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El "limbo" aeroportuario en el que están atrapados 30 cubanos en Montevideo

La aerolínea Avianca no se hace cargo de la estadía ni de su alimentación, pese a los reclamos 

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30 de julio de 2019 a las 16:23

Cerraron la puerta de la pieza de la pensión temprano en la noche para llegar con tiempo al aeropuerto. La mayoría ya estaba en la terminal cinco horas antes de la hora de su vuelo porque saben que están expuestos a los contratiempos.

Alcibiade Gómez y su esposa, Yasinelys Alfonso, por ejemplo, iban a viajar incluso este viernes pero como tenían vencido el permiso cubano de residencia en el exterior no los dejaron abordar. Ese día era feriado en Cuba, por lo que tuvieron que esperar tres días, cuando volviera a abrir la embajada, y pagaron US$ 100 de multa para cambiar el pasaje. Durmieron en el suelo, debajo de una escalera en la pieza de otro compatriota hasta que el lunes les aprobaron los documentos.

Pero la cautela de llegar con tiempo no les sirvió de nada a Gómez y Alfonso y ahora, en el aeropuerto de Carrasco, están varados junto con otros 30 isleños porque el avión de la aerolínea de Avianca que iba a llevarlos hasta Lima para hacer conexión con La Habana se retrasó por razones climáticas. Y ya no pudieron viajar: les dijeron que no iban a alcanzar el vuelo que partía de la capital peruana a la cubana y que por ser de Cuba no les podían expedir una visa de residencia en Lima mientras esperaran el próximo avión, por lo que debían quedarse en Montevideo.

Pero no les dieron alojamiento, tampoco les darán comida, y el siguiente avión al que sí podrán subirse recién partirá el viernes de mañana.

“Esto es un abuso”, lamentaba Gómez al mediodía de este martes mientras abría los brazos. Su rabia, como la de su mujer, la de Leonardo Vargas, la de Roberto Arzola, José Manuel Robet, José Luis Bonnet –y alrededor de otros 20 cubanos– es con Avianca, su falta de respuesta, y la forma como fueron atendidos.

 “Vino la supervisora hace un rato, nos reunió y nos dijo que teníamos que irnos, que ellos no tenían nada que ver con lo ocurrido”, volvió a decir Gómez, y el resto se acercó para compartir su historia.

Horas antes, según contaron, la policía los rodeó y entonces pensaron que los desalojarían, pero los funcionarios entendieron su situación, y hasta se pusieron de su lado: los dejaron en paz, a ellos y sus decenas de maletas.

La situación es similar en casi todos: se vuelven para visitar a sus familias –porque extrañan o porque una madre se enfermó–, y no lo hacen con licencias, sino por semanas o meses, así que renunciaron a sus trabajos –precarios todos.

Tienen poca plata –calcularon los gastos teniendo en cuenta que hoy ya estarían en La Habana– y, lo peor, ya pagaron el último día de la pensión y el cuarto fue ocupado.

El Observador intentó el contacto con la compañía aérea, pero la respuesta que se recibió fue que las autoridades en Uruguay no tienen autorización para hablar con periodistas. Horas más tarde, sin embargo, desde la empresa explicaron a El Observador que, según sus datos, los pasajeros eran 17 y que no correspondía otra solución que no fuera reubicarlos en un nuevo vuelo, ya que los problemas se debieron a una "situación externa" de la aerolínea. 

La gestión

La función de Eduardo Rodríguez –uno de los inspectores de tránsito aéreo comercial del aeropuerto Carrasco– es mediar y tratar de solucionar estos problemas, que dice que no son frecuentes. Algo similar –aunque en números fue más grave– ocurrió a mediados de enero, cuando se rompieron los radares y durante "dos o tres días" la terminal albergó a cerca de 2.500 pasajeros a los que las aerolíneas tampoco les dieron cobertura.

