19 de julio 2013 - 20:42hs

La salud de Nelson Mandela está frágil al momento de escribir esta columna, y quizá haya muerto cuando se lea esta edición de SEISGRADOS. Lo ha estado por varios años y se ha recuperado muchas veces cuando nadie tenía esperanzas. No en vano lleva 94 años a cuestas (cumplirá 95 el 18 de julio) y 27 de ellos pasados en duras condiciones de reclusión, cuyas secuelas no pueden soslayarse. Pero el espíritu de Mandela está fuerte. Lo ha estado siempre, aún en los momentos más oscuros de su vida y de su lucha contra el apartheid, y lo ha estado también cuando, ya libre, tuvo que reunificar a su país, totalmente dividido por odios, rencores y deseos de venganza. Y quizá tuvo mayores desafíos para construir la paz entre negros y blancos que para derribar el apartheid. Mandela pasó 27 años de su vida en prisión. Para quien no lo haya sufrido, es algo que se dice a la ligera. Y para peor, durante 18 de esos años, Mandela estuvo en Isla Robben, cerca de Ciudad del Cabo, donde las condiciones de reclusión eran extremadamente severas. Los primeros tres años realizó trabajos forzados. El contacto con el exterior estaba muy restringido (Mandela recuerda que entre las pocas publicaciones que podía recibir se encontraba The Economist, porque los guardias pensaban que era una revista de economía). Pese a esas dificultades, allí Mandela pudo cursar un posgrado en Derecho por correspondencia, estudiando por las noches a la luz de un candil. Todo un mérito, en circunstancias en que cualquiera hubiera bajado la guardia. Gracias a la presión internacional y a las protestas del Congreso Nacional Africano, Mandela fue liberado en 1990. Negoció con el presidente blanco Frederik de Klerk, se derogó al apartheid, se convocaron elecciones multirraciales libres y Mandela fue electo presidente para el período 1994-1998.

Mandela tuvo que enfrentar, quizá, mayores desafíos para construir la paz entre negros y blancos que para derribar el apartheid

En su mandato, él estableció una nueva Constitución y conformó la Comisión de Verdad y Reconciliación, en la que se investigaron crímenes tanto de los blancos como del Consejo Nacional Africano. Dicho esfuerzo fue un gran paso adelante, pues se otorgaba amnistía a cambio de testimonio sobre crímenes cometidos en la era del apartheid. Ello le granjeó a Mandela críticas de muchos sectores: de sectores negros que querían venganza y de sectores blancos que no reconocían crimen alguno. El esfuerzo por evitar la revancha y la venganza de quienes habían sufrido el apartheid fue, quizá, la tarea más difícil que tuvo que enfrentar Mandela. A tal efecto, organizó el mundial de rugby de 1995, donde el equipo sudafricano, mayoritariamente compuesto por blancos, resultó campeón y le ganó a Mandela el reconocimiento de muchos blancos. Por eso, Mandela pudo decir con total honestidad que “durante toda mi vida me he dedicado a esta lucha del pueblo africano. He peleado contra la dominación blanca y he peleado contra la dominación negra. He buscado el ideal de una sociedad libre y democrática, en la que todas las personas vivan en armonía”. Por ello recibió el Premio Nobel de la Paz en 1993, la Medalla Presidencial de la Libertad otorgada por los Estados Unidos y la Orden de Lenin otorgada por Rusia. Una colección poco habitual, para una persona poco común y dotada de la grandeza y sabiduría de los grandes estadistas que saben luchar por sus ideales sin caer en revanchas mezquinas. Por algo Barack Obama acaba de visitar las celdas de la isla Robben donde Mandela estuvo detenido. Y por algo, a su muerte, serán muchos los dignatarios que querrán rendirle tributo. El mejor tributo que pueden hacerle, sin embargo, es llevar a la práctica esa política de reconciliación entre su gente, para sanar las heridas del pasado en lugar de procurar mantenerlas abiertas para cebar el odio y la venganza. Ahí está la verdadera grandeza de Mandela, aparte de haber acabado con el ignominioso apartheid.

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