26 de octubre 2019 - 5:04hs

Molestos e irritados, o contentos y felices.

Hinchas, fieles y simpatizantes.

Entusiasmados, sorprendidos, sacudidos.

Todos confluyen a un circuito y su voto vale igual en la urna, pero sus motivos son distintos.

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La primera categoría de votantes alude a los que se definen por seguimiento de una idea o sentido de pertenencia a un partido.

La segunda categoría de votantes refiere a los que definen su sufragio por vivencias y percepciones que se dan durante el quinquenio de gobierno, sea el humor económico, la percepción de problemas del país o de logros de gestión, entre otras variables.

La tercera categoría de votantes vincula a los que se definen en la recta final de una campaña y se ven influidos por una campaña publicitaria, por un mensaje político de últimos días, por imágenes y sensaciones del día a día, muy cercano al tiempo de ir a votar.

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El Frente Amplio es fuerte en la primera categoría, la del votante que siente identidad con sus ideas (que son variadas), su historia y líderes, sus símbolos, su mística, sus colores. Es el lema partidiario con mayor cantidad de seguidores, algunos con una “fe religioso-política” de alto voltaje, otros con un sentido de agradecimiento a lo que le ha dado esa coalición y movimiento político; otros, más fríos, por identificación con ideas de algunos de sus sectores.

Sin embargo, para una competencia electoral que se da entre el Frente Amplio y una alternativa, compuesta por varios partidos, la izquierda uruguaya ha perdido adherentes y seguidores y ahora es menor a la suma de los “fieles” a otras tiendas.

Empero, aunque la bandera blanca sea levantada con euforia por miles de militantes nacionalistas, es el Frente el que tiene militantes más fervorosos, más “hinchas”; o al menos logra dar esa imagen.

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Para el segundo segmento de votantes, que comprende a los que configuran su voto en un plazo mediano, tomando la referencia de lo actuado por unos y otros más allá de camisetas, hay razones para una inclinación mayor al cambio.

La gestión del segundo período de Tabaré Vázquez no conformó a los uruguayos, hay disgusto por una suba de impuestos que contradijo una promesa de anterior campaña, hay malhumor económico (pesimismo en los indicadores de “confianza”) y fatiga con la “presión” estatal sobre la economía (fundamentalmente en comerciantes o empresarios pequeños), y profundo malestar por problemas de seguridad pública.

Eso, sumado a irritación con algunos comportamientos personales o políticos, como el caso Sendic o los vínculos del Frente con el chavismo venezolano.

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En la tercer franja de factores de decisión de voto, esa de los independientes o que tenían inclinación a votar un candidato pero sin lazo firme y con posibilidad de cambiar, el cierre de campaña proselitista ha sido abiertamente favorable al Frente Amplio.

La izquierda logró un sacudón para levantar de un pozo al que había caído en las internas de junio y la primera semana de desencuentros de julio, con la elección de una compañera de fórmula presidencial que desacomodó a toda la estructura.

El primer salto lo pegó en setiembre, porque el triunfo del peronismo-kirchnerismo argentino en las Primarias del 13 de agosto y sus consecuencias financieras en el Río de la Plata, le mostraron que “sí se puede”, que habia chance de cambiar la historia. Porque hasta ese momento, gran parte de la dirigencia del Frente había asumido que estaba para perder.

Como la disyuntiva “continuidad o cambio” le perjudicaba, porque desde 2016 se había instalado una corriente de “cambio” mayor a la de “continuidad”, el Frente precisaba trocar esa imagen por otra que significara “seguir cambiando, con un nuevo impulso”, o “volver atrás”. Dicho de otra forma, que si se apostaba a un cambio, el riesgo estaba en que se puede cambiar para estar peor.

Si a fines de 2015, la sociedad se repartía en tercios, entre los de voluntad de cambio (votantes de partidos opositores potencialmente socios de una coalición), de continuidad (frentistas) y de “indiferencia” (sin ánimo de incidir en uno u otro camino), en 2016 eso se había afirmado, lo que se repitió en 2017 y se consolidó en 2018.

Así había arrancado este año electoral, lo que se mantuvo a lo largo de 2019 pero comenzó a insinuar una variación en setiembre pasado, lo que se afirmó este mes.

Las últimas encuestas muestran que hay más gente por el cambio que por la continuidad.

Para diferenciar con la encuestadora que da diferente al resto, veamos el promedio de Cifra, Equipos, Factum y Opción: 40,3% por la continuidad, 53,9% el cambio y 6% indiferente (no se mete a definir por una u otra alternativa).

Aparte, la encuesta de Radar que es la que da mejor al Frente, muestra 43,6% por la continuidad, 51,5% el cambio y 4,9% indiferente.

Pero las encuestas pueden subestimar a uno y hacer lo contrario con otro, o no registrar un “voto oculto”, y hay que esperar al escrutinio para saber la verdad.

En el voto del “largo plazo”, los “hinchas”, “fieles” y simpatizantes ya tenían decidido  su voto: hay de todo ahí, pero más son de oposición. Aunque los más “fieles” y bulliciosos son del Frente.

En el voto de mediano plazo, los “molestos” y los “irritados” votan por cambio; los  “contentos” y “felices” votan por la continuidad.

Entre los “sorprendidos” por efecto de campaña, hay una mayoría inclinada al Frente.

El tramo final de tiempo electoral emparejó las fuerzas, convirtió una elección con ribetes históricos, en una batalla apasionante y dramática. Ahora, gane quien gane, por razones diferentes pero por magnitud del mérito hecho, será una victoria épica.

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