas de comerciantes y también el bolsillo de las familias, y que no es bueno que se usen las tarifas como instrumento de la
política fiscal.
Pero el caso es que el déficit financiero del Estado es muy alto, que cada año hay que renovar deuda por déficits anteriores, y que está claro que no es fácil bajar el costo del fisco.
Imagine el lector que el
Frente Amplio pierda las elecciones de 2019, y que como el eventual ganador ha criticado la suba de tarifas, en enero de 2020 el gobierno de Vázquez diga que las va aumentar para que el nuevo gobierno las tenga que bajar luego ... (algo así pasó con el precio del boleto de ómnibus capitalino en 1990 cuando el FA ganó Montevideo).
¿Qué hará el gobierno que asuma en marzo de 2020? Habrá llegado con el discurso de que las tarifas se pueden bajar, pero ... si no las ajusta tendrá que encarar un deterioro fiscal, porque no va a poder bajar el "costo del Estado" enseguida, ni a breve plazo.
Este es apenas un ejemplo, pero hay muchos más.
Si la oposición dice que el ajuste de enero fue "un tarifazo", genera la expectativa de la gente que el precio de esos servicios ni deben aumentar una vez por año, o que si lo hacen debe ser bastante menos que la inflación, o que deben bajar ...
Así con otros temas.
Obviamente el papelón de ANTEL con un plan que supuestamente era para dar beneficios y la gente sintió como castigo, y las declaraciones del presidente del ente son harina de otro costal. Con "goles en contra" como esos, la oposición ni precisa "tirar al arco", pero no es el centro de este razonamiento.
El próximo gobierno, sea del partido que sea, tendrá restricciones económicas para concretar promesas, frenos de organizaciones gremiales y otras dificultades políticas. La elección de prioridades dejará de lado algunas de las demandas.
Además, después de 17 años de crecimiento de la economía, unos puntos más de PIB no son vistos como gran conquista. Para corresponder las expectativas se precisará más que crecimiento del producto. Y por otra parte, hay mejoras que no se ven en el corto plazo.
El costo de las medidas de ajuste se siente al contado pero el resultado positivo de reformas, se nota en diferido.
Los problemas políticos en el Frente Amplio, que no terminaron con la caída de Sendic, alientan a la oposición en su chance de victoria, pero en lugar de moderar el discurso y preparar una propuesta que combine esperanza con realismo, blancos, colorados e independientes se disputan el discurso más crítico, como si el gobierno fuera un desastre.
La evaluación de la opinión pública de la gestión del gobierno no es buena, pero es mejor que la que hubo antes sobre administraciones coloradas o blancas. Los líderes del oficialismo están afectados por desgaste, pero generan más simpatía que los de la oposición. Todo eso parece que no se ve desde la trinchera opositora.
La generación de ilusiones desmedidas puede servir a la oposición para ganar en 2019 pero se le puede volver como un boomerang en 2020 si llega al gobierno y enfrenta el reclamo por el cumplimiento de promesas que fueron hechas directa o indirectamente a través de críticas a lo actual.
¿Cómo influirán los opositores en "la cartita de pedidos y deseos" de la gente?
¿Alimentarán expectativas desmedidas o incidirán en el ánimo colectivo para que la demanda de cambios pueda ser atendida sin generar insatisfacción?
La respuesta es clave para pensar en las urnas de 2019. Pero también para pensar en las de 2024.