29 de junio de 2020 5:10 hs

Empieza en la Cámara de Representantes del Parlamento. Es el lunes 8 de junio y los diputados están reunidos en sesión especial para exponer sobre la violencia de género y una eventual declaración de emergencia nacional por parte del gobierno. Son varios los que intervienen, y entre ellos está la diputada suplente de Cabildo Abierto Inés Monzillo. La representante levanta la mano y habla. Entre otras cosas, asegura que hay “una tendencia a generar o inculcar el odio hacia los varones”. También dice que “no sirve pedir penas más duras o diferenciar homicidio de femicidio” porque está “demostrado que las denuncias las mismas víctimas las retiran y otras veces se hace un uso abusivo de ellas”. Los medios lo replican y el nombre de Monzillo entra en el horizonte público. Pero sobre todo, entran sus declaraciones.

Ahora es miércoles 17 de junio. Monzillo y la diputada colorada Desirée Pagliarini son convocadas por el programa Fácil desviarse de Del Sol FM para un debate sobre lo que dijeron una semana antes en el Parlamento. Ambas representantes discuten, por momentos de manera acalorada, y en algunos momentos la incredulidad frente a los argumentos opuestos atraviesa el dial. En el intercambio se dicen un montón de cosas, pero lo que queda resonando es un concepto que, de nuevo, subraya lo que Monzillo entiende por violencia de género y sus victimarios: “Es un problema psicológico y (sic) tampoco es odio”, dice. Y luego agrega: “Capaz es un exceso de amor”. Más tarde sumará otros conceptos –“El hombre ahora está matando y se está suicidando, o sea que está claro que es un problema psicológico de algo que lo traumó y que ni siquiera quiere seguir con su vida, ya sea por el acoso social que va a recibir después o lo penal que le va a llegar”–, pero lo que quedará, flotando, son esas tres palabras. Exceso de amor. Y, en menor medida, dos más: problema psicológico.

Y entonces todo se amplifica. Las declaraciones se atomizan en cientos de tuits, de posteos, de reacciones, de comentarios que condenan a la legisladora, pero también cosechan no pocas muestras de apoyo. La plaza pública virtual se enciende en un cruce furibundo y, por encima, prevalecen conceptos que parecen llegar desde una época en que las conquistas feministas eran menos frecuentes y que la violencia de género, oculta bajo matorrales de eufemismos, se barría debajo de la alfombra judicial y política.

Las reacciones no solo aparecieron en las redes. La directora del Instituto Nacional de las Mujeres, Mónica Bottero, expresó por ejemplo en Fácil desviarse que está “100% en desacuerdo” con los dichos de la diputada. Más tarde, en el programa Polémica en el bar de canal 10, volvió a declarar de manera similar y agregó que no cree que Monzillo tuviera “mala intención”, pero sí que “está profundamente desinformada”.

Así, la situación hizo que el tema virara nuevamente a conversaciones que parecían zanjadas, incluso desde el punto de vista judicial; la figura del “crimen pasional” –término al que se conecta casi instantáneamente al hablar de “exceso de amor”– hoy está prácticamente reemplazada por la ley de Violencia hacia las mujeres basada en género que se aprobó en diciembre de 2017, que incluye el término global que esta situación requiere: el femicidio.

Carlos Pazos

“La ley de género establece la figura del femicidio, que es diferente a la del crimen pasional. No diría que está en desuso, y tienen límites delgados. Pero la violencia de género tiene diversas causas. Va desde la discriminación o el menosprecio hacia la mujer por su condición de mujer, como también por la posición de control en la que se sitúa el hombre respecto a su mujer, un sentimiento de pertenencia que he visto varias veces”, explica la fiscal penal Sandra Boragno, que trabajó en varios casos de delitos sexuales y femicidios.

Mientras tanto, a la socióloga Mónica de Martino la expresión de “exceso de amor” la retrotrajo, justamente, a ese concepto de crimen pasional, y así analiza el término: “Desde el Código Penal de 1934 está sancionado el crimen pasional como respuesta a la infidelidad de la mujer; esto es, como respuesta varonil altamente irracional ante un dolor amoroso, ante un desengaño que ciega su razón. Pero más que ante un dolor amoroso, el homicidio era entendido en este caso como una reacción ante el honor viril ‘mancillado’. Y esto era políticamente y penalmente aceptado. Pero hablamos de una concepción vigente en 1934. Ha pasado mucha agua bajo el puente y las mujeres lo sabemos, aun con las diferencias existentes a la hora de expresarnos políticamente”.

Más allá de los vericuetos legales, las declaraciones de Monzillo pegan en un terreno polémico, que pone en tela de juicio algunos de los logros conseguidos en los últimos años, ya que, básicamente, simplifica el delito de femicidio y aduce que solo se vincula a un factor determinado. Pero, por encima de todo, cae en un concepto peligroso que imperó durante muchos años y que, poco a poco, ha logrado desterrarse: que la violencia hacia la mujer es, en definitiva, una muestra de amor. Algo que, y así lo estipulan las especialistas a continuación, debería ser inadmisible.

Multicausalidad

Para la psicóloga clínica Cecilia Cracco, especialista en psicología familiar sistémica y que trabajó en casos de este tipo, reducir las dimensiones de la violencia de género a un problema psicológico es, para empezar, desacertado desde el punto de vista clínico.

