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El Espíritu Santo

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29 de marzo de 2018 a las 05:00

Será la edad o vaya uno a saber qué, pero la política me interesa cada vez menos. La religión, en cambio, cada vez más.

Las noticias políticas me resultan casi todas ellas previsibles y de efímera condición, por lo que me cuesta entender la pasión desaforada que algunos invierten en discusiones sobre problemas que a la larga, mucho antes de lo esperado, son tragados por el paso del tiempo, borrados casi por completo del menú de temas relevantes.

Sin embargo, ya sea por el misterio que la define o por la trascendencia en juego, la religión cobra mayor relevancia en un mundo caracterizado por la radicalidad de lo meramente circunstancial y en fase de agravamiento. Por lo tanto, es una bendición poder creer en una vida superior y allende de lo cotidiano. De lo contrario, la vida pierde perspectiva, trascendencia.

Como si fuera poco, vista incluso desde una óptica solo retórica, la religión es mucho más aleccionadora a la hora de generar temas importantes de discusión. Al menos así lo veo. Me resulta mucho más interesante y motivadora una conversación sobre la fe o el destino del alma que una sobre Raúl Sendic Rodríguez o cualquier otro político, incluso aquellos que no han caído en desgracia.

La monotonía de la mayoría de las discusiones políticas suele ser sinónimo de pérdida de tiempo. Y quien no lo crea, que trate de revivir una conversación política de tres o cuatro años atrás, qué digo, de un mes atrás, y verá cuánta actualidad ha perdido el tema. Más de uno se sorprenderá por el simple hecho de haber perdido tiempo valioso en discusiones que suelen tener la misma banal condición que aquellas que generan los deportes o un programa televisivo.

Años atrás estaba en un café con mi querido amigo Michael Sis, quien hoy es obispo, tomando un té y hablando sobre la noción de duración en el cielo. ¿Habrá ahí Tiempo? ¿Será un tiempo diferente, esto es, un tiempo no medible y por tanto no humano? De pronto el mozo, que estaba escuchando la conversación, se acercó a la mesa y pregunto si éramos reverendos o teólogos.

No creo que si hubiéramos estado hablando de política habría preguntado si éramos políticos. La religión otorga a la vida cierta exclusividad, cuyo primer beneficiario es el espíritu.

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