La posición de las aerolíneas en ese y este caso es clara, explicó Rodríguez: las normas internacionales las obligan a dar solución de alojamiento y alimentación para aquellos pasajeros que quedan varados por su responsabilidad –porque un avión se rompió o hubo un retraso por causas propias.

Pero si el inconveniente se produjo por razones que no entran en la letra chica –como problemas climáticos o avería de radares– no se hacen cargo.

“Acá en el aeropuerto se pueden quedar, pero no es la mejor situación ni la deseable. Lo que estamos tratando es de volver a hablar con la empresa para tener certezas, porque tampoco estamos seguros que vayan a irse el viernes. La realidad es que están atrapados en un limbo de inseguridad”, dijo Rodríguez a El Observador, con la voz alta para que los isleños supieran que en ese momento estaba por hacer otro intento.

El inspector caminó entonces hasta uno de los mostradores de Latam y le pidió a un empleado si podía llamar a la encargada de Avianca, pero el hombre le dijo que no tenía autoridad para hacerlo.

Rodríguez lo lamentó, porque el diálogo con la inspectora de la empresa colombiana ya no iba a ser público, dado que la oficina de Avianca está en el sector reservado de la terminal.

Durante la media hora que se ausentó para intentar negociar con la encargada, Manuel Menéndez –en Uruguay hace casi dos años, camionero en Pan de Azúcar– aprovechó para contar que no habían comido desde la noche anterior –compraron dos cafés en el McDonald's que repartieron entre todo el grupo–, y que tampoco habían dormido.

Sin solución

Rodríguez volvió con cara de pocos amigos, y pidió para contar su derrota afuera, donde podría fumar.

“La situación no mejoró”, lamentó el inspector, y explicó por qué.

Desde la compañía le repitieron que el problema de los isleños era documental –la visa para hacer el tránsito en Lima– y que la única conexión en la cual no tendrán mucho tiempo de demora en Perú –de modo de no tener que salir de la sala de embarque– se daba recién el viernes. Y lo fundamental: la compañía no estaba dispuesta a ofrecer ninguna solución. Ni siquiera embarcarlos en aviones de otra empresa.

“No hay posibilidades de alojamiento, fue muy sincera la muchacha y a mí no tiene cómo mentirme –les dijo Rodríguez–. Dijo que si fueran dos o tres personas la compañía podía ofrecer una cortesía, pero que no podían atender tanto volumen de gente, y que no están obligados a hacerlo”.

La desazón de los cubanos se hizo evidente.

“No voy a gastar la poca platica que había juntado para estar con mi familia en estos cuatro días aquí”, había protestado minutos antes Bonnet, un guardia de seguridad que renunció esta semana para volver a Cuba y cuidar a su madre enferma.

“Defendí que no les cobraran el sobrepeso”, acotó Rodríguez, pero eso no quería decir que le iban a devolver la plata que ya pagaron, sino que no se la cobrarían de nuevo, una concesión ridícula de la que todos se rieron.

“El problema es que no nos vamos ni hoy, ni mañana, ni pasado”, elevó la voz Menéndez.

Rodríguez no tenía nada más para hacer. “No se me ocurre quién puede ayudarlos… Si Cancillería o quién”, dijo.

Cuando El Observador consultó al Ministerio de Relaciones Exteriores, la cartera no estaba enterada de la situación.

Fuentes de la Secretaría de Derechos Humanos de Presidencia aseguraron que no existe un “dispositivo específico” para esta situación, que la solución debería brindarse en otros organismo, como el Ministerio de Desarrollo Social (Mides).

Allí, quien atendió la consulta fue Federico Graña, director de Promoción Sociocultural, que dijo que se pondría en contacto con los extranjeros, pese a que “no es competencia del Mides que una compañía aérea deje a alguien sin vuelo".

De todas formas, aseguró: "Eso no quiere decir que no termines interviniendo igual”.

Producción: Santiago Soravilla

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