“Obviamente hay un aspecto psicológico que está implicado, pero no es el único. Me parece que (lo que dijo Monzillo) no fue acertado, porque cuando se hacen estas lecturas focalizadas en un único aspecto se desdibuja un fenómeno que es mucho más complejo y que está atravesado por aspectos personales, por las dinámicas vinculares, por características que hacen a los individuos, pero también por los sistemas sociales y la cultura. Si en las historias personales hay historial de violencia, y además nos movemos en una cultura en la que ese fenómeno está invisibilizado y naturalizado, los factores de riesgo se suman y hacen que estas situaciones se presenten con mayor frecuencia o con menores posibilidades de revertirlas”, explica.

Juliana Urioste, psicóloga clínica especializada en violencia doméstica, apunta de igual manera que la simplificación es un error grave, y asegura que el problema, evidentemente, es de corte estructural. “Es producto del sistema patriarcal en el que estamos insertos, en donde hay relaciones de poder y las mujeres estamos en desventaja. Es un problema estructural de la sociedad, no un tema psicológico particular”, dice.

Una de las pruebas más fehacientes de que estos casos responden a múltiples factores es la dificultad con las que se han topado los especialistas a la hora de delinear el perfil del hombre violento y, en menor medida, de la víctima. Según Cracco, durante mucho tiempo se tuvo la ilusión de que se llegaría a una descripción de las características de personalidad o de los trastornos psicológicos que podría tener un agresor, pero con el tiempo se descartó.

“No existe tal cosa, no hay un único perfil. Y tampoco de la víctima. Claro, después de un tiempo en el que hay una dinámica instalada, sí hay cosas que aparecen como puntos de contacto, pero no un perfil definido. Porque, de hecho, hay hombres que no son violentos en todos los contextos, o no necesariamente en todos sus vínculos”, explica.

Leonardo Carreño

No es amor

Está claro que el amor es raro. Extraño. A veces molesto. A veces dan ganas de arrancárselo del pecho y regalárselo a alguien que pase justo por al lado. Pero, incluso así, la violencia está fuera de su universo. Un golpe nunca puede ser una demostración de afecto. Una muerte, muchísimo menos. Y entreverar los dos conceptos, dicen las especialistas, puede terminar siendo mucho más perjudicial de lo que parecería en la superficie.

“Me parece francamente desafortunado que esto pueda llegar a ser entendido como una expresión de amor o de afecto. Si alguien realmente piensa que un golpe, un insulto, una humillación o una violación es una expresión de afecto, es grave. Y estas cosas son delicadas, porque lo que le pasa a la víctima de una situación de violencia es que muchas veces este tipo de mensajes son los que constituyen a la dinámica violenta. Entonces, el mensaje tiene que ser otro. Tiene que ser que hay cosas que son inaceptables. Nos ha costado tanto que se visibilicen algunas situaciones, que las personas se animen a denunciar, que se animen a hablar del tema, que volver para atrás no ayuda”, asegura Cracco.

“El amor es un concepto complicado –dice, en tanto, Urioste–, pero esto no tiene que ver con el amor, es una forma de vincularse que hace daño, que tiene un contexto que no se da porque sí y en donde la violencia está naturalizada. Hay que tener mucho cuidado con los discursos, porque podemos decir algo que justifique el accionar de una persona que es capaz hasta de matar”. Urioste recordó que, entre otras cosas, durante la pandemia varias organizaciones feministas pidieron que se reforzara y clarificara el mensaje sobre la violencia de género para que las mujeres que estuvieran viviendo esa situación, ahora en cuarentena, pudieran conseguir ayuda. Y, en ese sentido, declaraciones de este tipo conspiran contra el objetivo. “No es algo que tenemos que normalizar, o justificar; es algo que no está bien, que hace mucho daño y que se lleva vidas de muchas mujeres”, aseguró.

De Martino está en sintonía con sus colegas. Para ella, los movimientos feministas han logrado en los últimos años transformar la perspectiva que se tenía del tema y lo han llevado hacia el lado político, penal y cultural que se engloba en el concepto del femicidio. Es una lucha, aclara, ante la que no se deben bajar los brazos.

“Pensarlo como fruto de una pasión, o de un honor manchado por la mujer infiel, es colocar a la mujer a merced y como propiedad del varón. Hoy el concepto de femicidio es fundamental para garantizar la integridad de las mujeres como seres libres e iguales a los hombres. No obstante, quedan aún expresiones que colocan la responsabilidad de estos asesinatos en la mujer: en su forma de vestir, de actuar frente a su pareja, y otros motivos que penalizan a la mujer, como las palabras de la legisladora también insinúan”, dice. Luego concluye: “La violencia doméstica o la violencia basada en género es un tema político, y creo que la señora legisladora debería recordar esto al hablar de una temática que, de acuerdo a las palabras de la directora de Inmujeres, Mónica Bottero, es actualmente una verdadera pandemia y como tal merece ser tratada, como una cuestión de Estado”. 

La ecuación que da como resultado un caso de violencia de género, entonces, tiene múltiples factores en juego. Como ya enumeraron las voces citadas, son tantos y tan variables que cada hecho carga con una impronta particular difícil de replicar. Queda claro, eso sí, que el amor no juega. Que queda afuera, a kilómetros, de cualquiera de estas situaciones. Porque en medio de esta pandemia alternativa que en Uruguay está causando más estragos que cualquier virus, tenemos pocas cosas claras, pero al menos hay una certeza: que el exceso de amor no existe.

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