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El Observador | Ricardo Galarza

Por  Ricardo Galarza

Internacionales
13 de noviembre 2020 - 5:01hs

La noticia conmocionó a toda Francia la noche del 16 de octubre: un profesor de liceo había sido salvajemente decapitado en las afueras de París. A esa altura, Samuel Paty tampoco era precisamente un desconocido en Francia: días antes, se había convertido en epicentro de una dura polémica -que le había valido el repudio de algunas organizaciones musulmanas francesas- por haber mostrado en clase unas caricaturas de Mahoma publicadas en la revista Charlie Hebdo.

Paty, que en ese momento impartía la materia de educación moral y cívica, había conducido la tarea como un ejercicio de libertad de expresión; antes había aclarado a sus alumnos musulmanes que quien pensara que aquello lo podía ofender, estaba autorizado a retirarse.

El hecho se filtró de todas formas. Algunos chicos les contaron a sus padres; los padres, a los líderes religiosos; estos, a los medios; y de ahí en adelante, todo se transformó en una inmensa bola de nieve que terminaría en el horror de ese fatídico 16 de octubre: un refugiado checheno de 18 años de edad esperó a Paty a la salida del liceo con un cuchillo entre sus ropas, lo siguió algunas cuadras y lo decapitó brutalmente “en nombre de Alá”.

La indignación y el espanto se apoderaron de los franceses. Además de la barbarie del acto cometido y del tema emocional (la bronca) que este desataba, había en el sustrato un tema de principios no menor. Parte de la laicidad, uno de los ejes rectores de la república francesa, es el derecho a profanar una determinada religión. En Francia se le conoce como el derecho de blasfemia (le “droit au blasphème”); y es la libertad de criticar, satirizar e incluso insultar una confesión religiosa en la que el ciudadano perciba formas de oscurantismo contrarias a la Ilustración y a los valores de la república. Para muchos franceses, el atentado contra Paty fue un atentado contra la república misma.

Igualmente indignado, el presidente Emmanuel Macron fue duro en su condena al islamismo radical, al que considera una forma de “separatismo”; y dispuso una serie de medidas para combatirlo en lo que, dijo, será una lucha existencial: “Esta es nuestra lucha, y es existencial”, aseguró el mandatario galo sobre la tumba de Paty. 

Sin embargo, a partir de ese momento, se convirtió en blanco de numerosas críticas dentro y fuera de Francia. Se lo acusó de estigmatizar y criminalizar a los musulmanes y de crear un clima de división con fines electorales. El argumento en esos reclamos era que Macron estaba jugando para la extrema derecha, a fin de evitar la fuga de votos hacia el movimiento de Marine Le Pen, que a menudo lo ha acusado de “blando” y “tibio” para enfrentarse al extremismo islámico.

De pronto el malestar en contra de Macron parió un frente nacional e internacional de inusuales compañeros de viaje: desde la izquierda europea y movimientos progresistas, gobiernos como los de Turquía y Pakistán, y musulmanes y organizaciones musulmanas en Europa y Oriente Medio, todos criticaban duramente al presidente francés, contra quien además hubo protestas en Siria, Libia y otras partes del mundo árabe.

Es cierto que la retórica de Macron tras el asesinato de Paty fue por momentos demasiado dura. Para no hablar de la de algunos de sus ministros, como el de Educación, Jean-Michel Blanquer, que acusó a algunos estudiantes y profesores universitarios de “complicidad intelectual con el terrorismo”; a lo que llamó el “islamo-izquierdismo” de las universidades, término al que izquierdistas y musulmanes por igual consideran ofensivo.

Tampoco se puede negar la discriminación (en algunos casos, hasta la islamofobia) y las inequidades que en Francia han sufrido y sufren las comunidades musulmanas. Pero acusar a Macron de estigmatizar y criminalizar musulmanes por su respuesta a los hechos de violencia y demonizarlo de esa manera, ha sido una exageración fuera toda proporción.

Ahora, después del reciente atentado en Niza, el 29 de octubre, otro horror en el que un emigrante tunecino apuñaló y mató a tres personas dentro de la Catedral de la ciudad, las críticas a Macron han cejado considerablemente; y en muchos casos, desaparecido por completo. En particular, desde la izquierda y los liberales europeos que antes lo habían fustigado.

Sin embargo, la cuestión de fondo, el dilema de Francia, permanece: ¿Hasta qué punto la laicidad, la libertad de expresión y el “derecho a blasfemar” contemplan el poder herir la sensibilidad de una importante minoría de la sociedad que toma eso como una ofensa, y hasta como una humillación?

La vieja idea de que los musulmanes finalmente entiendan, o tomen, esas cosas como lo hacen los occidentales, en este caso, como el resto de los franceses, no parece estarse logrando por la vía de más caricaturas de Mahoma.

Es sin duda un dilema de solución compleja, sino imposible. Pero encontrarle la cuadratura a ese círculo será el mayor desafío que enfrentará de ahora en más el gobierno de Macron, o en todo caso quien lo pueda suceder en el Eliseo, y la sociedad francesa en su conjunto.

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