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El fetichismo con el dólar y la crisis bancaria de 1965

Una historia del dinero en Uruguay (XXX)

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02 de mayo de 2018 a las 05:00

A lo largo de la década de 1960, que incluyó dos gobiernos del Partido Nacional y uno del Partido Colorado, la emisión de dinero creció 4.973% y la inflación fue de 4.461,5%, lo que demuestra por enésima vez la estricta relación que existe entre el aumento de la cantidad de circulante y el aumento de los precios.

La mayor parte de la emisión se destinó a cubrir el déficit fiscal.

Abuso de la buena fe y huída hacia el dólar

Al fin, los políticos preferían licuar el dinero de la gente mediante la inflación, cobrar el "impuesto inflacionario", antes que asumir la responsabilidad de recortar gastos o aumentar los tributos.

La inflación es un impuesto ilegítimo, pues nadie votó: una forma de robo. En parte lo hacían pues contaban con el desconocimiento: muchas personas tendían a culpar a productores y comerciantes, antes que al gobierno. Pero lo cierto es que, después de una larguísima fase de desarrollo económico y moneda sana, Uruguay se hundía en el pantano del estancamiento y la inflación. Entre fines de la década de 1950 y la década de 1960 el país de las oportunidades dio paso a otro de emigrantes.

La inflación es un impuesto ilegítimo, pues nadie votó: una forma de robo

En ese tiempo se gestó el recurso a ahorrar y fijar precios en dólares, o "dolarización", una forma imperfecta pero sencilla de protegerse de la desvalorización de la moneda nacional que se conserva aún hoy, en circunstancias muy diferentes, aún a pérdida.

Entre 1960 y 1967, cuando la inflación promedio anual era superior a 50%, y salarios y pasividades se ajustaban a lo sumo una vez al año, muchos uruguayos adquirieron el hábito de atesorar dólares. Luego los vendían de a poco, para completar sus ingresos, a medida que sus salarios se desvanecían.

Junto a los controles de todo tipo, que en realidad no controlaban nada sino que introducían nuevas distorsiones, proliferaron la especulación y la fuga de capitales. Había tantas leyes y reglamentos que nadie podía estar muy seguro de no ser culpable de algo.

Como los impuestos para comprar moneda extranjera eran enormes, y encarecían la operación hasta 50%, una tasa ridícula, había compra-venta libre o "en negro" en cualquier esquina.

"Había mercado negro hasta dentro del Banco Central: comprar o vender dólares con un amigo", contó con ironía el 5 de abril, en una conferencia en la Universidad ORT, el economista Ariel Banda, quien trabajó por décadas en el BCU y fue su subgerente general entre 1993 y 1999.

Había tantas leyes y reglamentos que nadie podía estar muy seguro de no ser culpable de algo

Banda recordó que un informe de Carlos Maggi, abogado del Banco Central, que comenzó a funcionar en 1967, advirtió sobre otra paradoja: cumplir todas las normas que se habían ido sumando por décadas para la compra-venta de divisas podía ser catastrófico para la economía nacional.

La "dolarización" se agudizó a partir de la segunda mitad de la década de 1970, cuando la libertad cambiaria coexistió con una alta inflación. El crédito también comenzó a pactarse en moneda estadounidense, una forma de evitar el problema de una inflación y un tipo de cambio imprevisibles. En 1973 el 18% de las deudas estaban estipuladas en dólares, y en 1982 la proporción había subido al 73%.

Aún hoy el 95,4% de los inmuebles están valuados en dólares, el 97,3% de los automóviles, el 77% de las motocicletas, el 72,7% de las joyas, el 71,4% del ganado y el 35,6% del equipamiento del hogar, según un estudio de los economistas Gerardo Licandro y Miguel Mello, funcionarios del Banco Central del Uruguay, divulgado en 2017.

La crisis bancaria de 1965

La "ley Serrato" de junio de 1921, promovida por el entonces presidente del Banco Hipotecario y futuro presidente de la República, José Serrato, estableció el derecho de los empleados públicos y privados de cierta antigüedad a recibir vivienda, o un préstamo equivalente para comprar una en el mercado. Los créditos se pagarían en 20 o 30 años. Pero a partir de 1951, con una inflación anual de dos dígitos, los pasivos de los deudores se licuaron, hasta el punto de que muchos de ellos preferían pagar de una sola vez varios años juntos de aquellas cuotas minúsculas. Los sistemas de reajuste según la inflación demoraron en llegar: la Unidad Reajuste (UR) se creó junto al Plan Nacional de Vivienda de 1968.

Al prestar a tasas negativas, entre la década de 1950 y 1968 el Banco Hipotecario se descapitalizó: perdió su patrimonio y quedó en quiebra. A ese desastre obvio, que implicaba robar a los ahorristas para beneficio de los deudores, se sumaban sus altos costos operativos debido a la burocratización y la recarga de personal.

Al prestar a tasas negativas, lo que implicaba robar a los ahorristas para beneficio de los deudores, el Banco Hipotecario se descapitalizó: perdió su patrimonio y quedó en quiebra

Si el Hipotecario sobrevivió en las décadas de 1950 y 1960, fue gracias a la masiva transferencia de recursos de la sociedad, y al recorte de nuevos créditos (ocurriría otras veces en su historia, incluso en 2002, aunque por razones diferentes).

Paralelamente, para otros bancos el negocio se había vuelto muy rentable. Las instituciones financieras privadas, y también el República, tomaban dinero a tasas negativas (por debajo de la inflación) y especulaban en el mercado de cambios o con inmuebles.

