Albert Camus se destacó tanto por ser buen escritor como por tirar frases un tanto efectistas y bastante indefendibles. “No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar”, perpetró Camus alguna vez. Y también dijo: “El futbol no es una cuestión de vida o muerte, es mucho más que eso”.
La sentencia de Camús sobre el amor es una bobada sónica que rebaja la tragedia de no ser amado a una anécdota cualunque. La idea sobre el futbol parece abrir un abanico de posibilidades y segundas lecturas pero, al poco tiempo de buscarlas, uno termina por agotarse.
Estos recién llegados al mundo de la pelota parecen no reparar en que el fútbol no es otra cosa que un juego en el que, muchas veces, el azar se cuela para desbaratar habilidades y esquemas tácticos prefabricados.
Parecen no darse cuenta de que toda esa celestemanía, ya en decadencia, no hubiera sido tal si aquel morocho de Ghana le embocaba al arco y nos dejaba afuera del mundial –como ya estábamos acostumbrados- en cuartos de final.
Pero no. La pelota pegó en el travesaño y la alegría fue muchísima. Porque esta selección le dio, a una generación acostumbrada a perder y a perder, la posibilidad de gritar como unos enajenados.
Pero la alegría se volvió solemnidad. Hubo libros y libros escritos sobre la “hazaña” celeste. Tabárez dejó de ser el técnico conservador que es y se convirtió en un referente moral. “La recompensa es el camino” dijo y parecía que hablaba Zaratustra.
Diego Lugano dejó de ser un defensa que marca torpemente, pega patadas surtidas y molesta a los delanteros cuando se va al ataque y pasó a ser el líder carismático de un grupo pletórico de belleza y amor por el prójimo.
Además, nadie se animó a desentrañar el enigma que podía explicar la presencia de Palito Pereira en una selección de fútbol.
Hubo un partido político que realizó encuentros privados en los que se pasaban los goles de Uruguay para enseñar a trabajar en equipo a los jóvenes y a los viejos. Hubo charlas en escuelas y plazas de deportes, y el relleno del Ricardito perdió su blancura para ganar un asqueroso color de anilina celeste.
Si esto hubiera sido una película épica, Tabárez se tendría que haber ido después de la Copa América en la que Uruguay logró imponerse, otra vez, con mucha suerte a su favor.
Pero no. Siguió adelante con un esquema de juego repetido en el que sus mejores jugadores se aburren esperando la pelota y siguió destratando gente -los periodistas deportivos, aunque alguno no lo parezca, lo son.
Ahora que la clasificación para el mundial de Brasil se tornó dificultosa y que el "grupo humano" se convirtió en una olla de grillos, tal vez resulte provechoso mirar hacia atrás para darnos cuenta de lo evidente: que lo ocurrido con la selección no rozó ni de cerca el ejemplo humano y que lo que hoy ocurre nada tiene que ver con un drama deportivo.
Que más vale dar el ejemplo tapando las goteras de las escuelas que arengando chiquilines desde alguno de los dos lados de la línea de talco.
Que el fútbol no es cuestión de vida o muerte ni nada que se le parezca. Que hay que rajar de las guarangadas como de la peste, y que no dejan de ser guarangadas aunque las diga un premio Nobel. Y que al maestro Tabárez. por supuesto, hay que agradecerle por los servicios prestados.