Vivimos en una época de democratización de los medios y de los dispositivos móviles, pero no necesariamente de las formas de utilizarlos. El acceso se amplió, pero su uso no siempre acompañó esa expansión. La educación quedó rezagada frente a la velocidad de las plataformas y, en ese desajuste, la política empezó a perder terreno frente a la lógica de lo instantáneo. La política suele definirse como el arte de lo posible. Lo posible, en política, nunca es solo gestión: es siempre una utopía mínima, una idea de futuro que ordena el presente y justifica la negociación, el acuerdo y el conflicto administrado. Hoy esa definición parece haberse desplazado. La política perdió cuando dejó de proponer horizontes posibles y comenzó a reaccionar en tiempo real; cuando el impacto pasó a valer más que el contenido y la imagen proyectada empezó a pesar más que el proyecto colectivo.
Por eso aparece la nostalgia. No necesariamente por los resultados —siempre discutibles— sino por la existencia de un sentido reconocible. José Mujica y el Plan Juntos; Julio María Sanguinetti y la reforma educativa; Tabaré Vázquez y la creación del Plan Ceibal; Luis Lacalle Pou y la idea de un país más libre. Se podrá coincidir o no con cada uno, pero había una dirección política explícita, un marco desde el cual se tomaban decisiones. Hoy, en cambio, proliferan las tribus: ya no se busca el mínimo de bien común sino el máximo de alcance.
La política dejó de conducir y pasó a reaccionar, y en ese desplazamiento fue perdiendo densidad. En ese proceso, la educación vuelve a ser central. Sin formación y pensamiento crítico, la democratización de los dispositivos amplifica el ruido. Con educación, en cambio, puede fortalecer el debate democrático.
Conviene entonces una advertencia final. Cuando los resultados no llegan, cuando las políticas no generan impacto ni legitimidad, la explicación suele ser inmediata: “falló la comunicación”. Pero antes de decidir cómo comunicar, hay que saber qué comunicar. Y cuando no hay proyecto, cuando no hay una idea de lo posible que ordene, no falla la comunicación: falla la política. La comunicación puede amplificar, explicar o persuadir. Lo que no puede hacer es reemplazar aquello que la política dejó de construir. Tal vez el desafío no sea inventar nuevos relatos, sino volver a ejercer —con responsabilidad y formación— el arte de lo posible