(Aún hoy, en la era de la información, con un público mucho más advertido, el República y los bancos privados captan pesos de ahorristas al 5 o 6% anual, o sea por debajo de la inflación, y lo colocan de inmediato en Letras del Banco Central al 9,5%. Así cualquiera es banquero).

Hacia 1963 había demasiados bancos: casi 600, entre casas centrales y sucursales, con unos 9.500 empleados, según se detalla en la "Contribución a la historia económica del Uruguay" publicada en 1984 por la Academia Nacional de Economía.

Esos bancos, a todas luces excesivo para un país pequeño y poco propenso al ahorro, padecían a su vez una fuerte competencia de financieras y escribanías que se escurrían por los mil agujeros de un sistema opaco, se movían muchas veces en la ilegalidad y ofrecían mejores tasas y un mercado de cambios más atractivo. (En febrero de 1969 los tupamaros robaron la financiera Monty, colateral del Banco de Crédito, con la complicidad de una de sus empleadas: Lucía Topolansky. Los dueños de la financiera no hicieron la denuncia policial, sino que incendiaron los archivos, pues probablemente tenían más para perder con la justicia que con los ladrones).

El Banco Transatlántico y las cuentas en una libreta

Las crisis fueron repetidas. En 1965 quebró el Banco Transatlántico, el principal banco privado del sistema.

El Transatlántico poseía una alta participación en propiedades inmobiliarias, y buena parte de sus créditos se concentraban en empresas vinculadas a sus directores. En diciembre de 1964 comenzó a sufrir corridas de depositantes para rescatar sus depósitos, que se incrementaron en 1965. En abril fue intervenido por el Banco República, entonces la autoridad bancaria y monetaria.

La desconfianza provocó una "corrida" de los ahorristas para retirar sus depósitos de todo el sistema, que se detuvo por una doble acción draconiana: el sindicato bancario, Aebu, inició una huelga general, la "huelga patriótica", y el gobierno decretó un feriado bancario que duró 15 días.

Unos meses después el Transatlántico fue cerrado y 11 de sus responsables fueron encarcelados por estafa. En sus bóvedas se hallaron documentos que deshonraban a una parte del sistema.

En medio de la fuga de capitales, el dólar volaba en el mercado libre: llegó a 70 pesos en junio. El gobierno impuso restricciones y listas prioritarias para las importaciones. La depreciación del peso, pues la inflación ese año fue de 88%, récord histórico hasta entonces, facilitó al gobierno cumplir, a duras penas, con los pagos a funcionarios y pasivos.

Una nueva "misión refinanciadora" encabezada por Wilson Ferreira Aldunate y Enrique Iglesias, cuya composición multipartidaria "adquirió rasgos de una epopeya nacional", trataba de regularizar los atrasos con bancos estadounidenses y, de ser posible, obtener más préstamos.

"La triste verdad, demasiado obvia para los (acreedores), es que el pequeño Uruguay está prácticamente en quiebra y, al igual que un inquilino que ya está endeudado hasta las orejas, encuentra cada vez más difícil hacerse de dinero fresco", publicó el diario The New York Times el 4 de agosto de 1965 (este comentario se incluye en "Historia institucional del Banco Central del Uruguay", de 2017, una estupendo trabajo realizado por Julio de Brun, Ariel Banda, Juan Andrés Moraes y Gabriel Oddone, disponible sólo en versión web).

La crisis de 1965, que implicó la quiebra de otros 13 bancos menores (entre ellos: Atlántico, Regional, Italiano, Rural, De Administración y Crédito y De Producción y Consumo, además de numerosas casas financieras), aparejó cambios importantes en la regulación del sistema financiero, como el impedimento a los bancos de desarrollar actividades que entonces se consideraban especulativas y negativas, separando la banca comercial de la de inversión.

Para limitar la competencia, se prohibió el ingreso de nuevos bancos, fomentándose en cambio las fusiones.

La crisis bancaria de 1965 tuvo otra consecuencia decisiva: el fracaso y descrédito del Banco de la República como autoridad supervisora del sistema, lo que facilitó la creación del Banco Central del Uruguay (BCU). "Había que dejar de llevar las cuentas en una libreta", resumió Ariel Banda.

Un país irreconocible

Los años de relativa disciplina y liberalización del ministro Juan Eduardo Azzini habían pasado al olvido. En poco más de una década Uruguay se había vuelto irreconocible. La depresión del sector productivo y de las exportaciones, una sucesión de déficits fiscales récords, la constante emisión de dinero para financiar el presupuesto y la fijación de precios irreales para el dólar, estuvieron en la base de la mayor parte de los problemas.

Era fácil ganar dinero en el mercado turbio de aquella época, si se estaba dispuesto a quebrar la ley y correr el riesgo. Es mucho más difícil, sino imposible, especular con éxito en un mercado transparente.

La represión de los mercados sólo entrega una parte apreciable de él a delincuentes y a mafias

Los malos gobiernos crean a sus propios devoradores. Los especuladores, al fin, hacen lo que la gente quiere: compran cuando todos desean vender, venden cuando todos desean comprar. Si el mercado es en "negro", como ocurrió con buena parte de la compra-venta de moneda extranjera en Uruguay entre 1931 y 1974, entonces se suma una prima o sobretasa por riesgo. El dólar —o la carne, o la leche, o el alcohol, o lo que sea que las personas demandan en gran escala— valdrá más en un mercado clandestino que en un mercado abierto por el riesgo que su comercio implica. Pero, si hay deseo, el comercio continuará de cualquier modo. La represión sólo entrega una parte apreciable del mercado a delincuentes y a mafias.

Próxima nota: Récord histórico de inflación en 1967; la muerte del presidente Óscar Gestido y el ascenso de Jorge Pacheco Areco

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